Diumenge XXVI del Temps Ordinari (cicle B)

DEL MISAL MENSUAL

ANTÍFONA DE ENTRADA Dn 3, 31. 29. 30. 43. 42

Todo lo que hiciste con nosotros, Señor, es verdaderamente justo, porque hemos pecado contra ti y hemos desobedecido tus mandatos; pero haz honor a tu nombre y trátanos conforme a tu inmensa misericordia.

ORACIÓN COLECTA

Señor Dios, que manifiestas tu poder de una manera admirable sobre todo cuando perdonas y ejerces tu misericordia, multiplica tu gracia sobre nosotros, para que, apresurándonos hacia lo que nos prometes, nos hagas participes de los bienes celestiales. Por nuestro Señor Jesucristo…

LITURGIA DE LA PALABRA 

PRIMERA LECTURA

Ojalá que todo el pueblo de Dios fuera profeta.

Del libro de los Números: 11, 25-29

En aquellos días, el Señor descendió de la nube y habló con Moisés. Tomó del espíritu que reposaba sobre Moisés y se lo dio a los setenta ancianos. Cuando el espíritu se posó sobre ellos, se pusieron a profetizar.

Se habían quedado en el campamento dos hombres: uno llamado Eldad y otro, Medad. También sobre ellos se posó el espíritu, pues, aunque no habían ido a la reunión, eran de los elegidos y ambos comenzaron a profetizar en el campamento.

Un muchacho corrió a contarle a Moisés que Eldad y Medad estaban profetizando en el campamento. Entonces Josué, hijo de Nun, que desde muy joven era ayudante de Moisés, le dijo: “Señor mío, prohíbeselo”. Pero Moisés le respondió: “¿Crees que voy a ponerme celoso? Ojalá que todo el pueblo de Dios fuera profeta y descendiera sobre todos ellos el espíritu del Señor”.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 18

R/. Los mandamientos del Señor alegran el corazón. 

La ley del Señor es perfecta del todo y reconforta el alma; inmutables son las palabras del Señor y hacen sabio al sencillo. R/.

La voluntad de Dios es santa y para siempre estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos. R/.

Aunque tu servidor se esmera en cumplir tus preceptos con cuidado, ¿quién no falta, Señor, sin advertirlo? Perdona mis errores ignorados. R/.

Presérvame, Señor, de la soberbia, no dejes que el orgullo me domine; así, del gran pecado tu servidor podrá encontrarse libre. R/.

SEGUNDA LECTURA

Sus riquezas se han corrompido.

De la carta del apóstol Santiago: 5,1-6

Lloren y laméntense, ustedes, los ricos, por las desgracias que les esperan. Sus riquezas se han corrompido; la polilla se ha comido sus vestidos; enmohecidos están su oro y su plata, y ese moho será una prueba contra ustedes y consumirá sus carnes, como el fuego. Con esto ustedes han atesorado un castigo para los últimos días.

El salario que ustedes han defraudado a los trabajadores que segaron sus campos está clamando contra ustedes; sus gritos han llegado hasta el oído del Señor de los ejércitos. Han vivido ustedes en este mundo entregados al lujo y al placer, engordando como reses para el día de la matanza. Han condenado a los inocentes y los han matado, porque no podían defenderse.

Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Cfr. Jn 17, 17

R/. Aleluya, aleluya. 

Tu palabra, Señor, es la verdad; santifícanos en la verdad. R/.

EVANGELIO

El que no está contra nosotros, está a nuestro favor. -Si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela.

+ Del santo Evangelio según san Marcos: 9, 38-43. 45. 47-48 

En aquel tiempo, Juan le dijo a Jesús: “Hemos visto a uno que expulsaba a los demonios en tu nombre, y como no es de los nuestros, se lo prohibimos”. Pero Jesús le respondió: “No se lo prohíban. porque no hay ninguno que haga milagros en mi nombre, que luego sea capaz de hablar mal de mí. Todo aquel que no está contra nosotros, está a nuestro favor. Todo aquel que les dé a beber un vaso de agua por el hecho de que son de Cristo, les aseguro que no se quedará sin recompensa.

Al que sea ocasión de pecado para esta gente sencilla que cree en mí, más le valdría que le pusieran al cuello una de esas enormes piedras de molino y lo arrojaran al mar. Si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela; pues más te vale entrar manco en la vida eterna, que ir con tus dos manos al lugar de castigo, al fuego que no se apaga Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo; pues más te vale entrar cojo en la vida eterna, que con tus dos pies ser arrojado al lugar de castigo. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo; pues más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios, que ser arrojado con tus dos ojos al lugar de castigo, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga”.

Palabra del Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS 

Concédenos, Dios misericordioso, que nuestra ofrenda te sea aceptable y que por ella quede abierta para nosotros la fuente de toda bendición. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN 1 Jn 3, 16

En esto hemos conocido lo que es el amor de Dios: en que dio su vida por nosotros. Por eso también nosotros debemos dar la vida por los hermanos.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Que este misterio celestial renueve, Señor, nuestro cuerpo y nuestro espíritu, para que seamos coherederos en la gloria de aquel cuya muerte, al anunciarla, la hemos compartido. El, que vive y reina por los siglos de los siglos.

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BIBLIA DE NAVARRA (www.bibliadenavarra.blogspot.com)

El Espíritu se reparte en abundancia (Nm 11,25-29)

1ª lectura

La fuente del espíritu es Dios mismo, y puede darlo a quien quiere, por encima de las determinaciones humanas. Moisés, por su parte, con total rectitud de intención, no busca la exclusividad en la posesión o transmisión del espíritu, es decir, en la recepción del don de Dios, sino que, mirando al bien del pueblo, se alegra de la manifestación del espíritu en otras personas, e incluso lo pide para todos los israelitas.

San Cirilo de Jerusalén, comentando este pasaje, enseña: «se insinuaba lo acontecido en Pentecostés entre nosotros» (Catequeses ad illuminandos 16,26). En efecto, Dios prometió el espíritu a todo el pueblo (cfr Jl 3,1-2), y llegó el día en que cumplió esa promesa por medio de Jesucristo que, tras su Ascensión al Cielo, envía el Espíritu Santo a la Iglesia (cfr Hch 1,13). Por eso, la Iglesia, «el pueblo santo de Dios participa también del don profético de Cristo, difundiendo su vivo testimonio sobre todo por la vida de fe y de caridad. (…) Además, el mismo Espíritu Santo no solamente santifica y dirige al pueblo de Dios por los sacramentos y los ministerios y lo enriquece con las virtudes, sino que distribuyéndolas a cada uno según quiere (1 Co 12,11), reparte entre los fieles gracias de todo género, incluso especiales, con que los dispone y prepara para realizar variedad de obras y de oficios provechosos para la renovación y una más amplia edificación de la Iglesia» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 12).

Ricos: vuestra riqueza está podrida (St 5,1-6)

2ª lectura

Santiago, con un tono que recuerda a los profetas (cfr p. ej. Is 3,13-26; Am 6,1 ss.; Mi 2,1 ss.), reprueba a los ricos su soberbia, vanidad y avaricia, su entrega a los placeres, al tiempo que les advierte la proximidad del Juicio de Dios. La descripción de la vida de esos ricos trae a la memoria la parábola del rico Epulón (cfr Lc 16,19ss.). Ha sido una constante doctrina de la Iglesia el deber de eliminar las injustas desigualdades entre los hombres, recriminadas con frecuencia en la Sagrada Escritura. Quienes poseen bienes materiales en abundancia han de utilizarlos en servicio de los demás hombres. A este respecto, la Iglesia enseña que «tienen la obligación moral de no mantener capitales improductivos y, en las inversiones, mirar ante todo el bien común (…). El derecho a la propiedad privada no es concebible sin unos deberes con miras al bien común. Está subordinado al principio superior del destino universal de los bienes» (Congregación para la Doctrina de la Fe, Libertatis conscientia, n. 87).

«Habéis atesorado para los últimos días» (v. 3). Se refiere al día del juicio, lo mismo que «el día de la matanza» del v. 5 (cfr p. ej. Is 34,6; Jr 12,3; 25,34).

El fraude del salario (v. 4) estaba ya condenado en el Antiguo Testamento (cfr p. ej. Lv 19,13; Dt 24,14-15; Ml 3,5). Es uno de los pecados que «claman al cielo», porque están como exigiendo con urgencia un castigo ejemplar; lo mismo afirma la Escritura del homicidio (Gn 4,10), la sodomía (Gn 18,20-21) y la opresión de las viudas y huérfanos (Ex 22,21-23).

San Beda entiende que «el justo» (v. 6) es Jesús (cfr In Epistolam Iacobi, ad loc.), que es el justo por excelencia (cfr p. ej. Hch 3,14; 7,52). Se enseña así que en los más necesitados ha de verse al propio Jesucristo (cfr Mt 25, 31-45).

El que no está contra nosotros, con está nosotros (Mc 9,38-43. 45. 47-48)

Evangelio

Se recoge aquí un conjunto de enseñanzas de Jesús que se refieren principalmente a lo que debe ser la vida de la Iglesia.

A propósito del que expulsaba demonios en nombre de Cristo, el Señor les enseña a tener amplitud de miras en el crecimiento del Reino de Dios (vv. 38-40) y les previene —a ellos y a nosotros— contra el exclusivismo y el espíritu de partido único. El episodio finaliza (v. 41) con una novedosa doctrina que Jesucristo predicó en otras muchas ocasiones (cfr Mt 25,40.45): los cristianos debemos reconocerle en el necesitado, o sea, en un niño que nada puede por sí mismo (vv. 36-37), o en el discípulo que se ha desprendido de todo para seguir el ejemplo de su Maestro (v. 41). No importa cuánto se ofrezca, pero sí importa el amor con que se haga: «¿Ves ese vaso de agua o ese trozo de pan que una mano caritativa da a un pobre por amor de Dios? Poca cosa es en realidad y casi no estimable al juicio humano; pero Dios lo recompensa y concede inmediatamente por ello aumento de caridad» (S. Francisco de Sales, Tratado del amor de Dios 3,2).

La siguiente parte del pasaje (vv. 42-48) comprende unas exhortaciones ante el peligro del escándalo: las acciones, las actitudes o los comportamientos que pueden arrastrar a otros a obrar mal. Van expresadas con tintes graves, que muestran aspectos de la radicalidad de la ética cristiana, y sientan las bases de la doctrina moral sobre la ocasión de pecado: estamos tan obligados a evitar la ocasión próxima de pecado como el pecado mismo. El bien eterno de nuestra alma es superior a toda otra estimación de bienes temporales. Por tanto, todo aquello que nos pone en peligro próximo de pecado debe ser cortado y arrancado de nosotros.

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SAN JUAN CRISÓSTOMO (www.iveargentina.org)

CÓMO HAY QUE ENTENDER LA NECESIDAD DE QUE HAYA ESCÁNDALOS

1. —Y si es forzoso que vengan escándalos, ¿por qué maldice Cristo al mundo— nos pudiera decir alguno de nuestros contrarios—, cuando debiera ayudarle y tenderle la mano? Eso sería obra de médico y bienhechor; lo otro está al alcance de cualquiera. —¿Qué podemos responder a una lengua tan desvergonzada? ¿Y qué remedio buscas tú comparable al que ha procurado Él al mundo? Siendo Dios, se hizo hombre por ti, tomó la forma de siervo, sufrió las mayores ignominias y nada omitió de cuanto a Él tocaba hacer. Mas ya que nada consigue con esos ingratos, los maldice, pues después de tantos cuidados se quedaron en su enfermedad. Es como si un médico, después de prodigar a un enfermo toda suerte de cuidados y que no ha querido someterse a las leyes de la medicina, dijera lamentándose: ¡Infeliz de fulano por su enfermedad, que él mismo ha agravado por su negligencia! Ahora, que el médico nada conseguiría con sus lamentos; más aquí, el lamentarse mismo, el predecir lo que ha de suceder y hasta las maldiciones son una especie de medicamento. Muchos, en efecto, que no hicieron caso alguno a los consejos, lo han hecho a las lágrimas. Ésa es la razón principal del ¡ay! del Señor. Lo que Él quiere es despertarlos, incitarlos a la lucha, hacerlos vigilantes. Juntamente con ello, muéstranos su benevolencia para con ellos mismos y su propia mansedumbre, pues llora por quienes le contradicen, y no sólo porque está disgustado, sino también porque quiere corregirlos con su llanto y con su predicción a fin de volvérselos a ganar. —¿Y cómo es eso posible?—me dirás—. Porque si es forzoso que vengan escándalos, ¿cómo será posible evitarlos? —Lo es ciertamente. Porque si es forzoso que vengan escándalos, no es forzoso absolutamente que hayamos de perdernos. Es como si un médico dijera (no hay inconveniente en valernos nuevamente del mismo ejemplo): Es forzoso que venga tal enfermedad; pero, con cuidado, no es absolutamente forzoso morir de ella. Al hablar así el Señor, entre otros fines, como ya he dicho, tenía el de despertar a sus discípulos. No quería que vivieran dormitando, como si los enviara a un mundo en paz y tranquilo; de ahí: el mostrarles las muchas guerras, de fuera y de dentro, que les esperaban. Que es lo que Pablo declaraba al decir: De fuera, luchas; de dentro, temores. Peligros de parte de los falsos hermanos. Y dirigiendo la palabra a los milesios, les decía: Se levantarán algunos de entre vosotros hablando cosas extraviadas. Y Cristo mismo decía: Los enemigos del hombre son los de su propia casa. Por lo demás, al hablar de necesidad, no quita lo espontáneo de nuestra voluntad ni la libertad de nuestra determinación. No; no dice el Señor que la vida esté sometida a una especie de fatalidad de las cosas, sino que predice simplemente lo que de todos modos ha de suceder. Es lo que Lucas expresa con otra expresión, cuando dice: Inevitable es que no vengan escándalos. ¿Y qué son los escándalos? Los tropiezos que se ponen en el camino recto. Así llaman en el teatro a los que son particularmente hábiles en armar a otros una zancadilla. No es, pues, la profecía del Señor la que trae los escándalos. ¡Dios nos libre de tal pensamiento! Ni suceden aquéllos porque Él los predijo. No. Él los predijo porque de todos modos habían de suceder. Porque si quienes los producen no quisieran obstinarse en su maldad, ni siquiera vendrían escándalos; y de no haber de venir escándalos, tampoco los hubiera el Señor predicho. Más como aquellos hombres se obstinaron en su maldad y su enfermedad se hizo incurable, los escándalos vinieron y el Señor predijo los que habían de venir. —Y si aquéllos—me dices— se hubieran corregido y no hubiera nadie que produjera un escándalo, ¿no quedaría convicta de mentira esta palabra del Señor? —¡De ninguna manera! Porque en tal caso no se hubiera dicho. Si todos habían de corregirse, no hubiera dicho: Es forzoso Que vengan escándalos. Más como Él sabía que de su cosecha eran incorregibles, de ahí que dijera que absolutamente vendrían escándalos. —¿Y por qué no los quitó Él mismo?—me dirás—. — ¿Y por qué razón los había de quitar? ¿Por razón de los que reciben daño del escándalo? Más los que se pierden no es por daño que del escándalo reciban, sino por su propia negligencia. La prueba está en los que practican la virtud, que no sólo no reciben de ahí daño alguno, sino que sacan los mayores provechos. Tal Job, tal José, así todos los justos y apóstoles. Y si muchos han perecido, la culpa ha sido de su sueño. De no ser así, de depender la perdición exclusivamente de los escándalos, todos tendríamos que perdernos. Más puesto que hay quienes los huyen, el que no los huye, échese a sí mismo la culpa. Porque los escándalos, como ya he dicho, nos despiertan, nos hacen más penetrantes, nos afinan; lo que se aplica no sólo al que se guarda de ellos, sino al que, después de caer, se levanta rápidamente, pues le hacen andar con más cuidado y es más difícil que le sorprendan nuevamente. De manera que, si andamos vigilantes, no es pequeño el provecho que de ahí reportaremos: el estar constantemente alerta. Porque si aún en medio de los enemigos, cuando tantas tentaciones nos asedian, estamos dormidos, ¿qué haríamos en una vida de completa seguridad? Contemplad, si os place, al primer hombre. Muy poco tiempo, quizá ni un día entero, estuvo en el paraíso y gozó de sus delicias, y vino a dar en tanta maldad, que soñó en hacerse igual a Dios y tuvo por bienhechor al embustero, y no soportó ni un solo mandamiento. ¿Qué hubiera hecho si el resto de su vida lo hubiera pasado sin trabajo alguno?

EL MAL PROCEDE DE LA LIBRE VOLUNTAD

2. Más apenas resuelta esta dificultad, nos ponen otra, preguntándonos: —¿Y por qué Dios hizo así al hombre? —No hizo Dios así al hombre, ni mucho menos. En tal caso, no le hubiera castigado. Porque si nosotros no acusamos a nuestros esclavos de aquello en que tenemos la culpa nosotros mismos, mucho menos el Dios del universo. —Entonces—me replicas—. ¿De dónde le vino ser tal? —De sí mismo y de su negligencia. —¿Qué quiere decir de sí mismo? —Eso pregúntatelo a ti mismo. Porque si los malos no son malos de sí mismos, no castigues a tu esclavo ni reprendas a tu mujer en lo que peca, ni le pegues a tu hijo, ni te quejes de tu amigo, ni aborrezcas a tu enemigo que te ha hecho daño. Todos éstos, al no pecar de su cosecha, más bien son dignos de compasión que de castigo. —¡Yo no estoy para filosofías!—me contestas—. —Sin embargo, cuando te das cuenta que la culpa no es de ellos, sino que viene de extraña necesidad, sí que puedes filosofar. Así, cuando tu esclavo no cumple lo que le mandas por estar aquejado de enfermedad, no sólo no le culpas, sino que le tienes lástima y le perdonas. De esta manera, tú mismo eres testigo de que unas cosas dependen de él, y otras no. Luego también en el primer caso, si tú supieras que es malo por haber nacido así de naturaleza, no le culparías, sino que le perdonarías. Porque de haber nacido tal desde el principio, no iba a ser la enfermedad motivo suficiente para perdonarle y no lo sería también la obra misma de Dios. Por otro camino se les puede también cerrar la boca a los que así opinan. La verdad es rica en argumentos. —¿Por qué jamás has echado en cara a tu esclavo que no sea hermoso de rostro, que no sea alto de talla, que no tenga alas? —Porque todo eso es obra de la naturaleza. Luego no tiene él la culpa de lo que es cosa de la naturaleza, y no habrá quien esto contradiga. Luego cuando tú le acusas, por ahí demuestras que no se trata de un pecado de la naturaleza, sino de la libre voluntad. Porque si lo que no reprendemos atestiguamos por el mero hecho pertenecer enteramente a la naturaleza, es evidente que, cuando reprendemos, demostramos que es culpa de la libre voluntad. No me vengas, pues, con torcidos razonamientos, con sofismas y complicaciones más débiles que una tela de araña. Respóndeme más bien a esta pregunta: —¿Ha creado Dios a todos los hombres?—¡Evidentemente! Entonces, ¿cómo es que no todos son iguales respecto a la virtud y al vicio? ¿De dónde viene que unos son buenos, rectos y moderados, y otros malos y perversos? Si ello no depende de la voluntad, sino que es obra de la naturaleza, ¿cómo es que unos son una cosa y otros otra? Porque si todos son malos por naturaleza, es imposible que haya nadie bueno; y si todos por naturaleza son buenos, nadie puede ser malo. La naturaleza de todos los hombres es única; luego también en esto habían de ser todos únicos, ora en el sentido del bien, ora en el del mal. Y si quisiéramos decir que unos son naturalmente malos y otros naturalmente buenos—lo que ya hemos demostrado que no tiene sentido—, tendrían que ser también en ello inmutables, pues inmutables son las obras de la naturaleza. Mirad en efecto. Todos somos mortales y pasibles y nadie, por mucho que se empeñe, es impasible e inmortal. Más lo cierto es que vemos cómo muchos pasan de buenos a malos y de malos a buenos; los primeros, por su negligencia; los segundos, por su esfuerzo. Lo que es la prueba máxima de que eso no es obra de la naturaleza. Las cosas naturales ni se transforman ni necesitan para cumplirse del esfuerzo humano. Así como para ver y oír no necesitamos de trabajo, así tampoco tendríamos que sudar en la virtud si ésta fuera suerte y herencia de la naturaleza—Mas ¿por qué razón hizo Dios malos, cuando pudo haberlos hecho a todos buenos? —Dios no hizo a nadie malo. —¿De dónde, pues, viene el mal? —me replicas—. —Eso pregúntatelo a ti mismo. A mí lo que me tocaba demostrar era que no viene de la naturaleza ni de Dios. — Luego ¿viene automáticamente o por sí mismo? —¡De ninguna manera! —Luego ¿es eterno? —No blasfemes, hombre, y deja esa locura que te lleva a honrar con el mismo atributo—y el más alto de los atributos—a Dios y al mal. Porque si el mal es eterno, será fuerte, y no será posible ni arrancarlo y obligarle a que vuelva otra vez a la nada. Porque para todo el mundo es evidente que lo eterno es indestructible.

EL PECADO ES LA DESOBEDIENCIA A DIOS

3. Si el mal tuviera tanta fuerza, ¿de dónde vienen tantos buenos como aún hay? ¿Cómo los temporales han resultado más fuertes que el eterno? —Pero Dios—dices—destruirá un día el mal. —Mas ¿cómo destruirá lo que es igual a Él, tiene la misma fuerza que Él y hasta, como si dijéramos, su misma edad?

¡Oh malicia del diablo! ¡Qué grande mal ha inventado! ¡Qué blasfemia ha obligado a lanzar contra Dios! ¡Cómo, so capa de piedad, ha excogitado otra doctrina impía! Porque, queriendo esos teorizantes demostrar que el mal no viene de Dios, han introducido otro dogma perverso, al afirmar que el mal es eterno. —¿De dónde viene, pues, el mal? —me dices—. —El mal viene del querer y del no querer. —Y el mismo querer y no querer, ¿de dónde? —De nosotros mismos. Al preguntarme de este modo, estás haciendo lo mismo que si me preguntaras: ¿De dónde viene el ver y no ver? Y yo te respondiera: Del abrir y cerrar de los ojos. Y luego volvieras a preguntar: Y el mismo abrir y cerrar de los ojos, ¿de dónde? Y yo te respondiera: De nosotros mismos y de nuestra voluntad. Y tú buscaras todavía otra causa. No, el mal no es otra cosa que la desobediencia a Dios. —¿En dónde, pues—me dirás —, halló eso el hombre? —¿Es que tan difícil era hallar eso, dime por tu vida? —No digo yo que eso fuera o no difícil. Lo que pregunto es de dónde quiso el hombre desobedecer a Dios. —De su negligencia. Porque, siendo dueño de hacer una u otra cosa, se inclinó más bien a la desobediencia. Ahora bien, si todavía estás dudoso y hasta sientes vértigo oyendo todo esto, yo te voy a hacer una pregunta nada difícil ni complicada, sino muy sencilla y diáfana: ¿Has sido alguna vez malo? ¿Has sido también alguna vez bueno? Lo que quiero decir es esto: ¿No es así que unas veces dominaste una pasión y otras veces te dejaste vencer por ella? ¿Que unas veces caíste en la embriaguez y otras veces la dominaste? ¿Que un día te irritaste y otro día no te irritaste? ¿Qué despreciaste a un pobre y luego le atendiste? ¿Qué cometiste una impureza y luego fuiste casto?… ¿De dónde viene todo esto, dime, de dónde? Aun cuando tú no lo digas, lo diré yo: de que una vez pusiste empeño y te esforzaste; y luego decaíste y te descuidaste. Porque con los ya desesperados, que están total mente hundidos en el vicio, insensibles y ya locos; que no quieren ni oír hablar de corregirse, con ésos no quiero yo ni hablar de filosofía. Con vosotros, empero, que ora estáis del lado de la virtud, ora del vicio, sí que quiero hablar de buena gana. Una vez te llevaste lo que no te pertenecía; luego, movido a compasión, aun de lo tuyo diste al necesitado. ¿De dónde semejante transformación? ¿No es así que de tu libre voluntad y de tu libre determinación? ¡Evidentemente! Y nadie hay que pueda contradecirlo. Por eso yo os exhorto a que os esforcéis y os abracéis a la virtud y no tendréis necesidad aluna de semejantes cuestiones. Porque, si queremos, el mal se reducirá para nosotros a puro nombre. No discutas, pues, y andes caviloso sobre el origen del mal. Ya has averiguado que viene de tu negligencia; pues a evitarlo. Y si alguno te dice que eso no depende de nosotros, cuando le veas que se irrita con su esclavo o se enfada con su mujer, o que reprende su hijo, o que condena a los criminales, ve entonces y le dices: ¿No decías tú que el mal no depende de nosotros? Si no depende de nosotros, ¿a qué echas la culpa a nadie? Dile también: ¿Viene de ti que injuries e insultes? Si no viene de ti, no tiene nadie por qué enfadarse contigo al injuriarle; más si viene de ti, luego de ti y de tu negligencia, viene el mal. Dime ahora: ¿Crees que hay algún hombre bueno? Si no hay ninguno, ¿qué origen tiene ese nombre? ¿Qué razón de ser las alabanzas que a los buenos se tributan? Más si hay buenos, es evidente que reprenderán a los malos. Pero si nadie es voluntariamente malo ni el serlo depende de él, los buenos serán injustos en reprender a los malos, y en esto serán entonces ellos malos. Porque ¿qué puede haber peor que culpar a un inocente? Más si los buenos siguen siendo buenos aun reprendiendo a los malos, y ésta es aun para los muy necios la mejor prueba de su bondad, síguese de ahí también con evidencia que nadie jamás es malo por necesidad.

DE DÓNDE VIENE EFECTIVAMENTE EL MAL

Más si, después de todo esto, aún sigues preguntando de dónde viene el mal, yo te respondo que de la negligencia, de 1a pereza, del trato con los malos, del desprecio de la virtud. De ahí viene el mal y de ahí también que algunos se pregunten de dónde viene el mal. Ninguno de los que practican la virtud, ninguno de los que se han decidido a vivir modesta y castamente, mueve semejantes cuestiones. No, eso se queda para los que se atreven a cometer el mal y que quieren por tales razonamientos justifica una negligencia sin provecho y tejen para ello sus telas de araña. Nosotros, empero, las desgarraremos, no sólo de palabra, sino de obra. No, no viene el mal de la necesidad. Si de la necesidad viniera, no hubiera dicho el Señor: ¡Ay del hombre por quien viene el escándalo! Pues aquí sólo se lamenta de los que son por propia voluntad malvados. Y no te sorprenda esa expresión: por quien. Porque no quiere decir que otro introduce el escándalo por medio de él, sino que es uno solo y el mismo quien lo hace todo. En la Escritura, la expresión por quien viene a ser lo mismo que “por acción de quien”. Por ejemplo, cuando dice: He tenido un hombre por Dios, donde no se trata de la causa segunda, sino de la primera. Y en otro pasaje: ¿La interpretación de estos sueños no se ha hecho por Dios? Fiel es Dios, por quien fuisteis llamados a la comunión con su Hijo.

“SI TU MANO O TU PIE TE ESCANDALIZAN…”

4. En fin, porque comprendáis que el escándalo no viene por necesidad, escuchad lo que sigue. Después de lanzar el Señor sus ayes, prosigue así: Si tu mano o tu pie te escandalizan, córtatelos y arrójalos de ti; porque mejor es que entres en la vida cojo y manco que no, con tus dos pies y tus dos manos, ser arrojado al fuego eterno. Y si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo y échalo de ti; pues mejor es que entres con un solo ojo en la vida que no, con tus dos ojos, ser arrojado al horno de fuego. En todo esto no habla el Señor de los miembros del cuerpo, ni mucho menos. A quienes se refiere es a los amigos, a los allegados, que nos pudieran ser tan necesarios como un miembro de nuestro cuerpo. Lo mismo que antes había dicho, lo repite ahora. Nada hay, en efecto, más pernicioso que una mala compañía. Lo que no puede la violencia, muchas veces lo consigue la amistad, lo mismo para bien que para mal. De ahí la energía con que nos manda el Señor cortar de raíz a quienes nos dañan, dándonos bien a entender que ésos son los que nos traen los escándalos. Mirad, pues, cómo por el hecho de predecir que forzosamente han de venir escándalos, el Señor trató de prevenir el daño que podían producir. De este modo a nadie habían de sorprender en su tibieza. Puesto que hay que contar con ellos, hay que estar vigilantes, pues Él nos mostró cuán grandes males eran. Porque no dijo simplemente: ¡Ay del mundo por los escándalos!, sino que mostró también el grave daño que de ellos se sigue. Además, por el hecho de lamentarse con un ¡ay! de aquel que da los escándalos, aun nos pone más patente cuán desastrosos son para las almas. Porque decir: Sin embargo, ¡ay de aquel hombre…!, bien claro da a entender el grande castigo que le espera. Y no es eso solo. Luego viene el ejemplo de la muela movida por un asno, que es otro modo de aumentar el temor. Más ni aun con eso se contenta el Señor, sino que nos muestra la manera como hay que huir de los escándalos. ¿Qué manera es ésa? “Corta —nos dice— toda amistad con los malos, por muy queridos que pudieran serte”. Y nos presenta un razonamiento irrefutable. Porque si sigues en su amistad, a ellos no los ganarás, y, sobre perderse ellos, tú también te perderás. Más si cortas la amistad, por lo menos aseguras tu propia salvación. En conclusión, si alguien con su amistad te daña, córtalo de ti. Porque muchas veces cortamos uno de nuestros miembros por no tener el remedio y dañar, en cambio, a los otros, mucho más hay que hacer eso con los amigos. Ahora bien, si el mal fuera cosa natural, toda esta exhortación estaría de más; de más que el Señor nos aconseje y que nos ponga en guardia por medio de todo lo anteriormente dicho. Pero si nada de eso está de más, como realmente no lo está, síguese evidentemente que el mal depende de la voluntad.

Homilías sobre el Evangelio de San Mateo (II), homilía 59, 1-4, BAC

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FRANCISCO

Homilías (27.IX.15 y 27.II.14) – Ángelus 2018

Homilía en Filadelfia, 27 de septiembre de 2015

La santidad está siempre ligada a los pequeños gestos

Hoy la Palabra de Dios nos sorprende con un lenguaje alegórico fuerte que nos hace pensar. Un lenguaje alegórico que nos desafía, pero también estimula nuestro entusiasmo.

En la primera lectura, Josué dice a Moisés que dos miembros del pueblo están profetizando, proclamando la Palabra de Dios sin un mandato. En el Evangelio, Juan dice a Jesús que los discípulos le han impedido a un hombre sacar espíritus inmundos en su nombre. Y aquí viene la sorpresa: Moisés y Jesús reprenden a estos colaboradores por ser tan estrechos de mente. ¡Ojalá fueran todos profetas de la Palabra de Dios! ¡Ojalá que cada uno pudiera obrar milagros en el nombre del Señor!

Jesús encuentra, en cambio, hostilidad en la gente que no había aceptado cuanto dijo e hizo. Para ellos, la apertura de Jesús a la fe honesta y sincera de muchas personas que no formaban parte del pueblo elegido de Dios, les parecía intolerable. Los discípulos, por su parte, actuaron de buena fe, pero la tentación de ser escandalizados por la libertad de Dios que hace llover sobre «justos e injustos» (Mt 5,45), saltándose la burocracia, el oficialismo y los círculos íntimos, amenaza la autenticidad de la fe y, por tanto, tiene que ser vigorosamente rechazada.

Cuando nos damos cuenta de esto, podemos entender por qué las palabras de Jesús sobre el escándalo son tan duras. Para Jesús, el escándalo intolerable es todo lo que destruye y corrompe nuestra confianza en este modo de actuar del Espíritu.

Nuestro Padre no se deja ganar en generosidad y siembra. Siembra su presencia en nuestro mundo, ya que «el amor no consiste en que nosotros hayamos amado primero a Dios, sino en que Él nos amó primero» (1Jn 4,10). Amor que nos da la certeza honda: somos buscados por Él, somos esperados por Él. Esa confianza es la que lleva al discípulo a estimular, acompañar y hacer crecer todas las buenas iniciativas que existen a su alrededor. Dios quiere que todos sus hijos participen de la fiesta del Evangelio. No impidan todo lo bueno, dice Jesús, por el contrario, ayúdenlo a crecer. Poner en duda la obra del Espíritu, dar la impresión que la misma no tiene nada que ver con aquellos que «no son parte de nuestro grupo», que no son «como nosotros», es una tentación peligrosa. No bloquea solamente la conversión a la fe, sino que constituye una perversión de la fe.

La fe abre la «ventana» a la presencia actuante del Espíritu y nos muestra que, como la felicidad, la santidad está siempre ligada a los pequeños gestos. «El que les dé a beber un vaso de agua en mi nombre –dice Jesús, pequeño gesto– no se quedará sin recompensa» (Mc 9,41). Son gestos mínimos que uno aprende en el hogar; gestos de familia que se pierden en el anonimato de la cotidianidad pero que hacen diferente cada jornada. Son gestos de madre, de abuela, de padre, de abuelo, de hijo, de hermanos. Son gestos de ternura, de cariño, de compasión. Son gestos del plato caliente de quien espera a cenar, del desayuno temprano del que sabe acompañar a madrugar. Son gestos de hogar. Es la bendición antes de dormir y el abrazo al regresar de una larga jornada de trabajo. El amor se manifiesta en pequeñas cosas, en la atención mínima a lo cotidiano que hace que la vida siempre tenga sabor a hogar. La fe crece con la práctica y es plasmada por el amor. Por eso, nuestras familias, nuestros hogares, son verdaderas Iglesias domésticas. Es el lugar propio donde la fe se hace vida y la vida crece en la fe.

Jesús nos invita a no impedir esos pequeños gestos milagrosos, por el contrario, quiere que los provoquemos, que los hagamos crecer, que acompañemos la vida como se nos presenta, ayudando a despertar todos los pequeños gestos de amor, signos de su presencia viva y actuante en nuestro mundo.

Esta actitud a la que somos invitados nos lleva a preguntarnos, hoy, aquí, en el final de esta fiesta: ¿Cómo estamos trabajando para vivir esta lógica en nuestros hogares, en nuestras sociedades? ¿Qué tipo de mundo queremos dejarle a nuestros hijos? (cf. Laudato si’, 160). Pregunta que no podemos responder sólo nosotros. Es el Espíritu que nos invita y desafía a responderla con la gran familia humana. Nuestra casa común no tolera más divisiones estériles. El desafío urgente de proteger nuestra casa incluye la preocupación de unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral, porque sabemos que las cosas pueden cambiar (cf. ibid., 13). Que nuestros hijos encuentren en nosotros referentes de comunión, no de división. Que nuestros hijos encuentren en nosotros hombres y mujeres capaces de unirse a los demás para hacer germinar todo lo bueno que el Padre sembró.

De manera directa, pero con afecto, Jesús dice: «Si ustedes, pues, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?» (Lc 11,13) Cuánta sabiduría hay en estas palabras. Es verdad que en cuanto a bondad y pureza de corazón nosotros, seres humanos, no tenemos mucho de qué vanagloriarnos. Pero Jesús sabe que, en lo que se refiere a los niños, somos capaces de una generosidad infinita. Por eso nos alienta: si tenemos fe, el Padre nos dará su Espíritu.

Nosotros los cristianos, discípulos del Señor, pedimos a las familias del mundo que nos ayuden. Somos muchos los que participamos en esta celebración y esto es ya en sí mismo algo profético, una especie de milagro en el mundo de hoy, que está cansado de inventar nuevas divisiones, nuevos quebrantos, nuevos desastres. Ojalá todos fuéramos profetas. Ojalá cada uno de nosotros se abriera a los milagros del amor para el bien de su propia familia y de todas las familias del mundo –y estoy hablando de milagros de amor-, y poder así superar el escándalo de un amor mezquino y desconfiado, encerrado en sí mismo e impaciente con los demás. Les dejo como pregunta para que cada uno responda –porque dije la palabra “impaciente”-: ¿En mi casa se grita o se habla con amor y ternura? Es una buena manera de medir nuestro amor.

Qué bonito sería si en todas partes, y también más allá de nuestras fronteras, pudiéramos alentar y valorar esta profecía y este milagro. Renovemos nuestra fe en la palabra del Señor que invita a nuestras familias a esta apertura; que invita a todos a participar de la profecía de la alianza entre un hombre y una mujer, que genera vida y revela a Dios. Que nos ayude a participar de la profecía de la paz, de la ternura y del cariño familiar. Que nos ayude a participar del gesto profético de cuidar con ternura, con paciencia y con amor a nuestros niños y a nuestros abuelos.

Todo el que quiera traer a este mundo una familia, que enseñe a los niños a alegrarse por cada acción que tenga como propósito vencer el mal –una familia que muestra que el Espíritu está vivo y actuante– y encontrará gratitud y estima, no importando el pueblo o la religión, o la región, a la que pertenezca.

Que Dios nos conceda a todos ser profetas del gozo del Evangelio, del Evangelio de la familia, del amor de la familia, ser profetas como discípulos del Señor, y nos conceda la gracia de ser dignos de esta pureza de corazón que no se escandaliza del Evangelio. Que así sea.

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Homilía en Santa Marta, 27 de febrero de 2014

El escándalo de la incoherencia

Los cristianos incoherentes suscitan escándalo porque dan un antitestimonio a quien no cree. Precisamente al tema de la coherencia cristiana, sugerido por la administración del sacramento de la Confirmación, el Papa Francisco dedicó la homilía en la misa del 27 de febrero. “Ser cristiano –aclaró el Papa– significa dar testimonio de Jesucristo”.

El Pontífice delineó después el perfil espiritual del cristiano, indicando precisamente en la coherencia su elemento central. En todas las cosas de la vida, dijo, es necesario “pensar como cristiano, sentir como cristiano y actuar como cristiano”. Ésta es “la coherencia de vida de un cristiano que, cuando actúa, siente y piensa”, reconoce la presencia del Señor.

El Papa también puso en guardia del hecho que “si falta una de estas” características, “no existe el cristiano”. Por lo demás, “uno también puede decir: yo soy cristiano”. Pero “si tú no vives como cristiano, si no actúas como cristiano, si no piensas como cristiano y no sientes como cristiano, hay algo que no está bien. Hay una cierta incoherencia”. Todos nosotros cristianos, observó el Pontífice, “estamos llamados a dar testimonio de Jesucristo”. En cambio, los cristianos que “viven ordinaria y comúnmente, con incoherencia, hacen mucho mal”.

A ellos se refiere expresamente el apóstol Santiago en su carta leída en la liturgia del día (St 5, 1-6). Reprocha directamente “a algunos incoherentes que se enorgullecían de ser cristianos, pero explotaban a sus obreros”.

“Es fuerte el Señor”, comentó el Papa después de haber releído el texto de Santiago. Tan fuerte que “si uno escucha” estas palabras, “puede pensar que las pronunció un comunista. No, no –precisó el Pontífice–, las dijo el apóstol Santiago: es palabra del Señor”. El problema, pues, es “la incoherencia”, y “los cristianos que no son coherentes, dan escándalo”.

El Pontífice, refiriéndose al pasaje evangélico de Marcos (Mc 9, 41-50) leído en la liturgia, recordó que Jesús habló con fuerza contra el escándalo y “dijo: “El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen –uno solo de estos hermanos y hermanas que tienen fe–, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y le echasen al mar”“. En verdad, explicó el Papa, “el cristiano incoherente hace mucho mal”, y la imagen fuerte usada por Jesús es muy elocuente. Por lo tanto, prosiguió, “la vida del cristiano está en la senda de la coherencia”, pero también tiene que vérselas “con la tentación de no ser coherente y de dar tanto escándalo. Y el escándalo mata”.

Las consecuencias, además, saltan a la vista. Todos los cristianos, comentó el Papa, han oído decir: “Yo creo en Dios, pero no en la Iglesia, porque vosotros cristianos decís una cosa y hacéis otra”. Son palabras que “todos hemos escuchado: yo creo en Dios, pero no en vosotros”. Y esto sucede “por la incoherencia” de los cristianos, explicó el Papa.

Afirmó después que las dos lecturas del día nos ayudan “a rezar por la coherencia cristiana, para actuar, sentir y pensar como cristianos”. Y “para vivir con coherencia cristiana –reafirmó– es necesaria la oración, porque la coherencia cristiana es un don de Dios”. Es un don que debemos esforzarnos por pedir, diciendo: “Señor, que yo sea coherente. Señor, que no escandalice nunca. Que sea una persona que piense como cristiano, que sienta como cristiano, que actúe como cristiano”. Y “ésta –dijo el Papa– es la oración de hoy para todos nosotros: tenemos necesidad de coherencia”.

Significativo fue el ejemplo práctico que sugirió: “Si te encuentras ante un ateo que te dice que no cree en Dios, puedes leerle toda una biblioteca donde se dice que Dios existe, y aunque se pruebe que Dios existe, él no tendrá fe”. Pero, prosiguió el Papa, “si delante de este ateo das testimonio de coherencia y de vida cristiana, algo comenzará a trabajar en su corazón”. Y “será precisamente tu testimonio el que le creará la inquietud sobre la cual trabajará el Espíritu Santo”.

El Papa Francisco recordó que “todos nosotros, toda la Iglesia”, debemos pedir al Señor “la gracia de ser coherentes”, reconociéndonos pecadores, débiles, incoherentes, pero siempre dispuestos a pedir perdón a Dios.

Se trata de “ir adelante en la vida con coherencia cristiana”, dando testimonio de que creemos en Jesucristo y sabiendo que somos pecadores. Pero con “la valentía de pedir perdón cuando nos equivocamos” y “teniendo mucho miedo de escandalizar”. Y que “el Señor –fue el deseo conclusivo del Papa– nos conceda esta gracia a todos nosotros.

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Ángelus 2018

Abiertos a la libertad del Espíritu

¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

El Evangelio de este domingo (cf. Marcos 9, 38-43.45.47-48) nos presenta uno de esos momentos particulares muy instructivos de la vida de Jesús con sus discípulos. Estos habían visto que un hombre, el cual no formaba parte del grupo de los seguidores de Jesús, expulsaba a los demonios en el nombre de Jesús, y por eso querían prohibírselo. Juan, con el entusiasmo acérrimo típico de los jóvenes, informa sobre el hecho al Maestro buscando su apoyo; pero Jesús, al contrario, responde: «No se lo impidáis, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros» (vv. 39-40).

Juan y los demás discípulos manifiestan una actitud de cerrazón frente a un suceso que no entra en sus esquemas, en este caso la acción, aunque sea buena, de una persona «externa» al círculo de seguidores. Sin embargo, Jesús aparece muy libre, plenamente abierto a la libertad del Espíritu de Dios, que en su acción no está limitado por ningún confín o algún recinto. Jesús quiere educar a sus discípulos, también a nosotros hoy, en esta libertad interior. Nos hace bien reflexionar sobre este episodio, y hacer un poco de examen de conciencia. La actitud de los discípulos de Jesús es muy humana, muy común, y lo podemos encontrar en las comunidades cristianas de todos los tiempos, probablemente también en nosotros mismos. De buena fe, de hecho, con celo, se quisiera proteger la autenticidad de una cierta experiencia, tutelando al fundador o al líder de los falsos imitadores. Pero al mismo tiempo está como el temor de la «competencia» —esto es feo: el temor de la competencia—, que alguno pueda robar nuevos seguidores, y entonces no se logra apreciar el bien que los otros hacen: no va bien porque «no es de los nuestros», se dice. Es una forma de autorreferencialidad. Es más, aquí está la raíz del proselitismo. Y la Iglesia —decía el Papa Benedicto— no crece por proselitismo, crece por atracción, es decir crece por el testimonio dado a los demás con la fuerza del Espíritu Santo.

La gran libertad de Dios al donarse a nosotros constituye un desafío y una exhortación a modificar nuestras actitudes y nuestras relaciones. Es la invitación que nos dirige Jesús hoy. Él nos llama a no pensar según las categorías de «amigo/enemigo», «nosotros/ellos», «quien está dentro/quien está fuera», «mío/tuyo», sino para ir más allá, a abrir el corazón para poder reconocer su presencia y la acción de Dios también en ambientes insólitos e imprevisibles y en personas que forman parte de nuestro círculo. Se trata de estar atentos más a la autenticidad del bien, de lo bonito y de lo verdadero que es realizado, que no al nombre y a la procedencia de quien lo cumple. Y —como nos sugiere la parte restante del Evangelio de hoy— en vez de juzgar a los demás, debemos examinarnos a nosotros mismos, y «cortar» sin compromisos todo lo que puede escandalizar a las personas más débiles en la fe.

Que la Virgen María, modelo de dócil acogida de las sorpresas de Dios, nos ayude a reconocer los signos de la presencia del Señor en medio de nosotros, descubriéndolo allá donde Él se manifieste, también en las situaciones más impensables y raras. Que nos enseñe a amar nuestra comunidad sin envidias y clausuras, siempre abiertos al amplio horizonte de la acción del Espíritu Santo.

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BENEDICTO XVI – Ángelus 2012

Alegrarnos por cada gesto e iniciativa de bien y usar sabiamente los bienes terrenos

Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio de este domingo presenta uno de esos episodios de la vida de Cristo que, incluso percibiéndolos, por decirlo así, en passant, contienen un significado profundo (cf. Mc 9, 38-41). Se trata del hecho de que alguien, que no era de los seguidores de Jesús, había expulsado demonios en su nombre. El apóstol Juan, joven y celoso como era, quería impedirlo, pero Jesús no lo permite; es más, aprovecha la ocasión para enseñar a sus discípulos que Dios puede obrar cosas buenas y hasta prodigiosas incluso fuera de su círculo, y que se puede colaborar con la causa del reino de Dios de diversos modos, ofreciendo también un simple vaso de agua a un misionero (v. 41). San Agustín escribe al respecto: «Como en la católica —es decir, en la Iglesia— se puede encontrar aquello que no es católico, así fuera de la católica puede haber algo de católico» (Agustín, Sobre el bautismo contra los donatistas: pl 43, VII, 39, 77). Por ello, los miembros de la Iglesia no deben experimentar celos, sino alegrarse si alguien externo a la comunidad obra el bien en nombre de Cristo, siempre que lo haga con recta intención y con respeto. Incluso en el seno de la Iglesia misma, puede suceder, a veces, que cueste esfuerzo valorar y apreciar, con espíritu de profunda comunión, las cosas buenas realizadas por las diversas realidades eclesiales. En cambio, todos y siempre debemos ser capaces de apreciarnos y estimarnos recíprocamente, alabando al Señor por la «fantasía» infinita con la que obra en la Iglesia y en el mundo.

En la liturgia de hoy resuena también la invectiva del apóstol Santiago contra los ricos deshonestos, que ponen su seguridad en las riquezas acumuladas a fuerza de abusos (cf. St 5, 1-6). Al respecto, Cesáreo de Arlés lo afirma así en uno de sus discursos: «La riqueza no puede hacer mal a un hombre bueno, porque la dona con misericordia; así como no puede ayudar a un hombre malo, mientras la conserva con avidez y la derrocha en la disipación» (Sermones 35, 4). Las palabras del apóstol Santiago, a la vez que alertan del vano afán de los bienes materiales, constituyen una fuerte llamada a usarlos en la perspectiva de la solidaridad y del bien común, obrando siempre con equidad y moralidad, en todos los niveles.

Queridos amigos, por intercesión de María santísima, oremos a fin de que sepamos alegrarnos por cada gesto e iniciativa de bien, sin envidias y celos, y usar sabiamente los bienes terrenos en la continua búsqueda de los bienes eternos.

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DIRECTORIO HOMILÉTICO Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos

CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA

El diálogo ecuménico

821. Para responder adecuadamente a este llamamiento se exige:

—   una renovación permanente de la Iglesia en una fidelidad mayor a su vocación. Esta renovación es el alma del movimiento hacia la unidad (Unitatis Redintegratio, 6);

—   la conversión del corazón para “llevar una vida más pura, según el Evangelio” (cf UR 7), porque la infidelidad de los miembros al don de Cristo es la causa de las divisiones;

—   la oración en común, porque “esta conversión del corazón y santidad de vida, junto con las oraciones privadas y públicas por la unidad de los cristianos, deben considerarse como el alma de todo el movimiento ecuménico, y pueden llamarse con razón ecumenismo espiritual” (cf UR 8);

—   el fraterno conocimiento recíproco (cf UR 9);

—   la formación ecuménica de los fieles y especialmente de los sacerdotes (cf UR 10);

—   el diálogo entre los teólogos y los encuentros entre los cristianos de diferentes Iglesias y comunidades (cf UR 4, 9, 11);

—   la colaboración entre cristianos en los diferentes campos de servicio a los hombres (cf UR 12).

1126. Por otra parte, puesto que los sacramentos expresan y desarrollan la comunión de fe en la Iglesia, la lex orandi es uno de los criterios esenciales del diálogo que intenta restaurar la unidad de los cristianos (cf UR 2 y 15).

1636. En muchas regiones, gracias al diálogo ecuménico, las comunidades cristianas interesadas han podido llevar a cabo una pastoral común para los matrimonios mixtos. Su objetivo es ayudar a estas parejas a vivir su situación particular a la luz de la fe. Debe también ayudarles a superar las tensiones entre las obligaciones de los cónyuges, el uno con el otro, y con sus comunidades eclesiales. Debe alentar el desarrollo de lo que les es común en la fe, y el respeto de lo que los separa.

El peligro del ansia exagerada de riqueza

2445. El amor a los pobres es incompatible con el amor desordenado de las riquezas o su uso egoísta:

Ahora bien, vosotros, ricos, llorad y dad alaridos por las desgracias que están para caer sobre vosotros. Vuestra riqueza está podrida y vuestros vestidos están apolillados; vuestro oro y vuestra plata están tomados de herrumbre y su herrumbre será testimonio contra vosotros y devorará vuestras carnes como fuego. Habéis acumulado riquezas en estos días que son los últimos. Mirad: el salario que no habéis pagado a los obreros que segaron vuestros campos está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido sobre la tierra regaladamente y os habéis entregado a a los placeres; habéis hartado vuestros corazones en el día de la matanza. Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste (St 5,1-6).

2446. S. Juan Crisóstomo lo recuerda vigorosamente: “No hacer participar a los pobres de los propios bienes es robarles y quitarles la vida. Lo que tenemos no son nuestros bienes, sino los suyos” (Laz. 1,6). “Satisfacer ante todo las exigencias de la justicia, de modo que no se ofrezca como ayuda de caridad lo que ya se debe a título de justicia” (Apostolicam Actuositatem, 8):

Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia (S. Gregorio Magno, past. 3,21).

2536. El décimo mandamiento proscribe la avaricia y el deseo de una apropiación inmoderada de los bienes terrenos. Prohíbe el deseo desordenado nacido de lo pasión inmoderada de las riquezas y de su poder. Prohíbe también el deseo de cometer una injusticia mediante la cual se dañaría al prójimo en sus bienes temporales:

Cuando la Ley nos dice: “No codiciarás”, nos dice, en otros términos, que apartemos nuestros deseos de todo lo que no nos pertenece. Porque la sed del bien del prójimo es inmensa, infinita y jamás saciada, como está escrito: “El ojo del avaro no se satisface con su suerte” (Si 14,9) (Catecismo Romano, 3,37)

III. LA POBREZA DE CORAZON

2544. Jesús exhorta a sus discípulos a preferirle a todo y a todos y les propone “renunciar a todos sus bienes” (Lc 14,33) por él y por el Evangelio (cf Mc 8,35). Poco antes de su pasión les mostró como ejemplo la pobre viuda de Jerusalén que, de su indigencia, dio todo lo que tenía para vivir (cf Lc 21,4). El precepto del desprendimiento de las riquezas es obligatorio para entrar en el Reino de los cielos.

2545. “Todos los cristianos…han de intentar orientar rectamente sus deseos para que el uso de las cosas de este mundo y el apego a las riquezas no les impidan, en contra del espíritu de pobreza evangélica, buscar el amor perfecto” (Lumen Gentium, 42).

2546. “Bienaventurados los pobres en el espíritu” (Mt 5,3). Las bienaventuranzas revelan un orden de felicidad y de gracia, de belleza y de paz. Jesús celebra la alegría de los pobres de quienes es ya el Reino (Lc 6,20):

El Verbo llama “pobreza en el Espíritu” a la humildad voluntaria de un espíritu humano y su renuncia; el Apóstol nos da como ejemplo la pobreza de Dios cuando dice: “Se hizo pobre por nosotros” (2 Co 8,9) (S. Gregorio de Nisa, beat, 1).

2547. El Señor se lamenta de los ricos porque encuentran su consuelo en la abundancia de bienes (Lc 6,24). “El orgulloso busca el poder terreno, mientras el pobre en espíritu busca el Reino de los Cielos” (S. Agustín, serm. Dom. 1,1). El abandono en la Providencia del Padre del Cielo libera de la inquietud por el mañana (cf Mt 6,25-34). La confianza en Dios dispone a la bienaventuranza de los pobres: ellos verán a Dios.

Los celos

1852. La variedad de pecados es grande. La Escritura contiene varias listas. La carta a los Gálatas opone las obras de la carne al fruto del Espíritu: “Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes, sobre las cuales os prevengo como ya os previne, que quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios” (5,19-21; cf Rm 1,28-32; 1 Co 6,9-10; Ef 5, 3-5; Col 3, 5-8; 1 Tm 1, 9-10; 2 Tm 3, 2-5).

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RANIERO CANTALAMESSA (www.cantalamessa.org)

Quien no está en contra está a favor nuestro

Un modo útil para introducirnos en la comprensión del Evangelio de hoy es partir del suceso narrado en la primera lectura. Hacia el final de su vida, Moisés designa a setenta ancianos, que le acompañen en la guía del pueblo; de inmediato, el Espíritu Santo desciende visiblemente sobre ellos y éstos se ponen a profetizar. Sin embargo, fuera de allí, entre tanto, el mismo Espíritu Santo viene sobre dos personas extrañas, no designadas por Moisés. Josué, el joven ayudante, le dijo a Moisés: «¡Prohíbeselo»; pero, él respondió: «¿Estás celoso de mí? ¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!»

Ahora, pasemos ya al Evangelio. Encontramos en algunos versículos una escena semejante. Juan, uno de los apóstoles, ha visto a alguno que sin ser de su grupo lanzaba demonios en nombre de Jesús y se lo ha prohibido. En consecuencia, va a referírselo al mismo Jesús. Pero, él le responde:

«No se lo impidáis… El que no está contra nosotros está a favor nuestro».

El fragmento evangélico continúa hablando también de otras cosas; pero, nosotros nos paramos aquí, porque se trata de un apunte de gran actualidad e interés. ¿Qué pensar de los de fuera de la Iglesia, que hacen algo bueno y presentan manifestaciones del Espíritu, sin creer aún en Cristo ni adherirse a la Iglesia? ¿Hay salvación fuera de la Iglesia?

Algunos cristianos tradicionalistas están desconcertados por las recientes aperturas sobre este tema y objetan (palabras recogidas de su viva voz): «Si también los ateos pueden aspirar a la salvación eterna, dado que viven según una conciencia recta; si es verdad, como dicen ciertos teólogos, que hay esperanza de salvación para quien tenga fe, musulmán o hebreo, sea la que sea; me pregunto: ¿por qué Jesús ha dicho «Quien cree en mí se salvará» (cfr. Juan 11, 25-26)? Y ¿por qué tantos esfuerzos para reunificar a las Iglesias cristianas, desde el momento en que, si no crees en Dios y no tienes fe, pero actúas rectamente, te salvarás igualmente?»

Ésta es la ocasión para proyectar un poco de luz sobre este delicado problema. Digamos, de inmediato, que ésta no es la doctrina sólo de algún teólogo aislado sino del mismo concilio Vaticano II. El Concilio ha dicho que «debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual» (Gaudium et spes, 22) y, por lo tanto, de estar salvados. Por lo demás, no se trata de una doctrina nueva, inventada en el Concilio. Ya en la Escritura leemos afirmaciones significativas en este sentido: «Dios, nuestro Salvador, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1 Timoteo 2,4); Y aún: «Es el Salvador de todos los hombres, principalmente de los creyentes» (1 Timoteo 4, 10). ¡Principalmente, por lo tanto, no exclusivamente de los creyentes!

La teología ha admitido siempre la posibilidad para Dios de salvar a algunas personas por vías extraordinarias, fuera de las ordinarias, como son la fe en Cristo, el bautismo y la pertenencia a la Iglesia. Esta certeza, sin embargo, se ha confirmado en la época moderna después de que los descubrimientos geográficos y las acrecentadas posibilidades de comunicaciones entre los pueblos han obligado a tener presente que había muchísimas personas, sin culpa alguna, que no habían oído nunca el anuncio del Evangelio o lo habían oído de un modo incorrecto a través de conquistadores o colonizadores sin escrúpulos, que hacían difícil aceptado, incluso una vez conocido.

¿Ha cambiado, por lo tanto, nuestra fe cristiana? No, dado que continuamos creyendo dos cosas: primero, que Jesús es, objetivamente y de hecho, el Mediador y Salvador único de todo el género humano y, también, que quien no lo conoce, si se salva, se salva gracias a él, esto es, a su muerte redentora. Segundo, que también éstos, aun no perteneciendo a la Iglesia visible, están objetivamente «orientados» hacia ella, forman parte de la Iglesia más amplia, sólo por Dios conocida.

Es necesario, por lo demás, distinguir entre no creyente y no creyente, entre ateo y ateo. La salvación no está asegurada para nadie a buen mercado. A quienes, como dice la Escritura, «la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, que aprisionan la verdad en la injusticia»: Romanos 1,18 (es decir, viven desordenadamente, se ríen de los principios de la fe y de la moral, buscando sólo la propia satisfacción en este mundo), no se les promete nada, sino lo que prometía san Pablo, que es esto: «Por la dureza y la impenitencia de tu corazón vas atesorando contra ti ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, quien dará a cada cual según sus obras: a los que, por la perseverancia en el bien busquen gloria, honor e inmortalidad: vida eterna; mas a los rebeldes, indóciles a la verdad y dóciles a la injusticia: ira y cólera. Tribulación y angustia sobre toda alma humana que obre el mal: del judío primeramente y también del griego; en cambio, gloria, honor y paz a todo el que obre el bien; al judío primeramente y también al griego» (Romanos 2, 5-9).

Aquí se trata, más bien, de las personas que (posiblemente por los motivos que he dicho) no creen en Cristo; pero, creen en Dios y lo sirven en otra religión. O, al menos, si no creen ni siquiera en Dios, no es por culpa suya, sino que es por la educación recibida o por el ambiente en que viven y por los condicionamientos intelectuales ante los que sucumben sin darse cuenta.

Dos cosas, en nuestro fragmento evangélico de hoy, parece exigir Jesús a estas personas «de fuera»: que no estén en «contra» de él, esto es, que no combatan positivamente la fe y sus valores y que no se pongan voluntariamente contra Dios. Segundo, que, si no están en disposición de servir y amar a Dios, al menos que sirvan y amen a su imagen, que es el hombre, especialmente al pobre. Se dice, en efecto, en la continuación de nuestro fragmento hablando aún de los de fuera: «Todo aquel que os dé de beber un vaso de agua por el hecho de que sois de Cristo, os aseguro que no perderá su recompensa».

Aquí, se supone esto: que hagan el bien a cualquiera «porque es de Cristo»; pero, en la famosa página del juicio final (cfr. Mateo 25, 31ss.), no hay ni siquiera esta limitación. Quien haya dado de comer a un hambriento o haya visitado a un enfermo, por el simple hecho de que estaba hambriento o estaba enfermo, escuchará que se le dice: «Venid, benditos de mi Padre… a mí me lo hicisteis». La fe es importantísima; pero, debemos recordar que está también la caridad. En el amor está implícita una forma de fe porque «Dios es Amor» (1 Juan 4, 9) y quien ama «ha pasado de la muerte a la vida» (Juan 5,24). El concilio Vaticano II ha indicado esta categoría especial de no creyentes con la expresión, llegada ya a ser de uso común, de «hombres de buena voluntad».

Pero, aclarada la doctrina, yo creo que habría que modificar asimismo alguna otra cosa; esto es, el planteamiento interior, la psicología de nosotros, los creyentes. Qué contraste entre el planteamiento de Josué y el de Moisés, en la primera lectura, y entre el planteamiento de Juan y el de Cristo, en el fragmento evangélico. En ambos los casos, los discípulos se muestran celosos, son exclusivistas; razonan con el esquema: «Quien no está con nosotros está en contra nuestra»; sin embargo, los maestros, por el contrario, Moisés y Jesús, razonan con otro esquema: «Quien no está contra nosotros está con nosotros».

Lo que yo puedo entender, pero no puedo compartir, es un cierto mal encubierto contratiempo al vede caer todo privilegio y toda ventaja del creyente en Cristo: «Entonces, ¿para qué sirve actuar como valientes cristianos…?» Sin embargo, debiéramos alegrarnos inmensamente ante estas nuevas aperturas de la teología católica. ¡Saber que también nuestros hermanos de fuera tienen, al menos, la posibilidad de salvarse! ¿Qué hay de más liberador y qué confirma mejor la infinita magnificencia de Dios? Debiéramos hacer nuestro, absolutamente todos, el deseo de Moisés: «¡Ojalá que todo el pueblo de Yahvé profetizara porque Yahvé les daba su espíritu!»

Pero, yo quiero decir cuál es, a mi parecer, lo que puede haber de obstáculo para nosotros los creyentes en aceptar esta visión más amplia y positiva de la salvación. En nosotros prevalece frecuentemente una visión, en la que la religión fundamentalmente es una cuestión de deberes a cumplir, de méritos a adquirir y de recompensas a obtener. Entonces, sí que llega a ser difícil aceptar el estar metidos en una paridad con quien no ha hecho nada de todo esto. Es la crítica que plantean al dueño de la viña los trabajadores de la primera hora, viendo que se les da la misma paga que a los de la undécima hora: «¡Estos últimos no han trabajado más que una hora, y les pagas como a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor!» (Mateo 20,12).

Pero, el cristianismo no es predominantemente una cuestión de deberes y de obligaciones a realizar. Es una gracia, es un don. No es algo que nosotros hacemos por Dios, sino que es algo que Dios ha hecho ya por nosotros. Es una gracia y es un privilegio inmenso haber conocido de cerca a Cristo, a su Evangelio, a su amor. Por lo cual, nos debiéramos compadecer y estar repletos de compasión para quienes en vida no han tenido este privilegio y no envidiarles o estar celosos de ellos.

Alguno se preguntará: entonces, ¿debemos dejar tranquilo a cada uno en su convicción, no evangelizar más, no promover la fe en Cristo y la adhesión a la Iglesia, desde el momento en que se pueden salvar de otros modos también? Precisamente, no. Debemos hacerla, como decía san Pedro, «con dulzura y respeto» (1 Pedro 3, 16); pero, no hemos de dejar «tranquilos» precisamente a nadie, si por tranquilo se entiende indiferente. Sólo que debemos pararnos más en el motivo positivo que en el negativo. El negativo es: «Creed en Jesús, porque quien no cree en él será condenado para siempre»; el motivo positivo es: «Creed en Jesús, porque es maravilloso creer en él, conocerle, tenerle junto a nosotros como Salvador, en la vida y en la muerte».

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