Diumenge XIV Temps Ordinari cicle B

Comentaris sobre les lectures pròpies de la Santa Missa per a meditar i preparar l’homilia

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DEL MISAL MENSUAL

ANTÍFONA DE ENTRADA Sal 47, 10-11

Meditamos, Señor, los dones de tu amor, en medio de tu templo. Tu alabanza llega hasta los confines de la tierra como tu fama. Tu diestra está llena de justicia.

ORACIÓN COLECTA

Señor Dios, que por medio de la humillación de tu Hijo reconstruiste el mundo derrumbado, concede a tus fieles una santa alegría, para que, a quienes rescataste de la esclavitud del pecado, nos hagas disfrutar del gozo que no tiene fin. Por nuestro Señor Jesucristo…

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

Esta raza rebelde sabrá que hay un profeta en medio de ellos

Del libro del profeta Ezequiel: 2, 2-5

En aquellos días, el espíritu entró en mí, hizo que me pusiera en pie y oí una voz que me decía:

“Hijo de hombre, yo te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde, que se ha sublevado contra mí. Ellos y sus padres me han traicionado hasta el día de hoy. También sus hijos son testarudos y obstinados. A ellos te envió para que les comuniques mis palabras. Y ellos, te escuchen o no, porque son una raza rebelde, sabrán que hay un profeta en medio de ellos”.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 122, 1-2a. 2bcd. 3-4

R/. Ten piedad de nosotros, ten piedad.

En ti, Señor, que habitasen lo alto, fijos los ojos tengo, como fijan sus ojos en las manos de su señor, los siervos. R/.

Así como la esclava en su señora tiene fijos los ojos, fijos en el Señor están los nuestros, hasta que Dios se apiade de nosotros. R/.

Ten piedad de nosotros, ten piedad, porque estamos, Señor, hartos de injurias; saturados estamos de desprecios, de insolencias y burlas. R/.

SEGUNDA LECTURA

Me glorío de mis debilidades, para que se manifieste en mí el poder de Cristo.

De la segunda carta del apóstol san Pablo a los corintios: 12, 7-10

Hermanos: Para que yo no me llene de soberbia por la sublimidad de las revelaciones que he tenido, llevo una espina clavada en mi carne, un enviado de Satanás, que me abofetea para humillarme. Tres veces le he pedido al Señor que me libre de esto, pero él me ha respondido: “Te basta mi gracia, porque mi poder se manifiesta en la debilidad”.

Así pues, de buena gana prefiero gloriarme de mis debilidades, para que se manifieste en mí el poder de Cristo. Por eso me alegro de las debilidades, los insultos, las necesidades, las persecuciones y las dificultades que sufro por Cristo, porque cuando soy más débil, soy más fuerte.

Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO cfr. Lc 4, 18

R/. Aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre mí; él me ha enviado para anunciar a los pobres la buena nueva. R/.

EVANGELIO

Todos honran a un profeta, menos los de su tierra

+ Del santo Evangelio según san Marcos: 6, 1-6

En aquel tiempo, Jesús fue a su tierra en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, se puso a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba se preguntaba con asombro:

“¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas? ¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder para hacer milagros? ¿Qué no es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿No viven aquí, entre nosotros, sus hermanas?”. Y estaban desconcertados.

Pero Jesús les dijo: “Todos honran a un profeta, menos los de su tierra, sus parientes y los de su casa”. Y no pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y estaba extrañado de la incredulidad de aquella gente. Luego se fue a enseñar en los pueblos vecinos.

Palabra del Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

La oblación que te ofrecemos, Señor, nos purifique, y nos haga participar, de día en día, de la vida del reino glorioso. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Sal 33,9

Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados, y yo los aliviaré, dice el Señor.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Señor, que nos has colmado con tantas gracias, concédenos alcanzar los dones de la salvación y que nunca dejemos de alabarte. Por Jesucristo, nuestro Señor.

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BIBLIA DE NAVARRA

Dureza del corazón (Ez 2,2-5)

1ª lectura

«Un espíritu que me puso en pie» (v.2). En la visión de la gloria del Señor la palabra «espíritu» tiene tres significados. Como elemento material designa el viento huracanado (1,4; cfr 13,11). De aquí se deriva el segundo significado: el espíritu esfuerza interior y sobrehumana que dirige a los seres vivientes y querubines marcándoles cuándo y hacia dónde deben moverse (cfr 1,12.20.21). Pero, en el relato de la vocación, espíritu tiene un tercer sentido: es la fuerza vital, que recuerda el «aliento de vida» que Dios insufló al hombre en el momento de la creación (cfr Gn 2,7); este significado será más claro en la visión de los huesos revitalizados (cfr 37,5.6.8.10). Como fuerza vital, siempre que en Ezequiel el espíritu está relacionado con el profeta, es para «ponerlo en pie» (2,1), para «elevarlo» con el fin de que pueda escuchar mejor la palabra de Dios (3,12. 14.24) y ver lo que ocurre en el Templo de Jerusalén (cfr 8,3; 11,1; 43,5) o en Babilonia (cfr 11,24). Es, por tanto, la fuerza interior que le transforma en profeta y le facilita escuchar o ver lo que por la simple capacidad humana (por «hijo de hombre») no podría alcanzar.

Israel es un «pueblo de rebeldes» (v.3) o, como se dice poco después (cfr 2,8), «casa rebelde». El libro define al pueblo con esta expresión negativa (cfr 2,5.6.8; 3,9), que resume la historia pecaminosa de los antiguos y la actitud hostil de los contemporáneos. La rebeldía lleva consigo volverse contra Dios, el rechazo de sus mandamientos y la negación a escuchar sus palabras. Como consecuencia aparece la dureza de corazón (2,4), que hasta llega a reflejarse en la expresión adusta del rostro. Ezequiel insiste una y otra vez en la gravedad del pecado, precisamente por ser voluntario. El pueblo «no quiere escucharte a ti porque no quiere escucharme a Mí» (3,7). Precisamente porque el pecado requiere un acto libre de la voluntad, el profeta enseña con claridad extraordinaria la responsabilidad personal. Cada uno será castigado por sus propios pecados no por los de sus predecesores (cfr 18,1-32). Frente a la rebeldía del pueblo, Dios exige al profeta una especial docilidad: «No seas rebelde» (2,8). El Señor pide la escucha y la acogida gozosa de la palabra de Dios. La acción de comer el libro muestra de forma expresiva el alcance de la docilidad. Aunque el mensaje sea crudo, «lamentos, elegías y gemidos» (2,10), resultará «dulce como la miel» (3,3) en el paladar del profeta que lo acoge con docilidad.

«Esto dice el Señor Dios» (v.4). Esta expresión pone de relieve que el profeta no habla por cuenta propia. Suele llamarse «fórmula del mensajero», y es frecuente también en otros profetas, sobre todo en Isaías y Jeremías. Sin embargo, en Ezequiel, donde aparece casi ciento treinta veces, el nombre de Dios está reforzado —Señor Dios—, indicando la majestad infinita del Señor que habla imperiosamente. La obstinación en rechazar su palabra es en verdad un acto de rebeldía por parte del pueblo, y la docilidad del profeta, un acto de sumisión casi obligada. De hecho Ezequiel no opone resistencia a la voz del Señor ni presenta ninguna dificultad personal como lo hicieron Isaías y Jeremías. Al contrario, sabiendo que transmite un mensaje divino, que no es suyo, debe hacerlo con fortaleza y perseverancia, aunque sus oyentes no lo acepten, o lo rechacen (cfr 2,6-7; 3,11). «Los profetas de Dios —dice San Agustín— son aquellos que dicen lo que escuchan de Dios, y un profeta de Dios no es otro que aquel que expresa las palabras de Dios a los hombres que, por su parte, no pueden o no merecen entender a Dios» (Quaestiones in Heptateuchum 2,17).

«Sabrán que hay un profeta en medio de ellos» (v.5). Con frase solemne se subraya la condición de Ezequiel como profeta. En un momento en que no hay rey —puesto que está prisionero bajo Nabucodonosor—, ni Templo —pues está profanado y a punto de ser destruido—, ni instituciones sociales o religiosas, la figura del profeta cobra mayor relieve. Es el único representante de Dios en medio del pueblo; es quien tiene autoridad para exigir a sus conciudadanos atención a su mensaje.

Te basta mi gracia (2 Co 12,7b-10)

2ª lectura

«Me fue clavado un aguijón en la carne» (v. 7). San Juan Crisóstomo ve en esta expresión las tribulaciones y continuas persecuciones padecidas por el Apóstol. San Agustín, por su parte, piensa que se trata de una enfermedad física, crónica y molesta. Sólo a partir de San Gregorio Magno comenzó a hablarse de tentaciones de concupiscencia. En todo caso, este gesto de sencillez por parte del Apóstol y la consiguiente respuesta divina «te basta mi gracia» (v. 10) son fuente de innumerables enseñanzas para la lucha ascética, pues enseñan que la actitud cristiana ante la propia debilidad es confiar en la ayuda divina. «Porque Dios libra de las tribulaciones no cuando las hace desaparecer (…), sino cuando con la ayuda de Dios no nos abatimos al sufrir tribulación» (Orígenes, De oratione 30,1).

Nadie es profeta en su tierra (Mc 6,1-6)

Evangelio

Este episodio culmina una serie de pasajes en torno al poder de la fe: la fe de Jairo y de la hemorroísa (5,21-43) se ha puesto en contraste con la fe aún débil de sus discípulos (4,35-41) y se contrasta ahora con la de sus paisanos de Nazaret (v. 6). El evangelista señala de nuevo la dificultad para entender quién es verdaderamente Jesús: no lo han sabido los discípulos (4,41), no lo han descubierto, sin duda, los gerasenos (5,17) y, aquí, se equivocan sus paisanos (vv. 2-3).

Con todo, el pasaje deja entrever lo que fue la mayor parte de la existencia terrena de Jesús: la vida corriente de un artesano, con su familia, que comparte con sus conciudadanos las condiciones ordinarias de la vida (v. 3). En esa vida oculta de Cristo descubriremos el valor de la vida cotidiana como camino de santidad: Vuestra vocación humana es parte, y parte importante, de vuestra vocación divina. Ésta es la razón por la cual os tenéis que santificar, contribuyendo al mismo tiempo a la santificación de los demás, de vuestros iguales, precisamente santificando vuestro trabajo y vuestro ambiente: esa profesión u oficio que llena vuestros días, que da fisonomía peculiar a vuestra personalidad humana, que es vuestra manera de estar en el mundo (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 46).

Jesús es designado «el hijo de María» (v. 3). No es seguro si detrás de esta expresión hay que suponer que San José ya ha muerto, o si el evangelista la utiliza para aludir a la concepción virginal de Jesús. La expresión «hermanos» de Jesús (v. 3) se refiere a sus parientes. En los idiomas antiguos, hebreo, arameo, árabe, etc., era normal que se utilizara este término para indicar a los pertenecientes a una misma familia, clan, o incluso tribu. Siempre la Iglesia ha profesado con plena certeza que Jesucristo no ha tenido hermanos de sangre en sentido propio: es el dogma de la perpetua virginidad de María.

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SAN JUAN CRISÓSTOMO

Un profeta no es rechazado sino en su patria y entre los suyos

¿Por qué razón dice el evangelista estas parábolas? Porque aún tenía que decir otras más. ¿Por qué el Señor cambia de lugar? Porque quería sembrar por todas partes su doctrina. Y, viniendo a su propia patria, les enseñaba en lasinagoga. ¿A qué pueblo llama ahora el evangelista patria de Jesús? —A mi parecer, a Nazaret, pues allí —dice— nohizo muchos milagros, y en Cafarnaúm sí que los hizo. De ahí que Él mismo dijera: Y tú, Cafarnaúm, que te has levantado hasta el cielo, tú serás abatida hasta el infierno; porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti se han realizado, Sodoma estaría en pie hasta el día de hoy (Mt 11, 23).

Viniendo, pues, allí, se abstuvo de obrar milagros, a fin de no encender más la envidia y tenerlos que condenar más duramente por su incredulidad, que así hubiera aumentado. Sí, en cambio, les expone su doctrina, que no era menos maravillosa que sus milagros. Porque aquellos insensatos—unos completos insensatos—, cuando debieran admirarle y pasmarse de la virtud de sus palabras, hacen lo contrario, que es vilipendiarle por la humildad del que pasaba por padre suyo. Y, sin embargo, muchos ejemplos tenían en lo antiguo de hijosilustres nacidos de padres oscuros. Así, David, hijo fue de Jessé, que no pasaba de humilde labrador, y Amós lo fue de un cabrero, y cabrero él mismo; y Moisés, el famoso legislador, tuvo un padre muy inferior a lo que él mismo era. Más bien, pues, debieran haber admirado al Señor de que, siendo de quienes se imaginaban, hablaba tan maravillosamente, pues era evidente que ello no podía ser obra de diligencia humana, sino de la gracia de Dios. Mas, por lo que debieran admirarle, ellos le desprecian.

Por otra parte, el Señor frecuenta su sinagoga, pues de haber vivido constantemente en el desierto, hubieran tenido pretexto para acusarle como a solitario y enemigo del trato humano. Sorprendidos, pues, y perplejos, decían sus paisanos: ¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esas virtudes? Virtudes llaman aquí o a sus milagros o a su misma sabiduría. ¿No es éste el hijo del carpintero? Luego mayor es la maravilla y mayor debiera ser vuestra admiración. ¿No se llama María su madre? ¿Y sus hermanos no se llaman Santiago y José y Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no están todas entre nosotros? ¿De dónde le viene a éste eso? Y se escandalizaban en ÉI. ¿Veis cómo es Nazaret en donde hablaba? ¿No son —dicen— hermanos suyos fulano y zutano? ¿Y qué tiene eso que ver? Ésa debiera ser para vosotros la mejor razón para creer en Él. Pero no. La envidia es cosa mala y muchas veces se contradice a sí misma. Lo que era sorprendente y maravilloso, lo mismo que debiera haber bastado a arrastrarlos al Señor, eso les escandalizaba. ¿Qué les contesta, pues, Cristo? Un profeta—les dice—no es despreciado sino en su propia patria y en su propia casa. Y no hizo—prosigue el evangelista—muchos milagros entre ellos por causa de su incredulidad. Lucas dice también: No hizo allí muchos milagros (Lc 4, 16ss). —Y, sin embargo —dirás—, era natural que los hubiera hecho. Porque si todavía tenía éxito para ser admirado (y, en efecto, también entonces se le admiraba), ¿por qué razón no los hizo? —Porque no miraba a su propia ostentación, sino al provecho de ellos. Ahora bien, como éste no se daba, prescindió también el Señor de su propia manifestación, a fin de no aumentar el castigo de sus paisanos. Y, sin embargo, mirad después de cuánto tiempo, después de cuántos milagros, volvió a ellos. Y ni aun así le soportaron, sino que se encendió más vivamente su envidia.

Mas ¿por qué, si no muchos, todavía hizo algunos milagros? —Porque no le dijeran: Médico, cúrate a ti mismo (Lc 4, 23).Porque no dijeran tampoco: Es nuestro enemigo, nos tiene declarada la guerra, y desprecia a los de su propia casa. Porque, en fin, no pudieran decir: “Si hubiera hecho entre nosotros milagros, también nosotros hubiéramos creído”. De ahí que los hizo y se detuvo entre ellos: por una parte, para cumplir lo que a Él le tocaba; por otra, para no condenarlos a ellos con más razón. Mas considerad la fuerza de sus palabras, cuando, aun dominados por la envidia, todavía le admiraban. Sin embargo, así como en sus milagros no ponen tacha en cuanto a los hechos, pero se inventan causas fantásticas, diciendo, por ejemplo: En virtud de Belcebú, príncipe de los demonios, expulsa los demonios; así ahora, no pudiendo poner tacha en su doctrina, le desprecian por lo humilde de su origen. Mas considerad, os ruego, la modestia del maestro, que no los vitupera, sino que con toda mansedumbre les responde: Un profeta no es despreciado sino en su propia patria. Y no se detuvo aquí, sino que prosiguió: Y en su propia casa. Con lo que, a mi parecer, aludía a sus propios hermanos.

Por lo demás, en el evangelio de Lucas el Señor aduce ejemplos semejantes y les dice que tampoco Elías fue a los suyos, sino a una viuda extranjera; ni fue otro leproso alguno curado por Eliseo, sino el extranjero Naamán. No fueron, pues, los israelitas quienes recibieron los beneficios y quienes a ellos correspondieron, sino los extraños. Al hablarles así no hace sino revelar su mala costumbre de siempre y que no era nuevo lo que con Él hacían.

(Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, Homilía 48, BAC Madrid 1956, pp. 30-33)

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FRANCISCO

Ángelus 2018 y Homilías en Santa Marta

Ángelus 2018

Estar abiertos para acoger la realidad divina que viene a nuestro encuentro

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La página evangélica del día (cf. Marcos 6, 1-6) presenta a Jesús cuando vuelve a Nazaret y un sábado comienza a enseñar en la sinagoga. Desde que había salido de Nazaret y comenzó a predicar por las aldeas y los pueblos vecinos, no había vuelto a poner un pie en su patria.

Ha vuelto. Por lo tanto, irá todo el vecindario a escuchar a aquel hijo del pueblo cuya fama de sabio maestro y de poder sanador se difundía por toda la Galilea y más allá. Pero lo que podría considerarse como un éxito, se transformó en un clamoroso rechazo, hasta el punto que Jesús no pudo hacer ningún prodigio, tan solo algunas curaciones (cf. v. 5).

La dinámica de aquel día está reconstruida al detalle por el evangelista Marcos: la gente de Nazaret primero escucha y se queda asombrada; luego se pregunta perpleja: «¿de dónde vienen estas cosas?», ¿esta sabiduría?, y finalmente se escandaliza, reconociendo en Él al carpintero, el hijo de María, a quien vieron crecer (vv. 2-3).

Por eso, Jesús concluye con la expresión que se ha convertido en proverbial: «un profeta solo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio» (v. 4). Nos preguntamos: ¿Por qué los compatriotas de Jesús pasan de la maravilla a la incredulidad? Hacen una comparación entre el origen humilde de Jesús y sus capacidades actuales: es carpintero, no ha estudiado, sin embargo, predica mejor que los escribas y hace milagros.

Y en vez de abrirse a la realidad, se escandalizan: ¡Dios es demasiado grande para rebajarse a hablar a través de un hombre tan simple! Es el escándalo de la encarnación: el evento desconcertante de un Dios hecho carne, que piensa con una mente de hombre, trabaja y actúa con manos de hombre, ama con un corazón de hombre, un Dios que lucha, come y duerme como cada uno de nosotros.

El Hijo de Dios da la vuelta a cada esquema humano: nos son los discípulos quienes lavaron los pies al Señor, sino que es el Señor quien lavó los pies a los discípulos (cf. Juan 13, 1-20). Este es un motivo de escándalo y de incredulidad no solo en aquella época, sino en cada época, también hoy. El cambio hecho por Jesús compromete a sus discípulos de ayer y de hoy a una verificación personal y comunitaria. También en nuestros días, de hecho, puede pasar que se alimenten prejuicios que nos impiden captar la realidad. Pero el Señor nos invita a asumir una actitud de escucha humilde y de espera dócil, porque la gracia de Dios a menudo se nos presenta de maneras sorprendentes, que no se corresponden con nuestras expectativas. Pensemos juntos en la Madre Teresa di Calcuta, por ejemplo. Una hermana pequeña —nadie daba diez liras por ella— que iba por las calles recogiendo moribundos para que tuvieran una muerte digna. Esta pequeña hermana, con la oración y con su obra hizo maravillas. La pequeñez de una mujer revolucionó la obra de la caridad en la Iglesia. Es un ejemplo de nuestros días. Dios no se ajusta a los prejuicios. Debemos esforzarnos en abrir el corazón y la mente, para acoger la realidad divina que viene a nuestro encuentro. Se trata de tener fe: la falta de fe es un obstáculo para la gracia de Dios.

Muchos bautizados viven como si Cristo no existiera: se repiten los gestos y signos de fe, pero no corresponden a una verdadera adhesión a la persona de Jesús y a su Evangelio. Cada cristiano —todos nosotros, cada uno de nosotros— está llamado a profundizar en esta pertenencia fundamental, tratando de testimoniarla con una conducta coherente de vida, cuyo hilo conductor será la caridad. Pidamos al Señor, que por intercesión de la Virgen María, deshaga la dureza de los corazones y la estrechez de las mentes, para que estemos abiertos a su gracia, a su verdad y a su misión de bondad y misericordia, dirigida a todos, sin exclusión.

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El Evangelio en el bolsillo

1 de septiembre de 2014

“Jesús está presente en la Palabra de Dios y nos habla”. He aquí por qué “la Palabra de Dios es distinta incluso de la palabra humana más elevada”. Y nosotros debemos acercarnos a ella “con el corazón abierto de las bienaventuranzas y con humildad”. Por ello el Papa Francisco volvió a proponer la sugerencia de llevar siempre consigo una pequeña edición de bolsillo del Evangelio para leerlo cuando sea posible y “encontrar” así a Jesús. Lo propuso de nuevo en la misa que celebró el lunes 1 de septiembre, en la capilla de la Casa Santa Marta.

Retomando las celebraciones eucarísticas de la mañana abiertas a grupos de fieles −tras el período de pausa de julio y agosto− el Pontífice hizo una reflexión sobre la Palabra de Dios centrada en las dos lecturas propuestas por la liturgia, tomadas respectivamente de la primera carta de san Pablo a los Corintios (1Co 2, 1-5) y del Evangelio de Lucas (Lc 4, 16-30).

En la primera, destacó, san Pablo “recuerda a los Corintios cómo había sido su predicación, cómo él había anunciado el Evangelio”. Y explica: “Mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu”. Pablo, añadió el Papa, sigue diciendo que no se presentó para convencer a sus interlocutores “con discursos, con palabras, incluso con hermosas figuras”. El apóstol, en cambio, eligió “otro modo, otro estilo”, es decir “la manifestación del Espíritu y su poder”.

En esencia, continuó el Pontífice, el apóstol recuerda que “la Palabra de Dios es algo distinto, algo que no es igual a una palabra humana, a una palabra sabia, a una palabra científica, a una palabra filosófica”. La Palabra de Dios, en efecto, “es otra cosa, viene de otro modo”: es “distinta” porque “así habla Dios”.

Lo confirma san Lucas en el pasaje evangélico que relata sobre Jesús en la sinagoga de Nazaret, “donde se había criado” y donde todos “lo conocían desde pequeño”. En ese contexto, explicó el Papa, Él “comenzó a hablar y la gente lo escuchaba”, comentando: “¡Qué interesante!”. Luego “daban testimonio: estaban maravillados por las palabras que decía”. Y entre ellos comentaban: “Míralo, mira a este. ¡Qué bien lo hace este muchachito que nosotros conocemos! (…) ¿Dónde habrá estudiado?”.

Pero, destacó el Pontífice, Jesús “los detiene” y les dice: “En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo”. Así, pues, a cuantos lo escuchaban en la sinagoga “al inicio” les parecía “algo hermoso y aceptaban ese estilo de conversación y de acogida”. Pero “cuando Jesús comenzó a dar la Palabra de Dios se enfurecieron y querían matarlo”. Así, “se pasaron de una parte a la otra, porque la Palabra de Dios es algo distinto respecto a la palabra humana, incluso de la palabra humana más elevada, la palabra humana más filosófica”.

Y entonces, se preguntó el Papa Francisco, “¿cómo es la Palabra de Dios?”. La Carta a los Hebreos (Hb 1, 1), afirmó, “comienza diciendo que, en los tiempos antiguos, Dios nos habló y habló a nuestros padres por los profetas. Pero en estos tiempos, en la etapa final de este mundo, nos ha hablado en el Hijo”. O sea, “la Palabra de Dios es Jesús, Jesús mismo”. Es lo que predica Pablo diciendo: “Hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado”.

Esta es “la Palabra de Dios, la única Palabra de Dios”, explicó el Papa. Y “Jesucristo es motivo de escándalo: la Cruz de Cristo escandaliza. Y ella es la fuerza de la Palabra de Dios: Jesucristo, el Señor”.

Por ello es tan importante, según el Pontífice, preguntarse: “¿Cómo debemos recibir la Palabra de Dios?”. La respuesta es clara: “Como se recibe a Jesucristo. La Iglesia nos dice que Jesús está presente en la Escritura, en su Palabra”. Por este motivo, añadió, “yo aconsejo muchas veces que se lleve siempre un pequeño Evangelio” −además, comprarlo “cuesta poco”, añadió sonriendo− para tenerlo “en la mochila, en el bolsillo, y leer durante el día un pasaje del Evangelio”. Un consejo práctico, dijo, no tanto “para aprender” algo, sino “para encontrar a Jesús, porque Jesús está precisamente en su Palabra, en su Evangelio”. Así, “cada vez que leo el Evangelio, encuentro a Jesús”.

¿Y cuál es la actitud necesaria para recibir esta Palabra? “Se debe recibir −afirmó el obispo de Roma− como se recibe a Jesús, es decir, con el corazón abierto, con el corazón humilde, con el espíritu de las bienaventuranzas. Porque Jesús vino así, con humildad: vino pobre, vino con la unción del Espíritu Santo”. Tal es así que “Él mismo comenzó su discurso en la sinagoga de Nazaret” con estas palabras: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor”.

En definitiva, “Él es fuerza, es Palabra de Dios, porque está ungido por el Espíritu Santo”. Así, recomendó el Papa Francisco, “también nosotros, si queremos escuchar y recibir la Palabra de Dios, tenemos que rezar al Espíritu Santo y pedir esta unción del corazón, que es la unción de las bienaventuranzas”. Así, pues, tener “un corazón como el corazón de las bienaventuranzas”.

Si “Jesús está presente en la Palabra de Dios” y “nos habla en la Palabra de Dios, nos hará bien hoy durante el día −sugirió el Pontífice− preguntarnos: ¿cómo recibo yo la Palabra de Dios?”. Una pregunta esencial, concluyó el Papa Francisco, renovando el consejo de llevar siempre consigo el Evangelio para leer un pasaje cada día.

Donde está prohibido rezar

4 de abril de 2014

Hoy los cristianos mártires y perseguidos son más que en los primeros tiempos de la Iglesia. Tanto que en algunos países está prohibido incluso rezar juntos. Sobre esta dramática realidad el Papa Francisco basó su meditación el viernes 4 de abril.

También Jesús fue perseguido. Querían matarlo, como revela el Evangelio de la liturgia (Jn 7, 1-2.10.25-30). Él ciertamente “sabía cuál sería su fin”. Las persecuciones comienzan enseguida, cuando “al inicio de su predicación regresa a su país, va a la sinagoga y predica”. Entonces, “inmediatamente después de una gran admiración, comienzan” las murmuraciones, como refiere el Evangelio.

En una palabra, es la misma actitud de siempre: “desacreditan al Señor, desacreditan al profeta para quitarle autoridad”. Y “el profeta lucha contra las personas que enjaulan al Espíritu Santo”. Precisamente por esto “siempre es perseguido”.

En la Iglesia, en efecto, están los “perseguidos desde fuera y los perseguidos desde dentro”. Los santos mismos “han sido perseguidos”. En efecto, notó el obispo de Roma, “cuando leemos la vida de los santos” nos encontramos ante muchas “incomprensiones y persecuciones”. Porque, siendo profetas, decían cosas que resultaban “demasiado duras”. De esta manera “también muchos pensadores en la Iglesia fueron perseguidos”. Y al respecto el Papa afirmó: “Pienso en uno ahora, en este momento, no muy lejano de nosotros: un hombre de buena voluntad, un profeta de verdad, que con sus libros reprochaba a la Iglesia de alejarse del camino del Señor. Enseguida fue llamado, sus libros fueron colocados en el índice, le quitaron la cátedra y este hombre terminó así su vida, no hace mucho tiempo. Ha pasado el tiempo y hoy es beato”. ¿Pero cómo −se podría objetar− “ayer fue un herético y hoy es beato?”. Sí, “ayer los que tenían el poder querían silenciarlo porque no agradaba lo que decía. Hoy la Iglesia, que gracias a Dios sabe arrepentirse, dice: no, este hombre es bueno. Aún más, está en el camino de la santidad”.

De este modo, la historia nos testimonia que “todas las personas que el Espíritu Santo elige para decir la verdad al pueblo de Dios sufren persecuciones”. Y aquí el Pontífice recordó “la última bienaventuranza de Jesús: bienaventurados vosotros cuando os persigan por mi nombre”. He aquí que “Jesús es precisamente el modelo, el icono: ha sufrido mucho el Señor, ha sido perseguido”; y al actuar así “ha asumido todas las persecuciones de su pueblo”.

Pero “aún hoy los cristianos son perseguidos”, advirtió el Papa. Y son perseguidos “porque a esta sociedad mundana, a esta sociedad tranquila que no quiere problemas, dicen la verdad y anuncian a Jesucristo”. De verdad “hoy hay mucha persecución”.

Incluso hoy en algunas partes “existe la pena de muerte, existe la prisión por tener el Evangelio en casa, por enseñar el catecismo”, destacó el Papa, confiando luego: “Me decía un católico de estos países que ellos no pueden rezar juntos: ¡está prohibido! Sólo se puede rezar a solas y en secreto”. Si quieren celebrar la Eucaristía organizan “una fiesta de cumpleaños, aparentan celebrar el cumpleaños y allí tienen la Eucaristía antes de la fiesta”. Y si, como “ha sucedido, ven llegar a la policía, enseguida ocultan todo, continúan la fiesta” entre “alegría y felicidad”; luego, cuando los agentes “se van, terminan la Eucaristía”.

En efecto, reafirmó el Pontífice, “esta historia de persecución, de incomprensión”, continúa “desde el tiempo de los profetas hasta hoy”. Este, por lo demás, es también “el camino del Señor, el camino de quienes siguen al Señor”. Un camino que “termina siempre como para el Señor, con una resurrección, pero pasando por la cruz”. Así, pues, el Papa recomendó “no tener miedo a las persecuciones, a las incomprensiones”, incluso si por causa de ellas “siempre se pierden muchas cosas”.

Para los cristianos “siempre habrá persecuciones, incomprensiones”. Pero hay que afrontarlas con la certeza de que “Jesús es el Señor y éste es el desafío y la cruz de nuestra fe”. Así, recomendó el Santo Padre, “cuando esto suceda en nuestras comunidades o en nuestro corazón, miremos al Señor y pensemos” en el pasaje del libro de la Sabiduría que habla de las acechanzas que los impíos ponen a los justos. Y concluyó pidiendo al Señor “la gracia de seguir por su camino y, si sucede, también con la cruz de la persecución”

Las ancianitas y el teólogo

2 de septiembre de 2014

Es el Espíritu quien da “la identidad” al cristiano. Por ello −dijo el Papa− “tú puedes tener cinco licenciaturas en teología, pero no tener el Espíritu de Dios”. Y “quizá tú serás un gran teólogo, pero no eres un cristiano”, precisamente “porque no tienes el Espíritu de Dios”.

Así, hizo hincapié, “muchas veces nos encontramos, entre nuestros fieles, ancianitas sencillas que quizá no terminaron la escuela primaria, pero que te hablan de las cosas mejor que un teólogo, porque tienen el Espíritu de Cristo”. Y propuso el ejemplo de san Pablo, que para sus eficaces predicaciones no poseía particulares referencias académicas −no había tenido cursos de “sabiduría humana en la Lateranense o en la Gregoriana”, dijo− sino que hablaba según el Espíritu de Dios.

“Dos veces”, destacó el Papa, en el pasaje evangélico de Lucas propuesto por la liturgia (Lc 4, 31-37) se encuentra la palabra “autoridad”. La gente “se quedaba asombrada de la enseñanza de Jesús porque su palabra estaba llena de autoridad”, afirmó el Pontífice. Y después, al final del pasaje, el evangelista de nuevo escribe que “quedaron todos asombrados y comentaban entre sí: ¿Qué clase de palabra es esta? Pues da órdenes con autoridad”. En definitiva, continuó, “la gente se asombraba porque Jesús cuando hablaba, cuando predicaba, tenía una autoridad que no tenían los otros predicadores, que no tenían los doctores de la ley, los que enseñaban al pueblo”.

La pregunta que hay que hacerse es: “¿qué es esta autoridad de Jesús, esa doctrina nueva que asombra a la gente, esto que es diferente al modo de hablar, de enseñar de los doctores de la ley?”. Y la respuesta es decisiva. “Esta autoridad −explicó el Pontífice− es precisamente la identidad singular y especial de Jesús”. En efecto, “Jesús no era un predicador común; Jesús no era uno que enseñaba la ley como todos los demás: lo hacía de modo diverso, de un modo nuevo, porque Él tenía la fuerza del Espíritu Santo”.

El Papa recordó que “ayer, en la liturgia, leímos el pasaje en el que Jesús se presenta, visita la sinagoga y refiriéndose a sí mismo, dice aquellas palabras del profeta Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido. Me ha enviado a hacer esto”“. Confirmando que “la autoridad que tiene Jesús −explicó− viene precisamente de esta unción especial del Espíritu Santo: Jesús es el ungido, el primer ungido, el verdadero ungido”. Y “esta unción da autoridad a Jesús”.

“La identidad propia de Jesús es el ser ungido”, recalcó el Pontífice. Él es “el Hijo de Dios ungido y enviado, mandado para traer la salvación, la libertad”. Así, pues, “esta es la identidad de Jesús y por eso la gente decía: “Este hombre tiene una autoridad especial, que no tienen los doctores de la ley”“. Pero, añadió el Papa, “algunos se escandalizaban de esa modalidad de Jesús, de ese estilo de Jesús”.

Nada de espectáculo

9 de marzo de 2015

El estilo de Dios es la “sencillez”: inútil buscarlo en el “espectáculo mundano”. También en nuestra vida Él obra siempre “en la humildad, en el silencio, en las cosas pequeñas”. Esta es la reflexión cuaresmal que el Papa Francisco quiso proponer en la homilía de la misa celebrada en Santa Marta el lunes 9 de marzo.

Como de costumbre, el Pontífice partió de la liturgia de la palabra en la que, observó, “existe una palabra común” en las dos lecturas: “la ira; la indignación”. En el Evangelio de san Lucas (Lc 4, 24-30) se narra el episodio donde “Jesús vuelve a Nazaret, va a la sinagoga y comienza a hablar”. En un primer momento “toda la gente lo escuchaba con amor, feliz” y estaba asombrada de las palabras de Jesús: “estaban contentos”. Pero Jesús prosigue con su discurso “y reprende la falta de fe de su pueblo; recuerda cómo esta falta es también histórica” haciendo referencia al tiempo de Elías (cuando −recordó el Papa− “había tantas viudas”, pero Dios envió al profeta “a una viuda de un país pagano”) y a la purificación de Naamán el sirio, narrada en la primera lectura tomada del segundo libro de los Reyes (2R 5, 1-15).

Inicia así la dinámica entre las expectativas de la gente y la respuesta de Dios que estuvo en el centro de la homilía del Pontífice. En efecto, explicó el Papa Francisco, mientras la gente “escuchaba con gusto lo que decía Jesús”, a alguien “no le gustó lo que decía” y “quizá algún hablador se alzó y dijo: ¿pero este de qué viene a hablarnos? ¿Dónde estudió para que nos diga estas cosas? Que nos haga ver su licenciatura. ¿En qué universidad estudió? Este es el hijo del carpintero y lo conocemos bien”.

Explotan así “la furia” y “la violencia”: se lee en el Evangelio que “lo echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta un precipicio del monte” para despeñarlo. Pero, se preguntó el Pontífice, “la admiración, el estupor” ¿cómo pasaron “a la ira, a la furia, a la violencia?”. Es lo que sucede también al general sirio de quien se escribe en el segundo libro de los Reyes: “Este hombre tenía fe, sabía que el Señor lo curaría. Pero cuando el profeta le dice “ve, báñate”, se indigna”. Tenía otras expectativas, explicó el Papa, y en efecto pensaba en Eliseo: “Al estar de pie, invocará el nombre del Señor su Dios, agitará su mano hacia la parte enferma y me quitará la lepra… Pero nosotros tenemos ríos más hermosos que el Jordán”. Y así se marcha. Sin embargo, “los amigos le hacen entrar en razón” y, tras regresar, se cumple el milagro.

Dos experiencias distantes en el tiempo, pero muy similares: “¿Qué quería esta gente, estos de la sinagoga, y este sirio?” preguntó el Papa Francisco. Por una parte “a los de la sinagoga Jesús les reprende la falta de fe”, tanto que el Evangelio subraya cómo “Jesús allí, en ese lugar, no hizo milagros, por la falta de fe”. Por otro, Naamán “tenía fe, pero una fe especial”. En cualquier caso, destacó el Papa Francisco, todos buscaban lo mismo: “Querían el espectáculo”. Pero “el estilo del buen Dios no es hacer espectáculo: Dios actúa en la humildad, en el silencio, en las cosas pequeñas”. No por casualidad, al sirio, “la noticia de la posible curación le llega de una esclava, una joven, que era la criada de su mujer, de una humilde jovencita”. Al respecto comentó el Papa: “Así va el Señor: por la humildad. Y si vemos toda la historia de la salvación, encontraremos que siempre el Señor obra así, siempre, con las cosas sencillas”.

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BENEDICTO XVI

Ángelus 2012

Jesús es el milagro más grande: todo el amor de Dios contenido en un corazón humano

Queridos hermanos y hermanas:

Voy a reflexionar brevemente sobre el pasaje evangélico de este domingo, un texto del que se tomó la famosa frase «Nadie es profeta en su patria», es decir, ningún profeta es bien recibido entre las personas que lo vieron crecer (cf. Mc 6, 4). De hecho, Jesús, después de dejar Nazaret, cuando tenía cerca de treinta años, y de predicar y obrar curaciones desde hacía algún tiempo en otras partes, regresó una vez a su pueblo y se puso a enseñar en la sinagoga. Sus conciudadanos «quedaban asombrados» por su sabiduría y, dado que lo conocían como el «hijo de María», el «carpintero» que había vivido en medio de ellos, en lugar de acogerlo con fe se escandalizaban de él (cf. Mc 6, 2-3). Este hecho es comprensible, porque la familiaridad en el plano humano hace difícil ir más allá y abrirse a la dimensión divina. A ellos les resulta difícil creer que este carpintero sea Hijo de Dios. Jesús mismo les pone como ejemplo la experiencia de los profetas de Israel, que precisamente en su patria habían sido objeto de desprecio, y se identifica con ellos. Debido a esta cerrazón espiritual, Jesús no pudo realizar en Nazaret «ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos» (Mc 6, 5). De hecho, los milagros de Cristo no son una exhibición de poder, sino signos del amor de Dios, que se actúa allí donde encuentra la fe del hombre, es una reciprocidad. Orígenes escribe: «Así como para los cuerpos hay una atracción natural de unos hacia otros, como el imán al hierro, así esa fe ejerce una atracción sobre el poder divino» (Comentario al Evangelio de Mateo 10, 19).

Por tanto, parece que Jesús —como se dice— se da a sí mismo una razón de la mala acogida que encuentra en Nazaret. En cambio, al final del relato, encontramos una observación que dice precisamente lo contrario. El evangelista escribe que Jesús «se admiraba de su falta de fe» (Mc 6, 6). Al estupor de sus conciudadanos, que se escandalizan, corresponde el asombro de Jesús. También él, en cierto sentido, se escandaliza. Aunque sabe que ningún profeta es bien recibido en su patria, sin embargo, la cerrazón de corazón de su gente le resulta oscura, impenetrable: ¿Cómo es posible que no reconozcan la luz de la Verdad? ¿Por qué no se abren a la bondad de Dios, que quiso compartir nuestra humanidad? De hecho, el hombre Jesús de Nazaret es la transparencia de Dios, en él Dios habita plenamente. Y mientras nosotros siempre buscamos otros signos, otros prodigios, no nos damos cuenta de que el verdadero Signo es él, Dios hecho carne; él es el milagro más grande del universo: todo el amor de Dios contenido en un corazón humano, en el rostro de un hombre.

Quien entendió verdaderamente esta realidad es la Virgen María, bienaventurada porque creyó (cf. Lc 1, 45). María no se escandalizó de su Hijo: su asombro por él está lleno de fe, lleno de amor y de alegría, al verlo tan humano y a la vez tan divino. Así pues, aprendamos de ella, nuestra Madre en la fe, a reconocer en la humanidad de Cristo la revelación perfecta de Dios.

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DIRECTORIO HOMILÉTICO

Congregación para el Culto Divino

CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA

Los profetas y la conversión del corazón

2581. Para el pueblo de Dios, el Templo debía ser el lugar donde aprender a orar: las peregrinaciones, las fiestas, los sacrificios, la ofrenda de la tarde, el incienso, los panes de “la proposición”, todos estos signos de la santidad y de la gloria de Dios, Altísimo pero muy cercano, eran llamamientos y caminos para la oración. Sin embargo, el ritualismo arrastraba al pueblo con frecuencia hacia un culto demasiado exterior. Era necesaria la educación de la fe, la conversión del corazón. Esta fue la misión de los profetas, antes y después del destierro.

2582. Elías es el padre de los profetas, de la raza de los que buscan a Dios, de los que van tras su rostro (cf Sal 24, 6). Su nombre, “El Señor es mi Dios”, anuncia el grito del pueblo en respuesta a su oración sobre el monte Carmelo (cf 1 R 18, 39). Santiago nos remite a él para incitarnos a orar: “La oración ferviente del justo tiene mucho poder” (St 5, 16; cf St 5, 16-18).

2583. Después de haber aprendido la misericordia en su retirada al torrente de Kérit, Elías enseña a la viuda de Sarepta la fe en la palabra de Dios, fe que confirma con su oración insistente: Dios devuelve la vida al hijo de la viuda (cf 1 R 17, 7-24).

En el sacrificio sobre el Monte Carmelo, prueba decisiva para la fe del pueblo de Dios, el fuego del Señor es la respuesta a su súplica de que se consume el holocausto […] “a la hora de la ofrenda de la tarde”: “¡Respóndeme, Señor, respóndeme!” son las palabras de Elías que las liturgias orientales recogen en la epíclesis eucarística (cf 1 R 18, 20-39).

Finalmente, volviendo a andar el camino del desierto hacia el lugar donde el Dios vivo y verdadero se reveló a su pueblo, Elías se recoge como Moisés “en la hendidura de la roca” hasta que “pasa” la presencia misteriosa de Dios (cf 1 R 19, 1-14; Ex 33, 19-23). Pero solamente en el monte de la Transfiguración se dará a conocer Aquél cuyo Rostro buscan (cf. Lc 9, 30-35): el conocimiento de la Gloria de Dios está en el rostro de Cristo crucificado y resucitado (cf 2 Co 4, 6).

2584. A solas con Dios, los profetas extraen luz y fuerza para su misión. Su oración no es una huida del mundo infiel, sino una escucha de la palabra de Dios, es, a veces, un debatirse o una queja, y siempre una intercesión que espera y prepara la intervención del Dios salvador, Señor de la historia (cf Am 7, 2. 5; Is 6, 5. 8. 11; Jr 1, 6; 15, 15-18; 20, 7-18).

Cristo, el profeta

436. Cristo viene de la traducción griega del término hebreo “Mesías” que quiere decir “ungido”. Pasa a ser nombre propio de Jesús porque Él cumple perfectamente la misión divina que esa palabra significa. En efecto, en Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión que habían recibido de Él. Este era el caso de los reyes (cf. 1 S 9, 16; 10, 1; 16, 1. 12-13; 1 R 1, 39), de los sacerdotes (cf. Ex 29, 7; Lv 8, 12) y, excepcionalmente, de los profetas (cf. 1 R 19, 16). Este debía ser por excelencia el caso del Mesías que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino (cf. Sal 2, 2; Hch 4, 26-27). El Mesías debía ser ungido por el Espíritu del Señor (cf. Is 11, 2) a la vez como rey y sacerdote (cf. Za 4, 14; 6, 13) pero también como profeta (cf. Is 61, 1; Lc 4, 16-21). Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey.

La perseverancia en la fe

162. La fe es un don gratuito que Dios hace al hombre. Este don inestimable podemos perderlo; san Pablo advierte de ello a Timoteo: «Combate el buen combate, conservando la fe y la conciencia recta; algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe» (1 Tm 1,18-19). Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir al Señor que nos la aumente (cf. Mc 9,24; Lc 17,5; 22,32); debe «actuar por la caridad» (Ga 5,6; cf. St 2,14-26), ser sostenida por la esperanza (cf. Rm 15,13) y estar enraizada en la fe de la Iglesia.

El poder se hace perfecto en la debilidad

268. De todos los atributos divinos, sólo la omnipotencia de Dios es nombrada en el Símbolo: confesarla tiene un gran alcance para nuestra vida. Creemos que esa omnipotencia es universal, porque Dios, que ha creado todo (cf. Gn 1,1; Jn 1,3), rige todo y lo puede todo; es amorosa, porque Dios es nuestro Padre (cf. Mt 6,9); es misteriosa, porque sólo la fe puede descubrirla cuando “se manifiesta en la debilidad” (2 Co 12,9; cf. 1 Co 1,18).

273. Sólo la fe puede adherir a las vías misteriosas de la omnipotencia de Dios. Esta fe se gloría de sus debilidades con el fin de atraer sobre sí el poder de Cristo (cf. 2 Co 12,9; Flp 4,13). De esta fe, la Virgen María es el modelo supremo: ella creyó que “nada es imposible para Dios” (Lc 1,37) y pudo proclamar las grandezas del Señor: “el Poderoso ha hecho obras grandes por mí; su nombre es Santo” (Lc 1,49).

1508. El Espíritu Santo da a algunos un carisma especial de curación (cf 1 Co 12,9.28.30) para manifestar la fuerza de la gracia del Resucitado. Sin embargo, ni siquiera las oraciones más fervorosas obtienen la curación de todas las enfermedades. Así san Pablo aprende del Señor que “mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza” (2 Co12,9), y que los sufrimientos que tengo que padecer, tienen como sentido lo siguiente: “Completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24).

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RANIERO CANTALAMESSA

Habiendo salido de allí, se fue a su tierra

Cuando ya había llegado a ser popular y famoso por sus milagros y su enseñanza, Jesús volvió un día a su lugar de origen, Nazaret, y, como de costumbre, se puso a enseñar en la sinagoga. Pero, esta vez, ¡nada de entusiasmos, nada de «hosanna»! Más que escuchar lo que decía y juzgarlo en base a ello, la gente se puso a hacer consideraciones extrañas: «¿De dónde saca este todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María?» «y esto les resultaba escandaloso», esto es, encontraban un obstáculo para creerle en el hecho de que le conocían bien. Jesús comentó amargamente:

«No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».

Esta frase ha llegado a ser proverbial en su forma abreviada: nadie es profeta en su tierra. Pero, no nos detenemos en esto. El Evangelio de hoy tiene otras muchas cosas que decimos en el plano de la fe. Lo podemos resumir así: ¡estad atentos en no cometer el mismo error que los nazarenos! En un cierto sentido, Jesús vuelve a su tierra, cada vez que su Evangelio viene anunciado en los países, que fueron en un tiempo la cuna del cristianismo.

Marcos dice concisamente que, llegado a Nazaret un día de sábado, Jesús «empezó a enseñar en la sinagoga». Pero, el Evangelio de Lucas detalla, además, qué dijo en la sinagoga aquel sábado:

«El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (4, 18-19).

Todas las cosas que enumera Jesús constituyen los contenidos del jubileo. Según la ley mosaica, cada cincuenta años debía haber un año especial, anunciado por el sonido de un cuerno, llamado jobel, y, por ello, llamado jubileum, jubileo. En dicho año, la tierra debía volver en posesión de su antiguo propietario; los esclavos debían ser dejados en libertad; las deudas, condonadas. Un año, en suma, de gracia, de reconciliación y de perdón general.

Lo que Jesús proclamó en la sinagoga de Nazaret era, por lo tanto, el primer jubileo cristiano de la historia; el primer gran «año de gracia», del que todos los jubileos y los «años santos» no son más que una conmemoración. ¡Cuántas personas experimentaron los frutos de este «año de gracia» en el ministerio de Jesús! ¡Cuánta vida, cuánta alegría nueva para las aldeas de Galilea! Y los nazarenos, los primeros a quienes Jesús les había ofrecido todo esto, excluidos por sí mismos del gran banquete mesiánico. ¡Ellos rechazaron la gracia del jubileo!

Sería trágico si nosotros cometiésemos el mismo error. Italia, y en general Europa, son para el cristianismo, lo que era Nazaret para Jesús: «el lugar donde había sido criado»: Lucas 4,16. (El cristianismo ha nacido en Asia, pero ha crecido en Europa; un poco como Jesús había nacido en Belén, ¡pero fue criado en Nazaret!). Estos pueblos corren el mismo riesgo que los nazarenos: no reconocer a Jesús.

Al lanzar el programa del primer año de preparación inmediata al jubileo del año 2000 («Jesucristo único salvador, ayer, hoy y siempre»), fueron registrados sobre él los comentarios de distintas personas. Uno de ellos, que vive sin demora fija y duerme sobre los bancos de las grandes ciudades, en suma «un barbudo», dio una respuesta sencillísima, que, sin embargo, dicha por él, adquiere un significado particular: «¿Jesucristo? ¡Creo que es el único que pueda salvar a alguno!»

Es justo, asimismo, que afrontemos una vez más la cuestión: ¿por qué nosotros, los cristianos, afirmamos que Jesús es el único salvador? ¿Sobre qué basamos una afirmación tan atrevida? La respuesta es ésta: Jesucristo, según nuestra fe, es Dios y hombre a la vez. Como hombre nos representa; lo que hace nos pertenece, nos afecta, es un bien de familia, al que todo miembro de la casa puede acceder; como Dios, lo que hace tiene un valor infinito y, por ello, puede salvar no sólo a los hombres de una generación o de una cultura, sino también a todos los hombres de todos los tiempos. «¿Hay algo imposible o demasiado grande para Dios?» (cfr. Lucas 18,27).

Si me seguís un instante, hagamos una lección de alta teología, comprensible, también, sin embargo, para las personas más sencillas. Después del pecado de Adán, la situación era ésta: el hombre debía luchar y vencer a Satanás, ante el que se había subordinado; pero, no podía hacerlo (¿cómo liberarse de alguien, mientras se es todavía esclavo de él y en su poder?). Por el contrario, Dios podía vencer; pero, no debía luchar; porque no era él quien había pecado. Se estaba, pues, en un callejón sin salida y el pecado dominaba y trajinaba a la humanidad en ruinas. Uno debía luchar, pero no podía vencer; el otro podía vencer, pero no debía luchar. Con Cristo se sale de esta situación de espera. En él, verdadero Dios y verdadero hombre, aquel que debía luchar y vencer al enemigo, se encuentra con que sólo él podía hacerlo. Y así es cómo la salvación ha venido al mundo. Se entiende la alegría y el entusiasmo del Apóstol que, volviendo a recordar estas cosas, exclama: «Ninguna condenación pesa ya sobre los que están en Cristo Jesús» (Romanos 8,1). ¡Estamos redimidos, salvados, perdonados, hemos sido hechos nuevas criaturas! ¡Dios proclama su gran jubileo, la condonación de todas las deudas, el retorno del esclavo a la casa del Padre, no siendo ya más esclavo sino hijo!

Sin embargo, hay que comprender una cosa fundamental. Todo esto, Cristo lo ha hecho «por mí», singularmente por mí, por los hombres concretos, no genéricamente por la humanidad. Jesús no es sólo el único salvador del mundo; es mi salvador personal. Ha muerto por mí. Es todo entero para mí. Cuando se llega a estar verdaderamente convencidos de esto, la vida cambia, se enciende una gran luz, nace una confianza inaudita, un brío nuevo e inamovible. La religión cambia de aspecto; ya no es más lo «de los sacerdotes», sino un hecho íntimo y personal. Jesús quiere realizar, en cada persona, que lo acoge, aquellas cosas que predicó en la sinagoga de Nazaret: proclamarles su buena noticia; sanar sus corazones, si están abatidos; volverles a dar la vista; liberarles de toda prisión…

Existen dos modos de vivir las grandes ocasiones de gracia. Hay un modo exterior y hay un modo interior o del corazón. El exterior consiste en grandes celebraciones, grandes iniciativas religiosas y festividades civiles. El interior consiste en hacer la experiencia de todas las cosas enumeradas por Jesús y que se resumen en una palabra: «un año de gracia». La celebración externa debe servir para la interior, para la del corazón; si no, es tiempo y dinero malgastado. A Dios no le interesa renovar las calles (para esto basta el Ministerio de Fomento) sino los corazones.

Debemos, por lo tanto, dar un seguimiento al jubileo del año 2000 de modo que permanezca como un acontecimiento de gracia para nosotros, una ocasión irrepetible para descubrir a Jesús como nuestro Señor y Salvador personal. Como «mío», como algo que me pertenece, que yo poseo y del que estoy poseído. Dios no obstante repite otra vez a los hombres lo que dijo cuando envió a Cristo por primera vez a la tierra:

«En el tiempo favorable te escuché, y en el día de salvación te ayudé. Mirad ahora el momento favorable; mirad ahora el día de salvación» (2 Corintios 6, 2).

Nos falta también una breve consideración a hacer. Para que todo esto se realice para nosotros, es necesario que asimismo nosotros demos un paso hacia Dios. El episodio evangélico nos enseña una cosa importante. Jesús nos deja libres; propone, no impone sus dones. Aquel día, ante el rechazo de sus paisanos, Jesús no se lanzó con amenazas e invectivas. No dijo, indignado, como lo que se cuenta de Publio Escipión, el Africano, que dijo abandonando Roma: «¡Ingrata patria, tú no tendrás mis huesos!» Simplemente, se marchó a otra parte. Una vez que no había sido acogido en otro sitio y los discípulos indignados le proponían que hiciera descender fuego del cielo sobre aquella ciudad, Jesús se volvió y les reprendió (cfr. Lucas 9,54).

Así, hace también hoy. «Dios es tímido». Tiene mucho respeto a nuestra libertad y a cuanto tenemos nosotros mismos los unos para con los otros. Esto crea una gran responsabilidad. San Agustín decía: «Tengo miedo de Jesús que pasa» (Timeo Jesum transeuntem). Podría, en efecto, pasar sin que yo me dé cuenta; pasar sin que yo esté dispuesto a ampararlo o acogerlo. Como sucedió aquel día a los nazarenos.

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