Diumenge XIII Temps Ordinari cicle B

Comentaris sobre les lectures pròpies de la Santa Missa per a meditar i preparar l’homilia

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DEL MISAL MENSUAL

DIOS NO HIZO LA MUERTE

Sab 1,13-15.2: 23-24; 2 Cor 8,7. 9. 13-15; M 5, 21-43

La tradición sapiencial registrada en el libro de Sabiduría, que ahora leemos, acuñó una feliz expresión en relación a Dios, llamándolo “amigo de la vida” (11, 26). Con otras palabras, el autor de este libro reafirma lo antes dicho proclamando su convicción a favor de la vida, de toda vida, diciendo que Dios no hizo la muerte ni es un sádico que goce destruyendo vidas. Esa firme convicción creyente se traduce en una norma moral presente en la tradición bíblica: no matarás. En consonancia y continuidad con esa radical prohibición, Jesús promueve el valor de la vida como algo intocable. De manera que no solo prohíbe el homicidio sino todo tipo de maltrato y de conducta violenta hacia cualquier persona. Confesar a Dios como Padre y Creador nos exige respetar la vida de todo viviente y en particular la de todo ser humano.

ANTÍFONA DE ENTRADA Sal 46, 2

Pueblos todos, aplaudan; aclamen al Señor con gritos de júbilo.

ORACIÓN COLECTA

Señor Dios, que mediante la gracia de la adopción filial quisiste que fuéramos hijos de la luz, concédenos que no nos dejemos envolver en las tinieblas del error, sino que permanezcamos siempre vigilantes en el esplendor de la verdad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo

Del libro de la Sabiduría: 1, 13-15; 2, 23-24

Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera. Las creaturas del mundo son saludables; no hay en ellas veneno mortal. Dios creó al hombre para que nunca muriera, porque lo hizo a imagen y semejanza de sí mismo; mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo y la experimentan quienes le pertenecen.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 29, 2.4.5-6.11-12a. 13b

R/. Te alabaré, Señor, eternamente.

Te alabaré, Señor, pues no dejaste que se rieran de mí mis enemigos. Tú, Señor, me salvaste de la muerte y a punto de morir, me reviviste.R/.

Alaben al Señor quienes lo aman, den gracias a su nombre, porque su ira dura un solo instante y su bondad, toda la vida. El llanto nos visita por la tarde; por la mañana, el júbilo.R/.

Escúchame, Señor, y compadécete; Señor, ven en mi ayuda. Convertiste mi duelo en alegría, te alabaré por eso eternamente. R/.

SEGUNDA LECTURA

Que la abundancia de ustedes remedie la necesidad de sus hermanos pobres

De la segunda carta del apóstol san Pablo a los corintios: 8, 7. 9. 13-15

Hermanos: Ya que ustedes se distinguen en todo: en fe, en palabra, en sabiduría, en diligencia para todo y en amor hacia nosotros, distínganse también ahora por su generosidad.

Bien saben lo generoso que ha sido nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, se hizo pobre por ustedes, para que ustedes se hicieran ricos con su pobreza.

No se trata de que los demás vivan tranquilos, mientras ustedes están sufriendo. Se trata, más bien, de aplicar durante nuestra vida una medida justa; porque entonces la abundancia de ustedes remediará las carencias de ellos, y ellos, por su parte, los socorrerán a ustedes en sus necesidades.

En esa forma habrá un justo medio, como dice la Escritura: Al que recogía mucho, nada le sobraba; al que recogía poco, nada le faltaba.

Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO cfr. 2 Tm 1, 10 

R/. Aleluya, aleluya.

Jesucristo, nuestro Salvador, ha vencido la muerte y ha hecho resplandecer la vida por medio del Evangelio. R/.

EVANGELIO

¡Óyeme, niña, levántate!

Del santo Evangelio según san Marcos: 5, 21-43

En aquel tiempo, cuando Jesús regresó en la barca al otro lado del lago, se quedó en la orilla y ahí se le reunió mucha gente. Entonces se acercó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo. Al ver a Jesús, se echó a sus pies y le suplicaba con insistencia: “Mi hija está agonizando. Ven a imponerle las manos para que se cure y viva”. Jesús se fue con él, y mucha gente lo seguía y lo apretujaba.

Entre la gente había una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y había gastado en eso toda su fortuna, pero en vez de mejorar, había empeorado. Oyó hablar de Jesús, vino y se le acercó por detrás entre la gente y le tocó el manto, pensando que, con sólo tocarle el vestido, se curaría. Inmediatamente se le secó la fuente de su hemorragia y sintió en su cuerpo que estaba curada.

Jesús notó al instante que una fuerza curativa había salido de él, se volvió hacia la gente y les preguntó: “¿Quién ha tocado mi manto?”. Sus discípulos le contestaron: “Estás viendo cómo te empuja la gente y todavía preguntas: ‘¿Quién me ha tocado?’ “. Pero él seguía mirando alrededor, para descubrir quién había sido. Entonces se acercó la mujer, asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado; se postró a sus pies y le confesó la verdad. Jesús la tranquilizó, diciendo: “Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y queda sana de tu enfermedad”.

Todavía estaba hablando Jesús, cuando unos criados llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle a éste: “Ya se murió tu hija. ¿Para qué sigues molestando al Maestro?”. Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: “No temas, basta que tengas fe”. No permitió que lo acompañaran más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago.

Al llegar a la casa del jefe de la sinagoga, vio Jesús el alboroto de la gente y oyó los llantos y los alaridos que daban. Entró y les dijo: “¿Qué significa tanto llanto y alboroto? La niña no está muerta, está dormida”. Y se reían de él.

Entonces Jesús echó fuera a la gente, y con los padres de la niña y sus acompañantes, entró a donde estaba la niña. La tomó de la mano y le dijo: “¡Talitá, kum!”, que significa: “¡Óyeme, niña, levántate!”. La niña, que tenía doce años, se levantó inmediatamente y se puso a caminar. Todos se quedaron asombrados. Jesús les ordenó severamente que no lo dijeran a nadie y les mandó que le dieran de comer a la niña.

Palabra del Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Señor Dios, que bondadosamente realizas el fruto de tus sacramentos, concédenos que seamos capaces de servirte como corresponde a tantos misterios. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Cfr. Sal 102. 1

Bendice, alma mía al Señor; que todo mi ser bendiga su santo nombre.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Que la víctima divina que te hemos ofrecido y que acabamos de recibir, nos vivifique, Señor, para que, unidos a ti con perpetuo amor, demos frutos que permanezcan para siempre. Por Jesucristo, nuestro Señor.

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BIBLIA DE NAVARRA

Por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo (Sb 1,13-15; 2,23-24)

1ª lectura

La afirmación central es que Dios no es autor de la muerte, sino que la muerte vino como consecuencia del pecado. Desde esta convicción el autor inspirado ve la muerte física como símbolo de la muerte espiritual, la verdadera muerte, que consiste en la separación definitiva de Dios (cfr 3,1-9). Estas palabras se aclaran a la luz de 2,23-24 y desde ellas San Pablo interpreta la muerte como consecuencia del pecado original (cfr Rm 5,12-15). El presente pasaje de Sabiduría permite mirar con optimismo la creación, pues no procede de ella el germen de destrucción, ya que Dios es el autor de la vida y lo que concierne a Dios, la justicia (cfr 1,1-2), no muere.

El error de los impíos es pensar que después de la muerte no hay nada más. Pero este razonamiento va unido a la maldad de sus vidas, al no reconocimiento de los designios divinos y al desprecio de la vida de los justos. Frente a aquéllos, el autor inspirado afirma con fuerza cuál fue el proyecto divino sobre el hombre al crearlo y por qué existe la muerte (vv. 23-24). Pero de nuevo «muerte» tiene aquí, en primer lugar, un sentido abarcante: equivale a la pérdida de la incorruptibilidad que, para el autor del libro, se da más allá de la muerte física. La muerte que entró en el mundo por envidia del diablo, y que experimentan quienes le pertenecen, es quedar reducido a nada; ser sin más «un cadáver deshonroso» (4,19), porque se ha perdido la dimensión incorruptible que viene de Dios. Esta exposición doctrinal supone los relatos del Génesis: el de la creación del hombre hecho a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26) y, por tanto, con un principio de inmortalidad; y el relato de la caída original, provocada por el diablo, con la consecuente pérdida de aquella inmortalidad (cfr Gn 3-4). Pero el autor de Sabiduría va más allá: la «inmortalidad» —entendida por él como «incorruptibilidad»— de la persona en su totalidad psico-somática, sólo la pierden quienes obedecen al diablo. A partir de esta interpretación, y a la luz de la Resurrección de Jesucristo, San Pablo enseña que la muerte, tanto física como espiritual, llega a todos los hombres por el pecado de Adán; pero a todos llega también, por Cristo, nuevo Adán, la redención de la muerte.

El diablo, en griego diabolós, significa «acusador, calumniador» y es la traducción ordinaria del hebreo Satán. El relato del Génesis no es citado aquí de modo expreso, pero está en el trasfondo ya que ahí se identifica a la serpiente con el enemigo de Dios y del hombre. Los autores del Nuevo Testamento recordarán que el diablo fue homicida desde el principio (cfr Jn 8,44); y el Apocalipsis, al relatar el combate entre ángeles buenos y malos, afirmará: «Fue arrojado aquel gran dragón, la serpiente antigua, llamado Diablo y Satanás, que seduce a todo el universo» (Ap 12,9).

Generosidad con los necesitados (2 Co 8,7-9.13-15)

2ª lectura

Jesucristo es el ejemplo cumplido de desprendimiento y de generosidad (v. 9). «Si no podéis entender que la pobreza enriquece, representaos a Jesucristo. (…) Si Jesucristo no se hubiera hecho pobre, los hombres no hubieran podido ser enriquecidos. Todo esto ha venido a nosotros por el canal de la pobreza, es decir, porque Jesucristo se ha revestido de nuestra carne, se ha hecho hombre, ha sufrido todo lo que sabemos, aunque Él no fuera, como lo somos nosotros, deudor de la pena y de los sufrimientos» (S. Juan Crisóstomo, In 2 Corinthios 17).

La donación de Jesucristo es punto de referencia en los donativos que hacen los fieles: «Desde el principio, junto con el pan y el vino para la Eucaristía, los cristianos presentan también sus dones para compartirlos con los que tienen necesidad. Esta costumbre de la colecta, siempre actual, se inspira en el ejemplo de Cristo que se hizo pobre para enriquecernos» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1351).

Resurrección de la hija de Jairo (Mc 5,21-43)

Evangelio

En la descripción de estos dos milagros Marcos deja notar su gusto por los detalles que evocan recuerdos muy precisos. Pero, al mismo tiempo, cada una de las cosas que relata está orientada a subrayar algunas enseñanzas a sus lectores: el alcance y el valor de la fe en Jesús, y nuestro encuentro personal con Él.

La hemorroísa padecía una enfermedad por la que incurría en impureza legal (cfr Lv 15,25ss.). El evangelista señala con rasgos vivos su situación desesperada y su audacia para tocar las vestiduras de Jesús. Realizada ya la curación, Jesús provoca el diálogo por el que hace patente a todos que la causa de la curación no hay que buscarla en una especie de sortilegio, sino en la fe de la hemorroísa y en el poder que emana de Él: «Ella toca, la muchedumbre oprime. ¿Qué significa “tocó” sino que creyó?» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 26,3).

La historia de Jairo muestra también la fe del jefe de la sinagoga que, alentado por Jesús, vence las dificultades que van surgiendo. Su hija está a punto de morir y por eso pasa por encima de su posición social y ruega a Jesús que vaya a curarla (vv. 22-23). Después de esto, por dos veces (vv. 36.40), ante la noticia de la muerte y las burlas, Jesús conforta su fe con palabras o con gestos. Finalmente, la fe de Jairo se ve recompensada con la resurrección de su hija. «Quien sabe dar buenos dones a sus hijos nos obliga a pedir, buscar y llamar. (…) Esto puede causar extrañeza si no entendemos que Dios nuestro Señor (…) pretende ejercitar con la oración nuestros deseos, y prepara la capacidad para recibir lo que nos ha de dar» (S. Agustín, Epistolae 130,16-17).

La resurrección de la niña, aunque es un hecho público, se realiza sólo en presencia de los padres y de los tres discípulos más allegados a Cristo. Aun así, les «insistió mucho» (v. 43) en que no divulgaran el milagro. Con esta actitud que ya se ha mostrado en otros lugares, parece que Jesús quería evitar interpretaciones equivocadas de su condición de Mesías-Salvador: la obra total de Cristo no comprende sólo sus milagros, sino también su muerte en la cruz y su resurrección.

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SAN JERÓNIMO

La hemorroísa

¿Quién me ha tocado?, pregunta, mirando en derredor, para descubrir a la que lo había hecho. ¿No sabía el Señor quién lo había tocado? Entonces, ¿por qué preguntaba por ella? Lo hacía como quien lo sabe, pero quiere ponerlo de manifiesto. Y la mujer, llena de temor y temblorosa, conociendo lo que en ella había sucedido… etc. Si no hubiese preguntado y hubiese dicho: ¿Quién me ha tocado?, nadie hubiera sabido que se había realizado un signo. Habrían podido decir: no ha hecho ningún signo, sino que se jacta y habla para gloriarse. Por ello pregunta, para que aquella mujer confiese y Dios sea glorificado.

Y se postró ante él y le dijo toda la verdad. Observad los pasos, ved el progreso. Mientras padecía flujo de sangre, no había podido venir ante Él: fue sanada y vino ante Él. Y se postró a sus pies. Todavía no osaba mirarle a la cara: apenas ha sido curada, le basta con tener sus pies. «Y le dijo toda la verdad». Cristo es la verdad. Y como había sido curada por la verdad, confesó la verdad.

Y Él le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado» La que así había creído digna es de ser llamada hija. La multitud, que lo apretuja, no puede ser llamada hija, mas esta mujer, que cae a sus pies y confiesa, merece recibir el nombre de hija. «Tu fe te ha salvado». Observad la humildad: es Él mismo el que sana y lo refiere a la fe de ella. «Tu fe te ha salvado».

Tu fe te ha sanado: vete en paz. Antes de que creyeses en Salomón, esto es, en el pacífico, no tenías paz, ahora, sin embargo, vete en paz. «Yo he vencido al mundo» 6. Puedes estar segura de que tienes la paz, porque ha sido sanado el pueblo de los gentiles.

Llegan de casa del jefe de la sinagoga, diciendo: «Tu hija ha muerto: ¿por qué molestar más al maestro?» 7. Resucitó la Iglesia y murió la sinagoga. Aunque la niña había muerto, le dice, no obstante, el Señor al jefe de la sinagoga: No temas, ten sólo fe. Digamos también nosotros hoy a la sinagoga, digamos a los judíos: ha muerto la hija del jefe de la sinagoga, mas creed y resucitará.

No permitió que nadie le siguiera más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Alguien podría preguntar, diciendo: ¿por qué son siempre elegidos estos tres, y los demás son dejados aparte? Pues también cuando se transfiguró en el monte, tomó consigo a estos tres Así, pues, son tres los elegidos: Pedro, Santiago y Juan. En primer lugar, en este número se esconde el misterio de la Trinidad, por lo que este número es santo de por sí. Pues también Jacob, según el Antiguo Testamento, puso tres varas en los abrevaderos. Y está escrito en otro lugar: «El esparto triple no se rompe». Por tanto, es elegido Pedro, sobre el que ha sido fundada la Iglesia, Santiago, el primero entre los apóstoles que fue coronado con el martirio, y Juan, que es el comienzo de la virginidad.

Y llegó a la casa del jefe de la sinagoga y vio un alboroto y unas lloronas plañideras. Incluso hoy sigue habiendo alboroto en la sinagoga. Aunque afirmen que cantan los salmos de David, su canto, sin embargo, es llanto.

Y entrando les dice: ¿Por qué estáis turbados y lloráis? La niña no ha muerto, sino que duerme. Es decir, la niña, que ha muerto para vosotros, vive para mí: para vosotros está muerta, para mí duerme. Y el que duerme puede ser despertado.

Y se burlaban de él. Pues no creían que la hija del jefe de la sinagoga pudiera ser resucitada por Jesús.

Pero él, echando a todos fuera, tomó consigo al padre y a la madre de la niña. Dirijámonos a los santos varones, que realizan signos, a quienes el Señor les concedió ciertos poderes. He aquí que Cristo, cuando iba a resucitar a la hija del jefe de la sinagoga, echa fuera a todos, para que no pareciera que lo hacía por jactancia. Así, pues, habiendo echado a todos, él tomó consigo al padre y a la madre de la niña. E incluso a ellos les hubiera echado probablemente, si no hubiera sido por consideración a su amor de padres, para que vieran a su hija resucitada. Y entra donde estaba la niña, y tomándola de la mano… etc. En primer lugar tomó su mano, sanó sus obras y de este modo la resucitó. Entonces se cumplió verdaderamente esto: «Cuando haya entrada la plenitud de las naciones, entonces todo Israel será salvo». Dice, pues, Jesús: Talitha kumi, que significa: Niña, levántate para mí. Si hubiera dicho: «Talitha kum», significaría: «Niña, levántate», pero como dijo «Talitha kumi», esto significa, tanto en lengua siria como en lengua hebrea: «Niña, levántate para mí». «Kumi» significa: «Levántate para mí». Observad, pues, el misterio de la misma lengua hebrea y siria. Es como si dijese: niña, que debías ser madre, por tu infidelidad continúas siendo niña. Lo que podemos expresar de este otro modo: porque vas a renacer, serás llamada niña. «Niña, levántate para mí», o sea, no por tu propio merito, sino por mi gracia. Levántate, por tanto, para mí, porque serás curada por tus virtudes.

Ya al instante se levantó la niña y echó a andar. Que nos toque también a nosotros Jesús y echaremos a andar. Aunque seamos paralíticos, aunque poseamos malas obras y no podamos andar, aunque estemos acostados en el lecho de nuestros pecados y de nuestro cuerpo, si nos toca Jesús, al instante quedaremos curados. La suegra de Pedro estaba dominada por las fiebres: la tocó Jesús y se levantó, e inmediatamente se puso a servirle. Ved qué diferencia. Aquella es tocada, se levanta, y se pone a servir, a ésta le basta sólo andar.

Y quedaron fuera de sí, presos de gran estupor, y les mandó insistentemente que callaran y que no lo dijeran a nadie. ¿Veis el motivo, por el que había echado a la turba para realizar los signos? Les mandó —y no sólo les mandó, sino que además les mandó insistentemente— que nadie lo supiera. Mandó a los tres apóstoles, y mandó también a los padres que nadie lo supiera. Lo mandó el Señor a todos, mas la niña, que resucitó, no puede callar.

Y dijo que le dieran de comer: para que la resucitada no se tomara por un fantasma. Él mismo también, por este motivo, después de su resurrección comió del pescado y de la miel. «Y dijo que le dieran de comer». Te pido, Señor, que también a nosotros, que estamos tendidos, nos tomes de la mano, nos levantes del lecho de nuestros pecados y nos hagas caminar. Y cuando caminemos, manda que nos den de comer; estando yacentes, no podemos hacerlo. Si no nos levantarnos, no somos capaces de recibir el cuerpo de Cristo. A Él la gloria, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

(Comentario al Evangelio de San Marcos, Ed. Ciudad Nueva, Madrid, 1989, pg. 49-53)

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FRANCISCO

Ángelus 2015 y 2018

Ángelus 2015

La fe es una fuerza de vida

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de hoy presenta el relato de la resurrección de una niña de doce años, hija de uno de los jefes de la sinagoga, el cual se echa a los pies de Jesús y le ruega: «Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella, para que se cure y viva» (Mc5, 23). En esta oración vemos la preocupación de todo padre por la vida y por el bien de sus hijos. Pero percibimos también la gran fe que ese hombre tiene en Jesús. Y cuando llega la noticia de que la niña ha muerto, Jesús le dice: «No temas, basta que tengas fe» (v. 36). Dan ánimo estas palabras de Jesús, y también nos las dice a nosotros muchas veces: «No temas, basta que tengas fe». Al entrar en la casa, el Señor echa a la gente que llora y grita y dirigiéndose a la niña muerta dice: «Contigo hablo, niña, levántate» (v. 41). Inmediatamente la niña se levantó y echó a andar. Aquí se ve el poder absoluto de Jesús sobre la muerte, que para Él es como un sueño del cual nos puede despertar.

En el seno de este relato, el evangelista introduce otro episodio: la curación de una mujer que desde hacía doce años padecía flujos de sangre. A causa de esta enfermedad que, según la cultura del tiempo, la hacía «impura», ella debía evitar todo contacto humano: pobrecilla, estaba condenada a una muerte civil. Esta mujer anónima, en medio de la multitud que sigue a Jesús, se dice a sí misma: «Con sólo tocarle el manto curaré» (v. 28). Y así fue: la necesidad de ser liberada la impulsó a probar y la fe «arranca», por así decir, la curación al Señor. Quien cree «toca» a Jesús y toma de Él la gracia que salva. La fe es esto: tocar a Jesús y recibir de Él la gracia que salva. Nos salva, nos salva la vida espiritual, nos salva de tantos problemas. Jesús se da cuenta, y en medio de la gente, busca el rostro de aquella mujer. Ella se adelanta temblorosa y Él le dice: «Hija, tu fe te ha salvado» (v. 34). Es la voz del Padre celestial que habla en Jesús: «¡Hija, no estás condenada, no estás excluida, eres mi hija!». Y cada vez que Jesús se acerca a nosotros, cuando vamos hacia Él con fe, escuchamos esto del Padre: «Hijo, tú eres mi hijo, tú eres mi hija. Tú te has curado, tú estás curada. Yo perdono a todos, todo. Yo curo a todos y todo».

Estos dos episodios —una curación y una resurrección— tienen un único centro: la fe. El mensaje es claro, y se puede resumir en una pregunta: ¿creemos que Jesús nos puede curar y nos puede despertar de la muerte? Todo el Evangelio está escrito a la luz de esta fe: Jesús ha resucitado, ha vencido la muerte, y por su victoria también nosotros resucitaremos. Esta fe, que para los primeros cristianos era segura, puede empañarse y hacerse incierta, hasta el punto que algunos confunden resurrección con reencarnación. La Palabra de Dios de este domingo nos invita a vivir en la certeza de la resurrección: Jesús es el Señor, Jesús tiene poder sobre el mal y sobre la muerte, y quiere llevarnos a la casa del Padre, donde reina la vida. Y allí nos encontraremos todos, todos los que estamos aquí en la plaza hoy, nos encontraremos en la casa del Padre, en la vida que Jesús nos dará.

La Resurrección de Cristo actúa en la historia como principio de renovación y esperanza. Cualquier persona desesperada y cansada hasta la muerte, si confía en Jesús y en su amor puede volver a vivir. También recomenzar una nueva vida, cambiar de vida es un modo de resurgir, de resucitar. La fe es una fuerza de vida, da plenitud a nuestra humanidad; y quien cree en Cristo se debe reconocer porque promueve la vida en toda situación, para hacer experimentar a todos, especialmente a los más débiles, el amor de Dios que libera y salva.

Pidamos al Señor, por intercesión de la Virgen María, el don de una fe fuerte y valiente, que nos empuje a ser difusores de esperanza y de vida entre nuestros hermanos.

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Ángelus 2018

Sentirse necesitado de curación y confiar en Jesús

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este domingo (cf. Marcos 5, 21-43) presenta dos prodigios hechos por Jesús, describiéndolos casi como una especie de marcha triunfal hacia la vida.

Primero el Evangelista narra acerca de un cierto Jairo, uno de los jefes de la Sinagoga, que va donde Jesús y le suplica ir a su casa porque la hija de doce años se está muriendo. Jesús acepta y va con él; pero, de camino, llega la noticia de que la chica ha muerto. Podemos imaginar la reacción de aquel padre. Pero Jesús le dice: «No temas. Solamente ten fe» (v. 36). Llegados a casa de Jairo, Jesús hace salir a la gente que lloraba —había también mujeres dolientes que gritaban fuerte— y entra en la habitación solo con los padres y los tres discípulos y dirigiéndose a la difunta dice: «Muchacha, a ti te digo, levántate» (v. 41). E inmediatamente la chica se levanta, como despertándose de un sueño profundo (cf. v. 42).

Dentro del relato de este milagro, Marcos incluye otro: la curación de una mujer que sufría de hemorragias y se cura en cuanto toca el manto de Jesús (cf. v. 27). Aquí impresiona el hecho de que la fe de esta mujer atrae —a mí me entran ganas de decir «roba»— el poder divino de salvación que hay en Cristo, el que, sintiendo que una fuerza «había salido de Él», intenta entender qué ha pasado. Y cuando la mujer, con mucha vergüenza, se acercó y confesó todo, Él le dice: «Hija, tu fe te ha salvado» (v. 34). Se trata de dos relatos entrelazados, con un único centro: la fe, y muestran a Jesús como fuente de vida, como Aquél que vuelve a dar la vida a quien confía plenamente en Él. Los dos protagonistas, es decir, el padre de la muchacha y la mujer enferma, no son discípulos de Jesús y sin embargo son escuchados por su fe. Tienen fe en aquel hombre. De esto comprendemos que en el camino del Señor están admitidos todos: ninguno debe sentirse un intruso o uno que no tiene derecho. Para tener acceso a su corazón, al corazón de Jesús hay un solo requisito: sentirse necesitado de curación y confiarse a Él. Yo os pregunto: ¿Cada uno de vosotros se siente necesitado de curación? ¿De cualquier cosa, de cualquier pecado, de cualquier problema? Y, si siente esto, ¿tiene fe en Jesús? Son dos los requisitos para ser sanados, para tener acceso a su corazón: sentirse necesitados de curación y confiarse a Él. Jesús va a descubrir a estas personas entre la muchedumbre y les saca del anonimato, los libera del miedo de vivir y de atreverse. Lo hace con una mirada y con una palabra que los pone de nuevo en camino después de tantos sufrimientos y humillaciones. También nosotros estamos llamados a aprender y a imitar estas palabras que liberan y a estas miradas que restituyen, a quien está privado, las ganas de vivir.

En esta página del Evangelio se entrelazan los temas de la fe y de la vida nueva que Jesús ha venido a ofrecer a todos. Entrando en la casa donde la muchacha yace muerta, Él echa a aquellos que se agitan y se lamentan (cf. v. 40) y dice: «La niña no ha muerto; está dormida» (v. 39). Jesús es el Señor y delante de Él la muerte física es como un sueño: no hay motivo para desesperarse. Otra es la muerte de la que tener miedo: la del corazón endurecido por el mal. ¡De esa sí que tenemos que tener miedo! Cuando sentimos que tenemos el corazón endurecido, el corazón que se endurece y, me permito la palabra, el corazón momificado, tenemos que sentir miedo de esto. Esta es la muerte del corazón. Pero incluso el pecado, incluso el corazón momificado, para Jesús nunca es la última palabra, porque Él nos ha traído la infinita misericordia del Padre. E incluso si hemos caído, su voz tierna y fuerte nos alcanza: «Yo te digo: ¡Levántate!». Es hermoso sentir aquella palabra de Jesús dirigida a cada uno de nosotros: «yo te digo: Levántate. Ve. ¡Levántate, valor, levántate!». Y Jesús vuelve a dar la vida a la muchacha y vuelve a dar la vida a la mujer sanada: vida y fe a las dos.

Pidamos a la Virgen María que acompañe nuestro camino de fe y de amor concreto, especialmente hacia quien está en necesidad. E invoquemos su maternal intercesión para nuestros hermanos que sufren en el cuerpo y en el espíritu.

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BENEDICTO XVI

Ángelus 2012

Confianza en el amor de Dios que no abandona

Queridos hermanos y hermanas:

Este domingo, el evangelista san Marcos nos presenta el relato de dos curaciones milagrosas que Jesús realiza en favor de dos mujeres: la hija de uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y una mujer que sufría de hemorragia (cf.Mc 5, 21-43). Son dos episodios en los que hay dos niveles de lectura; el puramente físico: Jesús se inclina ante el sufrimiento humano y cura el cuerpo; y el espiritual: Jesús vino a sanar el corazón del hombre, a dar la salvación y pide fe en él. En el primer episodio, ante la noticia de que la hija de Jairo había muerto, Jesús le dice al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe» (v. 36), lo lleva con él donde estaba la niña y exclama: «Contigo hablo, niña, levántate» (v. 41). Y esta se levantó y se puso a caminar. San Jerónimo comenta estas palabras, subrayando el poder salvífico de Jesús: «Niña, levántate por mí: no por mérito tuyo, sino por mi gracia. Por tanto, levántate por mí: el hecho de haber sido curada no depende de tus virtudes» (Homilías sobre el Evangelio de Marcos,3). El segundo episodio, el de la mujer que sufría hemorragias, pone también de manifiesto cómo Jesús vino a liberar al ser humano en su totalidad. De hecho, el milagro se realiza en dos fases: en la primera se produce la curación física, que está íntimamente relacionada con la curación más profunda, la que da la gracia de Dios a quien se abre a él con fe. Jesús dice a la mujer: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad» (Mc 5, 34).

Para nosotros estos dos relatos de curación son una invitación a superar una visión puramente horizontal y materialista de la vida. A Dios le pedimos muchas curaciones de problemas, de necesidades concretas, y está bien hacerlo, pero lo que debemos pedir con insistencia es una fe cada vez más sólida, para que el Señor renueve nuestra vida, y una firme confianza en su amor, en su providencia que no nos abandona.

Jesús, que está atento al sufrimiento humano, nos hace pensar también en todos aquellos que ayudan a los enfermos a llevar su cruz, especialmente en los médicos, en los agentes sanitarios y en quienes prestan la asistencia religiosa en los hospitales. Son «reservas de amor», que llevan serenidad y esperanza a los que sufren. En la encíclica Deus caritas est, expliqué que, en este valioso servicio, hace falta ante todo competencia profesional —que es una primera necesidad fundamental—, pero esta por sí sola no basta. En efecto, se trata de seres humanos, que necesitan humanidad y atención cordial. «Por eso, dichos agentes, además de la preparación profesional, necesitan también y sobre todo una “formación del corazón”: se les ha de guiar hacia el encuentro con Dios en Cristo que suscite en ellos el amor y abra su espíritu al otro» (n. 31).

Pidamos a la Virgen María que acompañe nuestro camino de fe y nuestro compromiso de amor concreto especialmente a los necesitados, mientras invocamos su maternal intercesión por nuestros hermanos que viven un sufrimiento en el cuerpo o en el espíritu.

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DIRECTORIO HOMILÉTICO

Congregación para el Culto Divino

Cristo resucita a los difuntos

548. Los signos que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha enviado (cf. Jn 5, 36; 10, 25). Invitan a creer en Jesús (cf. Jn 10, 38). Concede lo que le piden a los que acuden a él con fe (cf. Mc 5, 25-34; 10, 52). Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquel que hace las obras de su Padre: éstas testimonian que él es Hijo de Dios (cf. Jn 10, 31-38). Pero también pueden ser “ocasión de escándalo” (Mt 11, 6). No pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. A pesar de tan evidentes milagros, Jesús es rechazado por algunos (cf. Jn 11, 47-48); incluso se le acusa de obrar movido por los demonios (cf. Mc 3, 22).

549. Al liberar a algunos hombres de los males terrenos del hambre (cf. Jn 6, 5-15), de la injusticia (cf. Lc 19, 8), de la enfermedad y de la muerte (cf. Mt 11,5), Jesús realizó unos signos mesiánicos; no obstante, no vino para abolir todos los males aquí abajo (cf. Lc 12, 13. 14; Jn 18, 36), sino a liberar a los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado (cf. Jn 8, 34-36), que es el obstáculo en su vocación de hijos de Dios y causa de todas sus servidumbres humanas.

646. La Resurrección de Cristo no fue un retorno a la vida terrena como en el caso de las resurrecciones que él había realizado antes de Pascua: la hija de Jairo, el joven de Naím, Lázaro. Estos hechos eran acontecimientos milagrosos, pero las personas afectadas por el milagro volvían a tener, por el poder de Jesús, una vida terrena “ordinaria”. En cierto momento, volverán a morir. La Resurrección de Cristo es esencialmente diferente. En su cuerpo resucitado, pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio. En la Resurrección, el cuerpo de Jesús se llena del poder del Espíritu Santo; participa de la vida divina en el estado de su gloria, tanto que san Pablo puede decir de Cristo que es “el hombre celestial” (cf. 1 Co 15, 35-50).

994. Pero hay más: Jesús liga la fe en la resurrección a la fe en su propia persona: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11, 25). Es el mismo Jesús el que resucitará en el último día a quienes hayan creído en Él (cf. Jn 5, 24-25; 6, 40) y hayan comido su cuerpo y bebido su sangre (cf. Jn 6, 54). En su vida pública ofrece ya un signo y una prenda de la resurrección devolviendo la vida a algunos muertos (cf. Mc 5, 21-42; Lc 7, 11-17; Jn 11), anunciando así su propia Resurrección que, no obstante, será de otro orden. De este acontecimiento único, Él habla como del “signo de Jonás” (Mt 12, 39), del signo del Templo (cf. Jn 2, 19-22): anuncia su Resurrección al tercer día después de su muerte (cf. Mc 10, 34).

La muerte es transformada por Cristo

1009. La muerte fue transformada por Cristo. Jesús, el Hijo de Dios, sufrió también la muerte, propia de la condición humana. Pero, a pesar de su angustia frente a ella (cf. Mc14, 33-34; Hb 5, 7-8), la asumió en un acto de sometimiento total y libre a la voluntad del Padre. La obediencia de Jesús transformó la maldición de la muerte en bendición (cf. Rm5, 19-21).

El sentido de la muerte cristiana

1010. Gracias a Cristo, la muerte cristiana tiene un sentido positivo. “Para mí, la vida es Cristo y morir una ganancia” (Flp 1, 21). “Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con él, también viviremos con él” (2 Tm 2, 11). La novedad esencial de la muerte cristiana está ahí: por el Bautismo, el cristiano está ya sacramentalmente “muerto con Cristo”, para vivir una vida nueva; y si morimos en la gracia de Cristo, la muerte física consuma este “morir con Cristo” y perfecciona así nuestra incorporación a Él en su acto redentor:

«Para mí es mejor morir en (eis) Cristo Jesús que reinar de un extremo a otro de la tierra. Lo busco a Él, que ha muerto por nosotros; lo quiero a Él, que ha resucitado por nosotros. Mi parto se aproxima […] Dejadme recibir la luz pura; cuando yo llegue allí, seré un hombre» (San Ignacio de Antioquía, Epistula ad Romanos 6, 1-2).

1011. En la muerte, Dios llama al hombre hacia sí. Por eso, el cristiano puede experimentar hacia la muerte un deseo semejante al de san Pablo: “Deseo partir y estar con Cristo” (Flp1, 23); y puede transformar su propia muerte en un acto de obediencia y de amor hacia el Padre, a ejemplo de Cristo (cf. Lc 23, 46):

«Mi deseo terreno ha sido crucificado; […] hay en mí un agua viva que murmura y que dice desde dentro de mí “ven al Padre”» (San Ignacio de Antioquía, Epistula ad Romanos 7, 2).

«Yo quiero ver a Dios y para verlo es necesario morir» (Santa Teresa de Jesús, Poesía,7).

«Yo no muero, entro en la vida» (Santa Teresa del Niño Jesús, Lettre (9 junio 1987).

1012. La visión cristiana de la muerte (cf. 1 Ts 4, 13-14) se expresa de modo privilegiado en la liturgia de la Iglesia:

«La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo. (Misal Romano, Prefacio de difuntos).

1013. La muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de gracia y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el designio divino y para decidir su último destino. Cuando ha tenido fin “el único curso de nuestra vida terrena” (LG 48), ya no volveremos a otras vidas terrenas. “Está establecido que los hombres mueran una sola vez” (Hb 9, 27). No hay “reencarnación” después de la muerte.

1014. La Iglesia nos anima a prepararnos para la hora de nuestra muerte (“De la muerte repentina e imprevista, líbranos Señor”: Letanías de los santos), a pedir a la Madre de Dios que interceda por nosotros “en la hora de nuestra muerte” (Avemaría), y a confiarnos a san José, patrono de la buena muerte:

«Habrías de ordenarte en toda cosa como si luego hubieses de morir. Si tuvieses buena conciencia no temerías mucho la muerte. Mejor sería huir de los pecados que de la muerte. Si hoy no estás aparejado, ¿cómo lo estarás mañana?» (De imitatione Christi1, 23, 1).

«Y por la hermana muerte, ¡loado mi Señor!

Ningún viviente escapa de su persecución;

¡ay si en pecado grave sorprende al pecador!

¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!»

(San Francisco de Asís, Canticum Fratris Solis)

La esperanza de los cielos nuevos y de la tierra nueva

1042. Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del Juicio final, los justos reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado:

La Iglesia […] «sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo […] cuando llegue el tiempo de la restauración universal y cuando, con la humanidad, también el universo entero, que está íntimamente unido al hombre y que alcanza su meta a través del hombre, quede perfectamente renovado en Cristo» (LG 48).

1043. La sagrada Escritura llama “cielos nuevos y tierra nueva” a esta renovación misteriosa que trasformará la humanidad y el mundo (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1). Esta será la realización definitiva del designio de Dios de “hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra” (Ef 1, 10).

1044. En este “universo nuevo” (Ap 21, 5), la Jerusalén celestial, Dios tendrá su morada entre los hombres. “Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado” (Ap 21, 4; cf. 21, 27).

1045. Para el hombre esta consumación será la realización final de la unidad del género humano, querida por Dios desde la creación y de la que la Iglesia peregrina era “como el sacramento” (LG 1). Los que estén unidos a Cristo formarán la comunidad de los rescatados, la Ciudad Santa de Dios (Ap 21, 2), “la Esposa del Cordero” (Ap 21, 9). Ya no será herida por el pecado, las manchas (cf. Ap 21, 27), el amor propio, que destruyen o hieren la comunidad terrena de los hombres. La visión beatífica, en la que Dios se manifestará de modo inagotable a los elegidos, será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua.

1046. En cuanto al cosmos, la Revelación afirma la profunda comunidad de destino del mundo material y del hombre:

«Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios […] en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción […] Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior […] anhelando el rescate de nuestro cuerpo» (Rm 8, 19-23).

1047. Así pues, el universo visible también está destinado a ser transformado, “a fin de que el mundo mismo restaurado a su primitivo estado, ya sin ningún obstáculo esté al servicio de los justos”, participando en su glorificación en Jesucristo resucitado (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses 5, 32, 1).

1048. “Ignoramos el momento de la consumación de la tierra y de la humanidad, y no sabemos cómo se transformará el universo. Ciertamente, la figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará y superará todos los deseos de paz que se levantan en los corazones de los hombres” (GS 39).

1049. “No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofrecer ya un cierto esbozo del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno del crecimiento del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en la medida en que puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa mucho al Reino de Dios” (GS 39).

1050. “Todos estos frutos buenos de nuestra naturaleza y de nuestra diligencia, tras haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y según su mandato, los encontraremos después de nuevo, limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal” (GS 39; cf. LG 2). Dios será entonces “todo en todos” (1 Co 15, 22), en la vida eterna:

«La vida subsistente y verdadera es el Padre que, por el Hijo y en el Espíritu Santo, derrama sobre todos sin excepción los dones celestiales. Gracias a su misericordia, nosotros también, hombres, hemos recibido la promesa indefectible de la vida eterna» (San Cirilo de Jerusalén, Catecheses illuminandorum 18, 29).

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RANIERO CANTALAMESSA

¡Thalitha qumi, niña levántate!

Las lecturas de hoy nos invitan a reflexionar sobre un tema sobrio; pero, saludable: la muerte. En la primera lectura escuchamos esta solemne declaración:

«Dios no hizo la muerte, ni goza destruyendo a los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera; las criaturas del mundo son saludables: no hay en ellas veneno de muerte, ni el abismo impera en la tierra… Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser; pero la muerte entró en el mundo por la envidia del diablo».

Estas palabras nos dan la clave para entender por qué la muerte suscita tanta repulsa en nosotros. El motivo es porque ella no nos es «natural»; tal como la experimentamos en el presente orden de cosas, es algo extraño a nuestra naturaleza, fruto de la «envidia del diablo»; por eso, luchamos con todas las fuerzas contra ella. Este nuestro insuprimible rechazo de la muerte es la mejor prueba de que nosotros no hemos sido hechos para ella, que no será ella la que tenga la última palabra.

En el fragmento evangélico encontramos una confirmación práctica de la afirmación de que Dios no quiere la muerte y que nuestro destino final será la «inmortalidad». Se trata de la resurrección de la hija de Jairo, uno de los relatos más impactantes del Evangelio, de aquello que en literatura se llama «lo sublime». Está constituido por escenas, que se desarrollan en rápida sucesión y en lugares distintos.

Está, ante todo, la escena en la orilla del lago. Jesús está rodeado de mucha gente, cuando un hombre visiblemente angustiado se echa adelante, se arroja a sus pies y le dirige una súplica: «Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva». Jesús deja a mitad su discurso y se marcha con el hombre hacia su casa, seguido por una muchedumbre, que no quiere renunciar a la presencia del Maestro y espera quizás asistir a un milagro.

La segunda escena tiene lugar a lo largo del camino. Una mujer, que sufría hemorragias, se acerca a Jesús a escondidas para tocarle el manto y se encuentra curada. Mientras Jesús estaba aún hablando con ella, de la casa de Jairo vinieron a decide: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?» Jesús, que lo ha oído todo, dice al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe». Esto es casi como un estribillo en la boca de Jesús. De igual forma, a la mujer curada de la hemorragia le había dicho: «Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud».

Y henos aquí ya en la escena crucial, en casa de Jairo. Gran tumulto, gente que llora y grita, como es normal ante la muerte apenas acaecida de una adolescente. Les dice: «¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida». En consecuencia, arrojados todos fuera, toma consigo al padre y a la madre de la niña y a los que estaban con él y entró donde estaba la niña, «la cogió de la mano y le dijo: «Talitha qumi» (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»). La niña se puso en pie inmediatamente y empezó a caminar; tenía doce años. Y se llenaron de gran asombro. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña».

Aquí se manifiesta el carácter «sublime» del relato: cosas extraordinarias, sobrehumanas, contadas con palabras muy sencillas y ordinarias, de modo que para hablar sean los hechos más que las palabras. La invitación a dar algo para comer de inmediato a la niña añade un toque de conmovedora humanidad al gesto de Cristo. En teología se dice que «los sacramentos son para los hombres»; lo mismo hemos de decir respecto a los milagros de Cristo: son para los hombres, no para sí mismo, para demostrar sus propios poderes. Esto es, también hoy, uno de los primeros criterios para distinguir cuándo se trata de verdaderos milagros, que provienen de Dios, y cuándo se trata de magia o de exhibicionismo. El padre Pío de Pietrelcina, recientemente elevado a los altares, no hacía nunca milagros para sí mismo o para demostrar que era un santo; los hacía o, mejor, los obtenía de Dios sólo para aliviar el sufrimiento de la gente.

Ahora bien, yo me pongo en los papeles de un padre y de una madre, que han tenido o tienen en este momento una hijita o un hijito «en las últimas» y escuchan este relato evangélico. ¿Qué deben pensar? «¿Y nosotros? ¿Y todos los que no han oído pronunciar junto al lecho del propio hijo el “Talitha qumi, niña levántate!”? ¿El Evangelio es, por lo tanto, “una buena noticia” sólo para algunos pocos afortunados, no para todos?»

Lejos de mí el pensamiento de abandonar la cuestión con argumentos, diríamos, a buen mercado. La pregunta es seria, como es serio el dolor y la angustia de quienes proviene, y que anuncia el Evangelio que debe respetársele y sumirse en este mismo dolor. A veces, el mismo Jesús, antes de realizar un milagro (y, quizás, antes aún de saber que tendría lugar un milagro), lloraba con quien estaba de luto. Lloró delante de la viuda de Naím, que había perdido al único hijo, y lloró con Marta y María, que habían perdido al hermano Lázaro. Nos lo recuerda así la palabra antes escuchada: «Dios no ha creado la muerte y no goza por la ruina de los vivientes» (cfr. 1 Corintios 15, 54ss.; 1 Timoteo 2, 3ss.). Dios sufre con nosotros, no se limita a mirar de lejos a nosotros, que sufrimos.

La verdadera clave para dar una respuesta a las preguntas formuladas antes, la única palabra, que puede arrojar un poco de luz en el vacío de aquel dolor, es precisamente la palabra «fe». Cuando Jesús recomienda la fe alas personas, que se dirigen a él, no pretende sólo la fe de que él puede realizar el milagro pedido, sino la fe en su persona. Fe que, esté o no el milagro esperado, no nos dejará nunca desilusionados sobre lo esencial. El Evangelio distingue netamente dos tipos de fe: creer algo y creer «en» alguien. Cuando se trata de Dios, el segundo es mucho más importante que el primero.

El diálogo de Jesús con la hermana de Lázaro se presta bien para ilustrar cuanto estoy diciendo. Marta dice a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá» (Juan 11, 21-22). Son tantos los padres y parientes de personas enfermas, que, orando, dicen a Jesús la misma cosa: «Señor, si hubieras estado aquí, y nosotros hubiésemos vivido en Palestina en tu tiempo, también nosotros, como Jairo, seríamos acogidos por ti… Pero, aún ahora ya sabemos que, si quisieses, podrías hacer un milagro…»

Jesús responde a Marta: «Tu hermano resucitará» (Juan 11, 23). Pero, Marta no se contenta con esta promesa suya aún demasiado remota. «Ya sé que resucitará en la resurrección, el último día» (Juan 11,24). Y he aquí la palabra definitiva de Cristo a Marta ya todos nosotros: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?» (Juan 11,25-26). El milagro mayor es creer «en» él. Después de esto, todo llega a ser posible. Frente a eso, la resurrección de Lázaro y los pocos años de más, que vivirá antes de morir aún, son poca cosa. La experiencia de muchas personas demuestra que también cuando no tiene lugar el milagro esperado, cualquier cosa puede suceder, gracias a la fe, que da un sentido nuevo a la vida.

Pero, ahora, debo hacer otra observación sobre el fragmento evangélico. He dicho otras veces que no existe sólo la muerte del cuerpo, existe también la muerte del corazón y del alma. La muerte del alma es cuando se vive en pecado; la muerte del corazón es cuando se vive en la angustia, en el descorazonamiento o en una tristeza crónica. Las palabras de Jesús: «Talitha qumi» (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate») no están, pues, dirigidas sólo a muchachos y muchachas muertos, sino también a muchachos y muchachas vivos. Cuán triste es ver a jóvenes… tristes. Y los hay muchísimos alrededor de nosotros. La tristeza, el pesimismo, las no-ganas de vivir son siempre cosas malas; pero, cuando se ven y se sienten pronunciar por muchachos, todavía se aprieta más el corazón.

Hay adolescentes que lo tienen aparentemente todo, ordenador y moto comprendidos. Pero, si se intenta exhortarles a la esperanza y a la alegría, responden preguntando (y su rostro demuestra que no se trata sólo de una pose): «¿Me sabes decir un motivo, sólo uno, por el que debiera ser feliz?» Se quisiera responder: «Porque eres joven, porque Dios te ama, porque tus padres te aman…»; pero, uno se da cuenta de que no sirve para nada la respuesta y se limita a mirarles con piedad y ternura. A veces, en estos casos vienen ganas hasta de gritar tras de ellos: «¡Mundo pérfido y cínico, que matas de este modo la alegría de vivir de estos muchachos! Les prometes mares y montes y los dejas con la boca (y el corazón) secos».

Sin embargo, la invitación a tener fe está dirigida, también, a quien expone el Evangelio a los demás. Por ello, con la fe en el poder misterioso de las palabras de Cristo, no hemos de tener miedo de gritar a tantos muchachos de hoy, muertos en el corazón: ¡«Talitha qumi», arriba, muchacho, muchacha, levántate, sacúdete, «desnúdate de tu tristeza»; deja de regodearte en tu estéril pesimismo, camina hacia los demás y los otros vendrán hacia ti!

Jesús ordenó dar de comer a la niña resucitada y, también, a nosotros nos ordena ahora darles de comer; es más, se nos da él mismo para comer: «Tomad, comed: esto es mi cuerpo» (Mateo 26, 26).

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