VI Diumenge de Pasqua cicle B

Comentaris sobre les lectures pròpies de la Santa Missa per a meditar i preparar l’homilia

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DEL MISAL MENSUAL

ANTÍFONA DE ENTRADA Cfr. Is 48,20

Con voz de júbilo, anúncienlo; que se oiga. Que llegue a todos los rincones de la tierra: el Señor ha liberado a su pueblo. Aleluya.

ORACIÓN COLECTA

Dios todopoderoso, concédenos continuar celebrando con incansable amor estos días de tanta alegría en honor del Señor resucitado, y que los misterios que hemos venido conmemorando se manifiesten siempre en nuestras obras. Por nuestro Señor Jesucristo…

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

El don del Espíritu Santo se ha derramado también sobre los paganos.

Del libro de los Hechos de los Apóstoles: 10, 25-26.  34-35.  44-48

En aquel tiempo, entró Pedro en la casa del oficial Cornelio, y éste le salió al encuentro y se postró ante él en señal de adoración. Pedro lo levantó y le dijo: “Ponte de pie, pues soy un hombre como tú”. Luego añadió: “Ahora caigo en la cuenta de que Dios no hace distinción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que fuere”.

Todavía estaba hablando Pedro, cuando el Espíritu Santo descendió sobre todos los que estaban escuchando el mensaje. Al oírlos hablar en lenguas desconocidas y proclamar la grandeza de Dios, los creyentes judíos que habían venido con Pedro, se sorprendieron de que el don del Espíritu Santo se hubiera derramado también sobre los paganos.

Entonces Pedro sacó esta conclusión: “¿Quién puede negar el agua del bautismo a los que han recibido el Espíritu Santo lo mismo que nosotros?”. Y los mandó bautizar en el nombre de Jesucristo. Luego le rogaron que se quedara con ellos algunos días. 

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 97

R/. El Señor nos ha mostrado su amor y su lealtad. Aleluya. 

Cantemos al Señor un canto nuevo, pues ha hecho maravillas. Su diestra y su santo brazo le han dado la victoria. R/.

El Señor ha dado a conocer su victoria y ha revelado a las naciones su justicia. Una vez más ha demostrado Dios su amor y su lealtad hacia Israel. R/.

La tierra entera ha contemplado la victoria de nuestro Dios. Que todos los pueblos y naciones aclamen con júbilo al Señor. R/.

SEGUNDA LECTURA

Dios es amor.

De la primera carta del apóstol san Juan: 4, 7-10

Queridos hijos: Amémonos los unos a los otros, porque el amor viene de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama, no conoce a Dios, porque Dios es amor. El amor que Dios nos tiene se ha manifestado en que envió al mundo a su Hijo unigénito, para que vivamos por él.

El amor consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero y nos envió a su Hijo, como víctima de expiación por nuestros pecados. 

Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Jn 14, 23

R/. Aleluya, aleluya.

El que me ama, cumplirá mi palabra, dice el Señor; y mi Padre lo amará y vendremos a él. R/.

EVANGELIO

Nadie tiene amor más grande a sus amigos, que el que da la vida por ellos.

+ Del santo Evangelio según san Juan: 15, 9-17

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Como el Padre me ama, así los amo yo. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecen en mi amor; lo mismo que yo cumplo los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena.

Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande a sus amigos que el que da la vida por ellos. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a ustedes los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que le he oído a mi Padre.

No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los ha elegido y los ha destinado para que vayan y den fruto y su fruto permanezca, de modo que el Padre les conceda cuanto le pidan en mi nombre. Esto es lo que les mando: que se amen los unos a los otros”. 

Palabra del Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Suba hasta ti, Señor, nuestra oración, acompañada por estas ofrendas, para que, purificados por tu bondad, nos dispongas para celebrar el sacramento de tu inmenso amor. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Jn 14, 15-16

Si me aman, cumplirán mis mandamientos, dice el Señor; y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Abogado, que permanecerá con ustedes para siempre. Aleluya.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Dios todopoderoso y eterno, que, por la resurrección de Cristo, nos has hecho renacer a la vida eterna, multiplica en nosotros el efecto de este sacramento pascual, e infunde en nuestros corazones el vigor que comunica este alimento de salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor.

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BIBLIA DE NAVARRA

También sobre los gentiles se derramaba el don del Espíritu Santo (Hch 10,25-48)

1ª lectura

La conversión del pagano Cornelio al cristianismo es uno de los puntos culminantes del libro de los Hechos. Manifiesta la dimensión universal del Evangelio y hace ver que la fuerza del Espíritu Santo no conoce límites ni barreras. Por ello, como en otras ocasiones, Lucas lo narra dos veces: en este capítulo, según el orden de los acontecimientos y con muchos detalles que subrayan y ayudan a entender los puntos fundamentales, y en el siguiente (11,1-18), según la justificación de Pedro ante los hermanos de Jerusalén.

En casa de Cornelio, Pedro comprende con profundidad que ha sido Dios quien ha guiado todos sus pasos (vv. 28-29). Cuando oye la explicación del centurión (vv. 30-33) entiende (v. 34) el pleno significado de lo que había oído en la enseñanza de Jesús y se da cuenta de que, en los planes salvadores de Dios, judíos y paganos son iguales.

Sin embargo, la acción del Espíritu Santo va más lejos que la de los hombres. A Cornelio el ángel sólo le había dicho que mandara venir a Pedro y escuchara sus palabras (vv. 5.22.33) y por eso Pedro, en un apretado discurso, síntesis de todo el Evangelio (vv. 37-43; cfr nota a Mc 1,14-8,30), predica la verdad de Cristo Jesús. En el discurso de Pentecostés, Pedro había presentado a Jesús ante un auditorio judío, como «Señor y Cristo» (2,36); ahora lo hace como «Juez de vivos y muertos»(v. 42), prerrogativa que en el Antiguo Testamento era exclusiva de Dios. En el ámbito humano, que podían entender fácilmente Cornelio y su casa, funcionarios del Imperio romano, la suprema potestad de juzgar la tenía el César. Los Apóstoles enseñan que el juicio último del hombre no pertenece a ninguna autoridad humana.

Tras la predicación la iniciativa es, de nuevo, del Espíritu Santo quien, con manifestaciones semejantes a las de Pentecostés (v. 46), se adelanta a la acción del Apóstol (vv. 47-48). En vista de esto, Pedro manda bautizar a los primeros gentiles sin exigirles la circuncisión. Ésa es la obra del Espíritu Santo, enviado por Cristo, «para defender y santificar a la Iglesia, como guía de almas y timonel de la humanidad en tempestad, luz que guía a los errantes, árbitro que preside las luchas y coronación de los vencedores» (S. Cirilo de Jerusalén, Catecheses 17,3).

Dios es amor (1 Jn 4,7-10)

2ª lectura

El tema central de esta carta se resume en la expresión «Dios es amor» (v. 8). «Aunque nada más se dijera en alabanza del amor en todas las páginas de esta Epístola, aunque nada más se dijera en todas las páginas de la Sagrada Escritura, y únicamente oyéramos por boca del Espíritu Santo Dios es amor, nada más deberíamos buscar» (S. Agustín, In Epistolam Ioannis ad Parthos 7,4). «Al enviar en la plenitud de los tiempos a su Hijo único y al Espíritu de Amor, Dios revela su secreto más íntimo; Él mismo es una eterna comunicación de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y nos ha destinado a participar en Él» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 221).

«Precisamente porque existe el pecado en el mundo, al que “tanto amó Dios (…) que le entregó a su Hijo Unigénito” (Jn 3,16), Dios que es amor no puede revelarse de otro modo si no es como misericordia. Ésta corresponde no sólo a la verdad más profunda de ese amor que es Dios, sino también a la verdad interior del hombre y del mundo que es su patria temporal» (Juan Pablo II, Dives in misericordia, n. 13).

Que os améis los unos a los otros (Jn 15,9-17)

Evangelio

El auténtico amor a Jesucristo lleva consigo el esfuerzo por guardar los mandamientos divinos y, ante todo, el mandato del amor fraterno a la medida de la cruz de Cristo. La exigencia de estos mandamientos no es ya el temor, sino el amor: es la respuesta a Dios que nos ha amado primero, y nos ha mostrado su amor en la cruz de Jesús. La amistad de Cristo con el cristiano, que el Señor manifiesta de modo particular en este pasaje, le llevaba a decir a San Juan de la Cruz: «Llámale Amado para más moverle e inclinarle a su ruego, porque, cuando Dios es amado, con grande facilidad acude a las peticiones de su amante. (…) De donde entonces le puede el alma de verdad llamar Amado, cuando ella está entera con él, no teniendo su corazón asido a alguna cosa fuera de él; y así, de ordinario trae su pensamiento en él» (Cántico espiritual 1,13).

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SAN JUAN CRISÓSTOMO

“Amaos los unos a los otros”

Todos los bienes entonces tienen su recompensa cuando han obtenido su finalidad; pero si se interceptan y estorban, sobreviene el naufragio. Así como la nave cargada de infinitas riquezas, si no llega al puerto, sino que en mitad de los mares naufraga, ningún provecho produce de su larga travesía, sino que tanto es mayor la desgracia cuanto mayores fueron los trabajos sufridos, así les sucede a las almas que descaecen antes de obtener el fin cuando se han lanzado en mitad de los certámenes. Por lo cual Pablo afirma que alcanzan gloria, honra y paz los que con paciencia ejercitan las buenas obras. Esto mismo deja ahora entender Cristo a los discípulos. Cristo los había acogido y de ello se alegraban; pero luego la Pasión y las conversaciones sobre cosas tristes tenían que interrumpir aquel gozo, y una vez que con muchas razones los había consolado, les dice: Esto os digo a fin de que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea colmado. Es decir: no os apartéis de mí ni desistáis de la empresa. Os habéis alegrado en mí abundantemente, pero luego ha venido la tristeza. Yo ahora la echo fuera para que al fin venga el gozo. Les manifiesta así que los acontecimientos presentes no eran dignos de llanto, sino más bien de alegría.

Como si les dijera: Yo os he visto turbados, pero no por eso os desprecié ni os dije: ¿Por qué no permanecéis con ánimo noble y esforzado? Al contrario, os he hablado cosas que podían consolaros. Y deseo conservaros perpetuamente en este cariño. Oísteis acerca del reino y os alegrasteis. Pues bien, ahora os he dicho estas cosas para que vuestro gozo sea colmado. Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros tal como Yo os he amado. Advierte cómo el amor de Dios está enlazado con el nuestro y como vinculado con una cadena. Por lo cual Jesús unas veces lo llama un solo precepto y otras dos. Es que quien ha abrazado el uno no puede no poseer el otro.

Unas veces dice: En esto se resumen la Ley y los profetas[1]. Otras dice: Todo cuanto quisiereis que con vosotros hagan los hombres, hacedlo también vosotros con ellos[2]. Porque esta es la Ley y los profetas. Y también: La plenitud de la Ley es la caridad[3]. Es lo mismo que dice aquí Jesús. Si ese permanecer en Él depende de la caridad, y la caridad depende de la guarda de los mandamientos, y el mandamiento es que nos amemos los unos a los otros, entonces permanecer en Dios se consigue mediante el amor mutuo. Y no indica únicamente el amor, sino también el modo de amar, cuando dice: Como Yo os he amado. Les declara de nuevo que el apartarse de ellos no nace de repugnancia, sino de cariño. Como si les dijera: precisamente porque ese es el motivo, debía yo ser más admirado, pues entrego mi vida por vosotros. Sin embargo, en realidad, nada de eso les dice, sino que ya antes al describir al excelentísimo Pastor, y ahora aquí cuando los amonesta y les manifiesta la grandeza de su caridad, sencillamente se da a conocer tal como es.

¿Por qué continuamente ensalza la caridad? Por ser ella el sello de sus discípulos y la que alimenta la virtud. Pablo, que la había experimentado como verdadero discípulo de Cristo, habla del mismo modo de ella: Vosotros sois mis amigos. Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe los secretos de su señor. A vosotros os he llamado amigos, porque os he dado a conocer todo lo que mi Padre me confió. Pero entonces ¿por qué dice: Tengo todavía muchas cosas que deciros, pero no podéis ahora comprenderlas?[4] Cuando dice: todo lo que he oído sólo quiere decir que no ha tomado nada ajeno, sino únicamente lo que oyó del Padre. Y como sobre todo se tiene por muy íntima amistad la comunicación de los secretos arcanos, también, les dice, se os ha concedido esta gracia. Al decir todo, entiende todo lo que convenía que ellos oyeran.

Pone luego otra señal no vulgar de amistad. ¿Cuál es? Les dice: No me elegisteis vosotros a Mí, sino que Yo os elegí a vosotros. Yo ardientemente he buscado vuestra amistad. Y no se contentó con eso, sino que añadió: Y os puse, es decir, os planté (usando la metáfora de la vid), para que recorráis la tierra y deis fruto, un fruto que permanezca. Y si el fruto ha de permanecer, mucho más vosotros. Como si les dijera: No me he contentado con amaros en modo tan alto, sino que os he concedido grandes beneficios para que se propaguen por todo el mundo vuestros sarmientos.

¿Adviertes de cuántas maneras les manifiesta su amor? Les da a conocer sus arcanos secretos, es el primero en buscar la amistad de ellos, les hace grandes beneficios; y todo lo que padeció, por ellos lo padeció. Por este modo les declara que permanecerá perpetuamente con ellos y que también ellos perpetuamente fructificarán. Porque para fructificar necesitan de su auxilio. De suerte que cuanto pidiereis al Padre en mi nombre os lo otorgue. A aquel a quien se le pide le toca hacer lo que se le pide. Entonces, si es al Padre a quien se le pide ¿por qué es el Hijo quien lo hace? Para que conozcas que el Hijo no es menor que el Padre.

Esto os ordeno: Amaos los unos a los otros: Como si les dijera: Esto no os lo digo por reprenderos; o sea, lo de que Yo daré mi vida, pues fui el primero en buscar vuestra amistad; sino para atraeros a la amistad. Luego, como resultaba duro y no tolerable el sufrir de muchos persecuciones y reprimendas, aparte de que esto podía echar por tierra aun a un hombre magnánimo, Jesús, tras de haber expuesto primero bastantes razones, finalmente acomete también ésta. Y eso después de haberles suavizado el ánimo y haberles abundantemente demostrado que todo era para su bien, lo mismo que las demás cosas que ya les había manifestado.

Pues así como les dijo no ser motivo de pena, sino incluso de gozo, que El fuera a su Padre, ya que no lo hacía por abandonarlos, sino porque mucho los amaba, así ahora les declara que no hay por qué dolerse sino alegrarse. Advierte en qué forma lo demuestra. Pues no les dijo: Ya sé yo que eso de sufrir es cosa molesta, pero soportadlo por amor a Mí, pues por Mí lo sufrís. En aquellos momentos, esto no los habría consolado suficientemente. Por lo cual Jesús deja ese motivo y les propone otro. ¿Cuál es? Que semejante cosa sería señal y prueba de la anterior virtud; de modo que, al contrario, sería cosa de dolerse, no el que ahora fuerais motivo de odio, sino el que fuerais amados.

Esto es lo que deja entender cuando dice: Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo que es suyo. Es decir: si fuerais amados del mundo daríais testimonio de perversidad. Pero como con aquellas palabras aún nada aprovecharan, prosigue: No es el siervo mayor que su Señor. Si a MÍ me han perseguido, también os perseguirán a vosotros. Con lo que sobre todo da a entender que ellos serán sus imitadores. Mientras Cristo vivió en carne mortal, peleaban contra Él; pero una vez que fue llevado al Cielo, hicieron la guerra contra sus discípulos.

Y como ellos se perturbaran pensando tener que luchar con un pueblo tan numeroso, siendo ellos tan pocos, les levanta el ánimo diciéndoles que esa es sobre todo la causa de alegrarse: el que todos los otros los aborrezcan. Como si les dijera: Así seréis compañeros míos en los sufrimientos. De modo que conviene que no os conturbéis, ya que no sois mejores que Yo; pues como dije: No es el siervo de mejor condición que su Señor.

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FRANCISCO

Regina Coeli 2015 y 2018 – Homilías en Santa Marta (7.V.15 y 22.V.14)

Regina Coeli 2015

Pequeños y grandes gestos que manifiestan el amor que Cristo enseñó

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de hoy —san Juan, capítulo 15— nos vuelve a llevar al Cenáculo, donde escuchamos el mandamiento nuevo de Jesús. Dice así: «Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros, como yo os he amado» (v. 12). Y, pensando en el sacrificio de la cruz ya inminente, añade: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando» (vv. 13-14). Estas palabras, pronunciadas durante la última Cena, resumen todo el mensaje de Jesús; es más, resumen todo lo que Él hizo: Jesús dio la vida por sus amigos. Amigos que no lo habían comprendido, que en el momento crucial lo abandonaron, traicionaron y renegaron. Esto nos dice que Él nos ama aun sin ser merecedores de su amor: ¡así nos ama Jesús!

De este modo, Jesús nos muestra el camino para seguirlo, el camino del amor. Su mandamiento no es un simple precepto, que permanece siempre como algo abstracto o exterior a la vida. El mandamiento de Cristo es nuevo, porque Él, en primer lugar, lo realizó, le dio carne, y así la ley del amor se escribe una vez para siempre en el corazón del hombre (cf. Jer 31, 33). Y ¿cómo está escrita? Está escrita con el fuego del Espíritu Santo. Y con este mismo Espíritu, que Jesús nos da, podemos caminar también nosotros por este camino.

Es un camino concreto, un camino que nos conduce a salir de nosotros mismos para ir hacia los demás. Jesús nos mostró que el amor de Dios se realiza en el amor al prójimo. Ambos van juntos. Las páginas del Evangelio están llenas de este amor: adultos y niños, cultos e ignorantes, ricos y pobres, justos y pecadores han tenido acogida en el corazón de Cristo.

Por lo tanto, esta Palabra del Señor nos llama a amarnos unos a otros, incluso si no siempre nos entendemos y no siempre estamos de acuerdo… pero es precisamente allí donde se ve el amor cristiano. Un amor que también se manifiesta si existen diferencias de opinión o de carácter, ¡pero el amor es más grande que estas diferencias! Este es el amor que nos ha enseñado Jesús. Es un amor nuevo porque lo renueva Jesús y su Espíritu. Es un amor redimido, liberado del egoísmo. Un amor que da alegría a nuestro corazón, como dice Jesús mismo: «Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud» (v. 11).

Es precisamente el amor de Cristo, que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones, el que realiza cada día prodigios en la Iglesia y en el mundo. Son muchos los pequeños y grandes gestos que obedecen al mandamiento del Señor: «Que os améis unos a otros, como yo os he amado» (cf. Jn15, 12). Gestos pequeños, de todos los días, gestos de cercanía a un anciano, a un niño, a un enfermo, a una persona sola y con dificultades, sin casa, sin trabajo, inmigrante, refugiada… Gracias a la fuerza de esta Palabra de Cristo, cada uno de nosotros puede hacerse prójimo del hermano y la hermana que encuentra. Gestos de cercanía, de proximidad. En estos gestos se manifiesta el amor que Cristo nos enseñó.

Que en esto nos ayude nuestra Madre Santísima, para que en la vida cotidiana de cada uno de nosotros el amor de Dios y el amor del prójimo estén siempre unidos.

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Regina Coeli 2018

Amar con el Corazón de Cristo

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En este tiempo pascual, la Palabra de Dios continúa indicándonos estilos de vida coherentes para ser la comunidad del Resucitado. Entre estos, el Evangelio de hoy presenta el mandato de Jesús: «Permaneced en mi amor» (Juan 15, 9): permanecer en el amor de Jesús. Habitar en la corriente del amor de Dios, tomar demora estable, es la condición para hacer que nuestro amor no pierda por el camino su ardor y su audacia. También nosotros, como Jesús y en Él, debemos acoger con gratitud el amor que viene del Padre y permanecer en este amor, tratando de no separarnos con el egoísmo y el pecado. Es un programa arduo pero no imposible.

Primero es importante tomar conciencia de que el amor de Cristo no es un sentimiento superficial, no, es una actitud fundamental del corazón, que se manifiesta en el vivir como Él quiere. Jesús, de hecho, afirma: «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor» (v. 10). El amor se realiza en la vida de cada día, en las actitudes, en las acciones; de otra manera es solamente algo ilusorio. Son palabras, palabras, palabras: eso no es el amor. El amor es concreto, cada día. Jesús nos pide cumplir sus mandamientos, que se resumen en esto: «que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (v. 12).

¿Cómo hacer para que este amor que el Señor resucitado nos dona pueda ser compartido por los demás? En más de una ocasión Jesús ha indicado quién es el otro a quien hay que amar, no con palabras, sino con los hechos. Es aquel que encuentro en mi camino y que, con su rostro y su historia, me interpela; es aquel que, con su misma presencia, me impulsa a salir de mis intereses y de mis seguridades; es aquel que espera mi disponibilidad a escuchar y a hacer una parte de camino juntos. Disponibilidad hacia cada hermano y hermana, sea quien sea y en cualquier situación que se encuentre, empezando por quien está cerca de mí en la familia, en la comunidad, en el trabajo, en la escuela… De esta manera, yo permanezco unido a Jesús, su amor puede alcanzar al otro y atraerlo a sí, a su amistad. Y este amor por los demás no se puede reservar a momentos excepcionales, sino que se debe convertir en la constante de nuestra existencia. Es por esto que somos llamados, por ejemplo, a cuidar de los ancianos como un tesoro precioso y con amor, incluso si crean problemas económicos y dificultades, pero debemos cuidarlos. Es por esto que a los enfermos, también si están en la última etapa, debemos dar toda la asistencia posible. Por eso los no nacidos deben ser siempre acogidos; por esto, en definitiva, la vida debe ser siempre tutelada desde la concepción hasta su ocaso natural. Y esto es amor. Nosotros somos amados por Dios en Jesucristo, que nos pide amarnos como Él nos ama. Pero eso no podemos hacerlo si no tenemos en nosotros su mismo Corazón.

La eucaristía, a la cual estamos llamados a participar cada domingo, tiene el fin de formar en nosotros el Corazón de Cristo, de tal forma que toda nuestra vida sea guiada por sus actitudes generosas. Que la Virgen María nos ayude a permanecer en el amor de Jesús y a crecer en el amor hacia todos, especialmente los más débiles, para corresponder plenamente a nuestra vocación cristiana.

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El amor verdadero está más en los hechos que en las palabras

7 de mayo de 2015

El Papa Francisco centró su homilía en los criterios del amor verdadero que –dijo– debe ser concreto y capaz de comunicarse. Por eso destacó que también los monjes y las monjas de clausura, en realidad no se aíslan, sino que comunican y mucho.

El amor verdadero es concreto y constante

En el Evangelio del día Jesús“nos pide que permanezcamos en su amor”. “Hay dos criterios que nos ayudarán a distinguir el amor verdadero del no verdadero”. Y explicó el Papa que el primer criterio es que el amor está “más en los hechos que en las palabras”: no es “un amor de telenovela”, “una fantasía”, historias que “hacen que el corazón palpite un poco, pero nada más”. Está “en los hechos concretos”. “Jesús prevenía a los suyos: ‘No aquellos que dicen ‘¡Señor! ¡Señor!’ entrarán en el Reino de los Cielos, sino aquellos que han hecho la voluntad de mi Padre, que han observado mis mandamientos’”:

“Es decir, el verdadero amor es concreto, está en las obras, es un amor constante. No es un simple entusiasmo. Incluso, muchas veces es un amor doloroso: pensemos en el amor de Jesús llevando la cruz. Pero las obras del amor son aquellas que Jesús nos enseña en el pasaje del capítulo 25 de San Mateo. Pero quien ama hace esto: el protocolo del juicio. Tenía hambre, me diste de comer, etcétera. Concreción. También las bienaventuranzas, que son el ‘programa pastoral’ de Jesús, son concretas”.

El Papa subrayó que “una de las primeras herejías en el cristianismo fue la del pensamiento gnóstico” que hablaba de un “Dios lejano… y carecía de concreción”. En cambio, el amor del Padre “fue concreto, envió a su Hijo… hecho carne para salvarnos”.

Los monjes y las monjas de clausura comunican mucho

El segundo criterio del amor es que “se comunica, no permanece aislado. El amor da de sí mismo y recibe, se hace esa comunicación que existe entre el Padre y el Hijo. Comunicación que es obra del Espíritu Santo”:

“No existe el amor sin comunicarse, no existe el amor aislado. Pero alguno de ustedes podría decirme: ‘Pero Padre, los monjes y las monjas de clausura están aislados’. Pero comunican… y tanto: con el Señor, también con quienes van a encontrar una palabra de Dios… El verdadero amor no puede aislarse. Si está aislado, no es amor. Es una forma espiritualista de egoísmo, de permanecer encerrado en sí mismo, buscando el propio beneficio… Es egoísmo”.

Simple, pero no fácil, porque el egoísmo nos atrae

El Papa Francisco también afirmó que “permanecer en el amor de Jesús significa hacer” y “capacidad de comunicarse, de diálogo, tanto con el Señor como con nuestros hermanos”:

“Es tan simple esto. Pero no es fácil. Porque el egoísmo, el propio interés nos atrae, y nos atrae para no hacer, y nos atrae para no comunicarnos. ¿Qué dice el Señorde aquellos que permanecerán en su amor? ‘Les he dicho estas cosas para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena’. El Señor que permanece en el amor del Padre es gozoso, ‘y si ustedes permanecerán en mi amor, su alegría será plena’: una alegría que tantas veces viene junto a la cruz. Pero aquella alegría –Jesús mismo nos lo ha dicho– nadie nos la podrá quitar”.

El Pontíficeconcluyó su homilía pidiendo al Señor que “nos dé la gracia de la alegría, aquella alegría que el mundo no puede dar”.

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La vocación cristiana es permanecer en el amor de Dios

22 de mayo de 2014

“Paz, amor y alegría” son “las tres palabras clave” que Jesús nos ha confiado. Quien las realiza en nuestra vida, no según los criterios del mundo, es el Espíritu Santo. A esto el Papa Francisco dedicó la homilía del jueves 22 de mayo, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta.

“Jesús, en el discurso de despedida, en los últimos días antes de subir al cielo, habló de muchas cosas”, pero siempre sobre el mismo punto, representado por “tres palabras clave: paz, amor y alegría”.

Sobre la primera, recordó el Papa, “hemos ya reflexionado” en la misa de anteayer, reconociendo que el Señor “no nos da una paz como la da el mundo, nos da otra paz: ¡una paz para siempre!”. Respecto a la segunda palabra clave, “amor”, Jesús, destacó el Papa, “había dicho muchas veces que el mandamiento es amar a Dios y amar al prójimo”. Y “habló de ello también en diversas ocasiones” cuando “enseñaba cómo se ama a Dios, sin los ídolos”. Y también “cómo se ama al prójimo”. En resumen, Jesús encierra todo este discurso en el capítulo 25 del Evangelio de Mateo, en él se nos dice cómo seremos juzgados. Allí el Señor explica cómo “se ama al prójimo”.

Pero, en el pasaje evangélico de san Juan (Jn 15, 9-11), “Jesús dice una cosa nueva sobre el amor: no sólo amad, sino permaneced en mi amor”. En efecto, “la vocación cristiana es permanecer en el amor de Dios, o sea, respirar y vivir de ese oxígeno, vivir de ese aire”.

Pero ¿cómo es este amor de Dios? El Papa Francisco respondió con las mismas palabras de Jesús: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo”. Por eso, observó, es “un amor que viene del Padre”. Y la “relación de amor entre Él y el Padre” llega a ser una “relación de amor entre Él y nosotros”. Así, “nos pide permanecer en ese amor que viene del Padre”. Luego, “el apóstol Juan seguirá adelante −dijo el Pontífice− y nos dirá también cómo debemos dar este amor a los demás” pero lo primero es “permanecer en el amor”. Y esta es, por lo tanto, también la “segunda palabra que Jesús nos deja.

Y ¿cómo se permanece en el amor? Nuevamente el Papa respondió a la pregunta con las palabras del Señor: “Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor”. Y, exclamó el Pontífice, “es algo bello esto: yo sigo los mandamientos en mi vida”. Hermoso hasta el punto, explicó, que “cuando no permanecemos en el amor son los mandamientos que vienen, solos, por el amor”. Y “el amor nos lleva a cumplir los mandamientos, así naturalmente” porque “la raíz del amor florece en los mandamientos” y los mandamientos son el “hilo conductor” que sujeta, en “este amor que llega”, la cadena que une al Padre, a Jesús y a nosotros.

La tercera palabra que indicó el Papa es la “alegría”. Al recordar la expresión de Jesús propuesta en la lectura del Evangelio –“Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud”−, el Pontífice evidenció que precisamente “la alegría es el signo del cristiano: un cristiano sin alegría o no es cristiano o está enfermo”, su salud cristiana “no está bien”. Y, añadió, “una vez dije que hay cristianos con la cara avinagrada: siempre con la cara roja e incluso el alma está así. ¡Y esto es feo!”. Estos “no son cristianos”, porque “un cristiano sin alegría no es cristiano”.

Para el cristiano, en efecto, la alegría está presente “también en el dolor, en las tribulaciones, incluso en las persecuciones”. Al respecto el Papa invitó a mirar a los mártires de los primeros siglos −como las santas Felicidad, Perpetua e Inés− que “iban al martirio como si fuesen a las bodas”. He aquí entonces, “la gran alegría cristiana” que “es también la que custodia la paz y custodia el amor”.

Por lo tanto, tres palabras clave: paz, amor y alegría. No vienen, de hecho, “del mundo” sino del Padre. Por lo demás, explicó, es el Espíritu Santo “quien realiza esta paz; quien realiza este amor que viene del Padre; quien lleva a cabo el amor entre el Padre y el Hijo y que luego llega a nosotros; que nos da la alegría”. Sí, dijo, “es el Espíritu Santo, siempre el mismo; ¡el gran olvidado de nuestra vida!”. Y al respecto el Papa, dirigiéndose a los presentes, confesó su deseo de preguntar, pero “¡no lo haré!” especificó, cuántos rezan al Espíritu Santo. “¡No, no alcéis la mano!” y añadió en seguida con una sonrisa; la cuestión, repitió, es que el Espíritu Santo es verdaderamente “¡el gran olvidado!”. Pero es “Él el don que nos da la paz, que nos enseña a amar y nos colma de alegría”.

Y, como conclusión, el Pontífice repitió la oración inicial de la misa, en la que “hemos pedido al Señor: ¡custodia tu don!”. Juntos, dijo, “hemos pedido la gracia para que el Señor custodie siempre el Espíritu Santo en nosotros, el Espíritu que nos enseña a amar, nos colma de alegría y nos da la paz”.

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BENEDICTO XVI

Regina Coeli 2009 − Homilía 2012

Regina Coeli 2009

Temer a Dios y practicar la justicia

Queridos hermanos y hermanas:

(…) La historia de la salvación comienza con la elección de un hombre, Abraham, y de un pueblo, Israel, pero su intención es la universalidad, la salvación de todos los pueblos. La historia de la salvación está marcada siempre por esta mezcla de particularidad y universalidad. En la primera lectura de hoy vemos bien este nexo: san Pedro, al ver en la casa de Cornelio la fe de los paganos y su deseo de Dios, dice: “Está claro que Dios no hace distinciones: acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea” (Hch 10, 34-35). El objetivo más profundo de todo diálogo interreligioso es temer a Dios y practicar la justicia, aprender esto y abrir así el mundo al reino de Dios.

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Homilía 2012

Enviados al mundo para llevar el Evangelio y la salvación

(…) Queridos amigos: la primera lectura nos ha presentado un momento importante en el que se manifiesta precisamente la universalidad del mensaje cristiano y de la Iglesia: san Pedro, en la casa de Cornelio, bautizó a los primeros paganos. En el Antiguo Testamento Dios había querido que la bendición del pueblo judío no fuera exclusiva, sino que se extendiera a todas las naciones. Desde la llamada de Abrahán había dicho: «En ti serán benditas todas las familias de la tierra» (Gn 12, 3). Y así Pedro, inspirado desde lo alto, comprende que «Dios no hace acepción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea» (Hch 10, 34-35). El gesto realizado por Pedro se convierte en imagen de la Iglesia abierta a toda la humanidad. Siguiendo la gran tradición de vuestra Iglesia y de vuestras comunidades, sed testigos auténticos del amor de Dios hacia todos.

Pero, ¿cómo podemos nosotros, con nuestra debilidad, llevar este amor? San Juan, en la segunda lectura, nos ha dicho con fuerza que la liberación del pecado y de sus consecuencias no es iniciativa nuestra, sino de Dios. No hemos sido nosotros quienes lo hemos amado a él, sino que es él quien nos ha amado a nosotros y ha tomado sobre sí nuestro pecado y lo ha lavado con la sangre de Cristo. Dios nos ha amado primero y quiere que entremos en su comunión de amor, para colaborar en su obra redentora.

En el pasaje del Evangelio ha resonado la invitación del Señor: «Os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca» (Jn 15, 16). Son palabras dirigidas de modo específico a los Apóstoles, pero, en sentido amplio, conciernen a todos los discípulos de Jesús. Toda la Iglesia, todos nosotros hemos sido enviados al mundo para llevar el Evangelio y la salvación. Pero la iniciativa siempre es de Dios, que llama a los múltiples ministerios, para que cada uno realice su propia parte para el bien común. Llamados al sacerdocio ministerial, a la vida consagrada, a la vida conyugal, al compromiso en el mundo, a todos se les pide que respondan con generosidad al Señor, sostenidos por su Palabra, que nos tranquiliza: «No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido» (ib.) (…).

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DIRECTORIO HOMILÉTICO

Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos

CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA

La oración de Cristo en la Última Cena

LA ORACION DE LA HORA DE JESUS

2746. Cuando ha llegado su hora, Jesús ora al Padre (cf Jn 17). Su oración, la más larga transmitida por el Evangelio, abarca toda la Economía de la creación y de la salvación, así como su Muerte y su Resurrección. Al igual que la Pascua de Jesús, sucedida “una vez por todas”, permanece siempre actual, de la misma manera la oración de la “hora de Jesús” sigue presente en la Liturgia de la Iglesia.

2747. La tradición cristiana acertadamente la denomina la oración “sacerdotal” de Jesús. Es la oración de nuestro Sumo Sacerdote, inseparable de su sacrificio, de su “paso” [pascua] hacia el Padre donde él es “consagrado” enteramente al Padre (cf Jn 17, 11. 13. 19).

2748. En esta oración pascual, sacrificial, todo está “recapitulado” en El (cf Ef 1, 10): Dios y el mundo, el Verbo y la carne, la vida eterna y el tiempo, el amor que se entrega y el pecado que lo traiciona, los discípulos presentes y los que creerán en El por su palabra, la humillación y la Gloria. Es la oración de la unidad.

2749. Jesús ha cumplido toda la obra del Padre, y su oración, al igual que su sacrificio, se extiende hasta la consumación de los siglos. La oración de la “hora de Jesús” llena los últimos tiempos y los lleva hacia su consumación. Jesús, el Hijo a quien el Padre ha dado todo, se entrega enteramente al Padre y, al mismo tiempo, se expresa con una libertad soberana (cf Jn 17, 11. 13. 19. 24) debido al poder que el Padre le ha dado sobre toda carne. El Hijo que se ha hecho Siervo, es el Señor, el Pantocrator. Nuestro Sumo Sacerdote que ruega por nosotros es también el que ora en nosotros y el Dios que nos escucha.

2750. Si en el Santo Nombre de Jesús, nos ponemos a orar, podemos recibir en toda su hondura la oración que él nos enseña: “Padre Nuestro”. La oración sacerdotal de Jesús inspira, desde dentro, las grandes peticiones del Padrenuestro: la preocupación por el Nombre del Padre (cf Jn 17, 6. 11. 12. 26), el deseo de su Reino (la Gloria; cf Jn 17, 1. 5. 10. 24. 23-26), el cumplimiento de la voluntad del Padre, de su Designio de salvación (cf Jn 17, 2. 4 .6. 9. 11. 12. 24) y la liberación del mal (cf Jn 17, 15).

2751. Por último, en esta oración Jesús nos revela y nos da el “conocimiento” indisociable del Padre y del Hijo (cf Jn 17, 3. 6-10. 25) que es el misterio mismo de la vida de oración.

Dios es amor

III. DIOS, “EL QUE ES”, ES VERDAD Y AMOR

214. Dios, “El que es”, se reveló a Israel como el que es “rico en amor y fidelidad” (Ex 34,6). Estos dos términos expresan de forma condensada las riquezas del Nombre divino. En todas sus obras, Dios muestra su benevolencia, su bondad, su gracia, su amor; pero también su fiabilidad, su constancia, su fidelidad, su verdad. “Doy gracias a tu nombre por tu amor y tu verdad” (Sal 138,2; cf. Sal 85,11). Él es la Verdad, porque “Dios es Luz, en él no hay tiniebla alguna” (1 Jn 1,5); él es “Amor”, como lo enseña el apóstol Juan (1 Jn 4,8).

Dios es Amor

218. A lo largo de su historia, Israel pudo descubrir que Dios sólo tenía una razón para revelársele y escogerlo entre todos los pueblos como pueblo suyo: su amor gratuito (cf. Dt 4,37; 7,8; 10,15). E Israel comprendió, gracias a sus profetas, que también por amor Dios no cesó de salvarlo (cf. Is 43,1-7) y de perdonarle su infidelidad y sus pecados (cf. Os 2).

219. El amor de Dios a Israel es comparado al amor de un padre a su hijo (Os 11,1). Este amor es más fuerte que el amor de una madre a sus hijos (cf. Is 49,14-15). Dios ama a su Pueblo más que un esposo a su amada (Is 62,4-5); este amor vencerá incluso las peores infidelidades (cf. Ez 16; Os 11); llegará hasta el don más precioso: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único” (Jn 3,16).

220. El amor de Dios es “eterno” (Is 54,8). “Porque los montes se correrán y las colinas se moverán, mas mi amor de tu lado no se apartará” (Is 54,10). “Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti” (Jr 31,3).

221. Pero S. Juan irá todavía más lejos al afirmar: “Dios es Amor” (1 Jn 4,8.16); el ser mismo de Dios es Amor. Al enviar en la plenitud de los tiempos a su Hijo único y al Espíritu de Amor, Dios revela su secreto más íntimo (cf. 1 Cor 2,7-16; Ef 3,9-12); él mismo es una eterna comunicación de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y nos ha destinado a participar en Él.

231. El Dios de nuestra fe se ha revelado como El que es; se ha dado a conocer como “rico en amor y fidelidad” (Ex 34,6). Su Ser mismo es Verdad y Amor.

IV. LAS OBRAS DIVINAS Y LAS MISIONES TRINITARIAS

257. “O lux beata Trinitas et principalis Unitas!” (“¡Oh Trinidad, luz bienaventurada y unidad esencial!”) (LH, himno de vísperas) Dios es eterna beatitud, vida inmortal, luz sin ocaso. Dios es amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios quiere comunicar libremente la gloria de su vida bienaventurada. Tal es el “designio benevolente” (Ef 1,9) que concibió antes de la creación del mundo en su Hijo amado, “predestinándonos a la adopción filial en él” (Ef 1,4-5), es decir, “a reproducir la imagen de su Hijo” (Rom 8,29) gracias al “Espíritu de adopción filial” (Rom 8,15). Este designio es una “gracia dada antes de todos los siglos” (2 Tm 1,9-10), nacido inmediatamente del amor trinitario. Se despliega en la obra de la creación, en toda la historia de la salvación después de la caída, en las misiones del Hijo y del Espíritu, cuya prolongación es la misión de la Iglesia (cf. AG 2-9).

El Espíritu Santo, El Don de Dios

733. “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8. 16) y el Amor que es el primer don, contiene todos los demás. Este amor “Dios lo ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5, 5).

I. “HOMBRE Y MUJER LOS CREO…”

2331. “Dios es amor y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su imagen… Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación, y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión” (FC 11).

Dios creó el hombre a imagen suya…hombre y mujer los creó (Gn 1,27). Creced y multiplicaos (Gn 1,28); el día en que Dios creó al hombre, le hizo a imagen de Dios. Los creó varón y hembra, los bendijo, y los llamó Hombre en el día de su creación (Gn 5,1-2).

2577. De esta intimidad con el Dios fiel, tardo a la cólera y rico en amor (cf Ex 34, 6), Moisés ha sacado la fuerza y la tenacidad de su intercesión. No pide por él, sino por el pueblo que Dios ha adquirido. Moisés intercede ya durante el combate con los amalecitas (cf Ex 17, 8-13) o para obtener la curación de Myriam (cf Nm 12, 13-14). Pero es sobre todo después de la apostasía del pueblo cuando “se mantiene en la brecha” ante Dios (Sal 106, 23) para salvar al pueblo (cf Ex 32, 1-34, 9). Los argumentos de su oración (la intercesión es también un combate misterioso) inspirarán la audacia de los grandes orantes tanto del pueblo judío como de la Iglesia. Dios es amor, por tanto es justo y fiel; no puede contradecirse, debe acordarse de sus acciones maravillosas, su Gloria está en juego, no puede abandonar al pueblo que lleva su Nombre.

El amor a Dios y al prójimo observa los Mandamientos

1789. En todos los casos son aplicables las siguientes reglas:

–Nunca está permitido hacer el mal para obtener un bien.

–La “regla de oro”: “Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros” (Mt 7,12; cf. Lc 6,31; Tb 4,15).

–La caridad actúa siempre en el respeto del prójimo y de su conciencia: “Pecando así contra vuestros hermanos, hiriendo su conciencia…pecáis contra Cristo” (1 Co 8,12). “Lo bueno es…no hacer cosa que sea para tu hermano ocasión de caída, tropiezo o debilidad” (Rom 14,21).

La caridad

1822. La caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios.

1823. Jesús hace de la caridad el mandamiento nuevo (cf Jn 13,34). Amando a los suyos “hasta el fin” (Jn 13,1), manifiesta el amor del Padre que ha recibido. Amándose unos a otros, los discípulos imitan el amor de Jesús que reciben también en ellos. Por eso Jesús dice: “Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor” (Jn 15,9). Y también: “Este es el mandamiento mío: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 15,12).

1824. Fruto del Espíritu y plenitud de la ley, la caridad guarda los mandamientos de Dios y de Cristo: “Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor” (Jn 15,9-10; cf Mt 22,40; Rm 13,8-10).

1825. Cristo murió por amor a nosotros cuando éramos todavía enemigos (cf Rm 5,10). El Señor nos pide que amemos como él hasta nuestros enemigos (cf Mt 5,44), que nos hagamos prójimos del más lejano (cf Lc 10,27-37), que amemos a los niños (cf Mc 9,37) y a los pobres como a él mismo (cf Mt 25,40.45).

El apóstol S. Pablo ofrece una descripción incomparable de la caridad: La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta (1 Co 13,4-7).

1826. “Si no tengo caridad −dice también el apóstol− nada soy…”. Y todo lo que es privilegio, servicio, virtud misma…”si no tengo caridad, nada me aprovecha” (1 Co 13,1-4). La caridad es superior a todas las virtudes. Es la primera de las virtudes teologales: “Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad” (1 Co 13,13).

1827. El ejercicio de todas las virtudes está animado e inspirado por la caridad. Esta es “el vínculo de la perfección” (Col 3,14); es la forma de las virtudes; las articula y las ordena entre sí; es fuente y término de su práctica cristiana. La caridad asegura y purifica nuestra facultad humana de amar. La eleva a la perfección sobrenatural del amor divino.

1828. La práctica de la vida moral animada por la caridad da al cristiano la libertad espiritual de los hijos de Dios. Este no se halla ante Dios como un esclavo, en el temor servil, ni como el mercenario en busca de un jornal, sino como un hijo que responde al amor del “que nos amó primero” (1 Jn 4,19):

O nos apartamos del mal por temor del castigo y estamos en la disposición del esclavo, o buscamos el incentivo de la recompensa y nos parecemos a mercenarios, o finalmente obedecemos por el bien mismo del amor del que manda…y entonces estamos en la disposición de hijos (S. Basilio, reg. fus. prol. 3).

1829. La caridad tiene por frutos el gozo, la paz y la misericordia. Exige la práctica del bien y la corrección fraterna; es benevolencia; suscita la reciprocidad; es siempre desinteresada y generosa; es amistad y comunión:

La culminación de todas nuestras obras es el amor. Ese es el fin; para conseguirlo, corremos; hacia él corremos; una vez llegados, en él reposamos (S. Agustín, ep. Jo. 10,4).

2067. Los diez mandamientos enuncian las exigencias del amor de Dios y del prójimo. Los tres primeros se refieren más al amor de Dios y los otros siete más al amor del prójimo.

Como la caridad comprende dos preceptos en los que el Señor condensa toda la ley y los profetas…, así los diez preceptos se dividen en dos tablas: tres están escritos en una tabla y siete en la otra (S. Agustín, serm. 33,2,2).

2068. El Concilio de Trento enseña que los diez mandamientos obligan a los cristianos y que el hombre justificado está también obligado a observarlos (cf DS 1569-70). Y el Concilio Vaticano II lo afirma: “Los obispos, como sucesores de los apóstoles, reciben del Señor…la misión de enseñar a todos los pueblos y de predicar el Evangelio a todo el mundo para que todos los hombres, por la fe, el bautismo y el cumplimiento de los mandamientos, consigan la salvación” (LG 24).

La unidad del Decálogo

2069. El Decálogo forma un todo indisociable. Cada una de las “diez palabras” remite a cada una de las demás y al conjunto; se condicionan recíprocamente. Las dos tablas se iluminan mutuamente; forman una unidad orgánica. Transgredir un mandamiento es quebrantar todos los otros (cf St 2,10-11). No se puede honrar a otro sin bendecir a Dios su Creador. No se podría adorar a Dios sin amar a todos los hombres, sus criaturas. El Decálogo unifica la vida teologal y la vida social del hombre.

La amistad con Cristo

2347. La virtud de la castidad se desarrolla en la amistad. Indica al discípulo cómo seguir e imitar al que nos eligió como sus amigos (cf Jn 15,15), se dio totalmente a nosotros y nos hace participar de su condición divina. La castidad es promesa de inmortalidad.

La castidad se expresa especialmente en la amistad con el prójimo. Desarrollada entre personas del mismo sexo o de sexos distintos, la amistad representa un gran bien para todos. Conduce a la comunión espiritual.

III. LA ORACION DE CONTEMPLACION

2709. ¿Qué es esta oración? Santa Teresa responde: “no es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (vida 8).

La contemplación busca al “amado de mi alma” (Ct 1, 7; cf Ct 3, 1-4). Esto es, a Jesús y en él, al Padre. Es buscado porque desearlo es siempre el comienzo del amor, y es buscado en la fe pura, esta fe que nos hace nacer de él y vivir en él. En la contemplación se puede también meditar, pero la mirada está centrada en el Señor.

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RANIERO CANTALAMESSA

El «deber» de amar

En el Evangelio de este Domingo nos encontramos con una afirmación, repetida dos veces, que debemos entender bien. Jesús dice a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor».

Hasta aquí, ninguna dificultad. Pero, después, añade: «Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado… Esto os mando: que os améis unos a otros».

¿El amor, un mandamiento? ¿Se puede hacer del amor un mandamiento sin destruirlo? ¿Qué amor es éste, pensamos nosotros los hombres, si no es libre sino mandado? Amar a Dios con toda el alma y con todas las fuerzas es definido como «el primero y más grande de los mandamientos» y amar al prójimo como a sí mismos, el «segundo mandamiento» semejante al primero (cfr. Mateo 22, 37-39). ¿Qué relación puede haber entre amor y deber desde el momento en que uno representa la espontaneidad y el otro la obligación?

Para poder responder a esta objeción, es necesario saber que hay dos tipos de mandamientos. Hay un mandamiento o una obligación, que proviene desde el exterior, de una voluntad distinta a la mía, y hay un mandamiento u obligación, que proviene desde dentro y que nace de la misma cosa. La piedra, lanzada al aire o la manzana, que cae del árbol, están «obligadas» a caer, no pueden dejar de hacerla; no porque alguien se lo impone, sino porque hay en ellas una fuerza interior, la de la gravedad, que las atrae hacia el centro de la tierra.

Igualmente, hay dos modos según los cuales el hombre puede ser inducido o a hacer o a no hacer una determinada cosa: o por obligación o por atracción. La ley y los mandamientos ordinarios le estimulan según el primer modo: por obligación, junto con la amenaza del castigo; el amor lo estimula por el segundo modo: por atracción, por un empuje interno. En efecto, cada uno es atraído por aquello que ama, sin que soporte obligación alguna del exterior. Muéstrale a un niño un juego y lo verás lanzarse a cogerlo. ¿Quién le empuja? Nadie; es atraído por el objeto de su deseo. Muestra el bien a un alma con sed de la verdad y se lanzará hacia él. ¿Quién la empuja? Nadie; es atraída por su deseo. El amor, dice san Agustín, es como una «obligación» del alma, que le atrae hacia el objeto del propio placer, en el que sabe que encontrará el propio descanso. En este sentido es por lo que el amor es un mandamiento. Él, Jesucristo, es más, consigue hacer que alguien haga lo que ninguna ley externa y escrita estaría en disposición de incitar a hacer; esto es, dar la vida por alguien.

Pero, si es así, esto es, si nosotros somos atraídos espontáneamente por el bien y por la verdad, que es Dios, ¿qué necesidad había, se dirá, de hacer de este amor un mandamiento y un deber? La respuesta es ésta: mientras que estamos acorralados por otros bienes en este mundo, estamos en peligro de equivocar el blanco, de tender hacia los bienes falsos y así perder el Sumo Bien. Al igual como una pequeña navecilla espacial, dirigida hacia el sol, deberá seguir ciertas reglas para no caer dentro de la esfera de gravedad de cualquier otro planeta o satélite intermedio, equivocando la propia trayectoria, así también nosotros en el tender hacia Dios. Los mandamientos de Dios nos ayudan a esto. Son para nuestro bien, no para el de Dios.

Ahora bien, yo quisiera explicar cómo todo esto no es un razonamiento abstracto y quieto en el aire, sino que tiene del mismo modo un impacto directo en la vida y en el amor humano. Los jóvenes de hoy frecuentemente se preguntan siempre más: ¿por qué el matrimonio? El matrimonio es una institución; una vez contraído, vincula, obliga a ser fieles y a amar durante toda la vida. Ahora bien, ¿qué necesidad tiene el amor, que es un instinto, espontaneidad, lanzamiento vital, de transformarse en un deber? Así, nosotros vemos que son siempre más numerosos los que rechazan la institución matrimonial y eligen el así llamado amor libre o la simple convivencia. Es éste, como se ve, un problema serio, al que hemos de dar una respuesta convincente, que sólo nos permite dar la palabra de Dios.

Un filósofo, al que ya conocemos, Kierkegaard, ha escrito: «Únicamente cuando existe el deber de amar, solamente entonces el amor está garantizado para siempre contra toda variación; está eternamente liberado en dichosa independencia; está asegurado en eterna bienaventuranza contra toda desesperación». Palabras, a primera vista, enigmáticas; pero, cuyo sentido es muy sencillo. Quieren decir: el hombre, que ama verdaderamente, quiere amar para siempre. El amor tiene necesidad de tener como perspectiva la eternidad; si no, no es más que una broma, un «amable malentendido» o un «peligroso pasatiempo», como lo llama este filósofo, que él mismo había hecho del amor humano una experiencia sufrida y profundísima. Por eso, cuanto más intensamente uno ama, más percibe con angustia el peligro, que corre este su amor, peligro que no proviene de los demás sino de sí mismo.

En efecto, él sabe bien que es voluble y que mañana, ay de mí, podría cansarse ya y no amar más. Y, dado que ahora vive en el amor, distingue con claridad qué pérdida irreparable comportaría esto; he aquí que se avisa de antemano «vinculándose» a amar para siempre. El deber sustrae al amor de lo voluble y lo ancla en la eternidad.

Mostrando la profunda y vital relación, que hay entre el deber y el amor, entre la decisión y la institución, la palabra de Dios nos ayuda a responder así a aquellas preguntas y a dar a los jóvenes un motivo válido para «obligarse» a amar para siempre. El deber de amar resguarda al amor de la desesperación y lo hace dichoso e independiente en el sentido de que protege contra la desesperación por no poder amar para siempre. Quien ama es muy feliz del «deber» de amar; esto le parece el mandamiento más hermoso y liberalizador del mundo.

Una imagen de todo esto la tenemos en la historia de Ulises. En su regreso hacia la patria, Ulises debía atravesar un tramo de mar habitado por las Sirenas. Sabía que muchos marineros, pasando cerca de ellas y hechizados por su canto, habían naufragado. Y, dado que amaba a su mujer Penélope y quería a toda costa, junto con su patria Itaca, volverla a ver, ¿qué hizo? Se hizo atar al árbol de la nave por sus marineros, ordenando que no se le soltara por ningún motivo, incluso si él mismo les conjurara a hacerla (a sus compañeros les había hecho taponar sus oídos, para que ellos mis. mas no quedaran hechizados). Llegaron al lugar; embelesado por el canto de las Sirenas, Ulises gritó y enloqueció; pero, las cuerdas le salvaron de no haber cedido y de estar aún en ruta hacia su hogar. El estar espontáneamente atado, lo salvó del naufragio.

El «mandamiento» o el deber de amar protege al amor no solo de cansarse y volverse hacia atrás, cambiando el objeto del propio amor (en el caso del matrimonio, con la separación y el divorcio); pero, además, del otro mal sombrío del amor, que se llama costumbre, y que lo esconde todo, extinguiendo toda alegría y todo entusiasmo. El deber es nuevo cada día, a diferencia del instinto, de la atracción natural, del atrevimiento espontáneo, que va y viene, y se debilita inexorablemente con el pasar del tiempo.

El muchacho de hoy, tal vez después de pocos días de que la conoce, tiene por costumbre pedirle a la muchacha «la prueba» de que le ama; y por costumbre se sabe bien en qué consiste esta prueba y qué le puede costar a la muchacha para toda la vida. Es un rescate, no un signo de amor. Pero, aparte de todo esto, ¿qué prueba es aquélla? ¿Qué puede probar? Pedir aquel cierto tipo de prueba, que consiste en quemar, como se suele decir, las etapas, es el signo más claro de que no se está seguro ni del propio amor ni del de la otra persona. Es como el ciudadano, que en primavera, apenas hay un poco de sol, se apresura a recoger del campo su heno no fiándose del tiempo que hará una hora después.

Sí, sería una «prueba»; no sólo a pedir sino ante todo a dar al otro. Es tener la valentía de hacer la promesa de que será para siempre, una vez que se han conocido suficientemente y los tiempos estén maduros. Con esta promesa, es como si cada uno dijese al otro: « Yo quiero amarte para siempre y, para estar seguro de poderlo hacer, me uno ya a ti, me caso». Las muchachas (al menos, la mayoría de ellas) es esto lo que quieren y tienen todo el derecho a exigido, visto lo que ellas, previamente, empeñan en la aventura del amor. Muchas son bastante inteligentes y enérgicas para hacer valer este sacrosanto derecho y conducen con dulzura y firmeza a su muchacho a este punto de madurez. Otras, desgraciadamente, no; temen perderle. ¡Cuántos dramas para los mismos jóvenes, que en estas peleas queman frecuentemente lo mejor de su vida y comprometen su futuro para siempre; dramas para los padres, que impotentes se sienten obligados a asentir; dramas para la sociedad sobre la que, indirectamente, terminan por caer las consecuencias de los errores en este campo!

Concluyamos volviendo al plano religioso y espiritual de la disertación desde el que hemos partido. El amor es un tema poético; es fácil entusiasmarse por él. Pero, la poesía no basta. Es necesaria la gracia. La gracia significa la ayuda, que viene de lo alto, que sana nuestra capacidad de amar, herida y debilitada por el egoísmo, y que da constancia y perseverancia. El mismo evangelista Juan, quien en el Evangelio nos transmite el «mandamiento» de amar, en la segunda lectura nos indica la fuente desde dónde alcanzar la fuerza para ponerlo en práctica. Dice:

«Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados».

Antes que el mismo «mandamiento» de amar, Dios nos da la «gracia», esto es, el «don» de poderlo hacer. Él, el primero, se ha «vinculado», ha establecido con nosotros una alianza «eterna». En efecto, la Encarnación ha sido su esponsalicio con la humanidad. No nos ha amado el primero una sola vez, al comienzo, sino siempre, cada día, en cada momento, nos ama el primero. Por este su amor, nosotros podemos alcanzar la fuerza para amar a nuestra vez a Dios, al prójimo, al cónyuge; y para obtener el perdón, cada vez que hemos fallado en hacerla.

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[1] Mt 22, 40

[2] Mt 7, 12

[3] Rm 13, 10

[4] Jn 16, 12