IV Diumenge de Pasqua cicle B

Comentaris sobre les lectures pròpies de la Santa Missa per a meditar i preparar l’homilia

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DEL MISAL MENSUAL

ANTÍFONA DE ENTRADA Cfr. Sal 32,5-6

La tierra está llena del amor del Señor y su palabra hizo los cielos. Aleluya.

ORACIÓN COLECTA

Dios todopoderoso y eterno, te pedimos que nos lleves a gozar de las alegrías celestiales, para que tu rebaño, a pesar de su fragilidad, llegue también a donde lo precedió su glorioso Pastor. Él, que vive y reina contigo …

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

Sólo Jesús puede salvarnos.

Del libro de los Hechos de los Apóstoles: 4, 8-12

En aquellos días, Pedro, lleno del Espíritu Santo, dijo: “Jefes del pueblo y ancianos: Puesto que hoy se nos interroga acerca del beneficio hecho a un hombre enfermo, para saber cómo fue curado, sépanlo ustedes y sépalo todo el pueblo de Israel: este hombre ha quedado sano en el nombre de Jesús de Nazaret, a quien ustedes crucificaron y a quien Dios resucitó de entre los muertos. Este mismo Jesús es la piedra que ustedes, los constructores, han desechado y que ahora es la piedra angular. Ningún otro puede salvarnos, pues en la tierra no existe ninguna otra persona a quien Dios haya constituido como salvador nuestro”.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

SALMO RESPONSORIAL

Del salmo 117, 1 y 8-9. 21-23. 26 y 28cd y 29.

R/. La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular. Aleluya.

Te damos gracias, Señor, porque eres bueno, porque tu misericordia es eterna. Más vale refugiarse en el Señor, que poner en los hombres la confianza; más vale refugiarse en el Señor, que buscar con los fuertes una alianza. R/.

Te doy gracias, Señor, pues me escuchaste y fuiste para mí la salvación. La piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra angular. Esto es obra de la mano del Señor, es un milagro patente. R/.

Bendito el que viene en nombre del Señor. Que Dios desde su templo nos bendiga. Tú eres mi Dios, y te doy gracias. Tú eres mi Dios, y yo te alabo. Te damos gracias, Señor, porque eres bueno, porque tu misericordia es eterna. R/.

SEGUNDA LECTURA

Veremos a Dios tal cual es.

De la primera carta del apóstol san Juan: 3, 1-2

Queridos hijos: Miren cuánto amor nos ha tenido el Padre, pues no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos. Si el mundo no nos reconoce, es porque tampoco lo ha reconocido a él.

Hermanos míos, ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado cómo seremos al fin. Y ya sabemos que, cuando él se manifieste, vamos a ser semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.

Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Jn 10, 14

R/. Aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor, dice el Señor; yo conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí. R/.

EVANGELIO

El buen pastor da la vida por sus ovejas.

+ Del santo Evangelio según san Juan: 10, 11-18

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas. En cambio, el asalariado, el que no es el pastor ni el dueño de las ovejas, cuando ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; el lobo se arroja sobre ellas y las dispersa, porque a un asalariado no le importan las ovejas.

Yo soy el buen pastor, porque conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí, así como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre. Yo doy la vida por mis ovejas. Tengo además otras ovejas que no son de este redil y es necesario que las traiga también a ellas; escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor.

El Padre me ama porque doy mi vida para volverla a tomar. Nadie me la quita; yo la doy porque quiero. Tengo poder para darla y lo tengo también para volverla a tomar. Este es el mandato que he recibido de mi Padre”.

Palabra del Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Concédenos, Señor, vivir siempre llenos de gratitud por estos misterios pascuales que celebramos, para que, continuamente renovados por su acción se conviertan para nosotros en causa de eterna felicidad. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN

Ha resucitado el Buen Pastor, que dio la vida por sus ovejas y se entregó a la muerte por su rebaño. Aleluya.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Buen Pastor, vela con solicitud por tu rebaño y dígnate conducir a las ovejas que redimiste con la preciosa sangre de tu Hijo, a las praderas eternas. Por Jesucristo, nuestro Señor.

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BIBLIA DE NAVARRA

Dios no ha dado a la humanidad otro Salvador que Jesús de Nazaret (Hch 4,8-12)

1ª lectura

Las palabras de Pedro se enmarcan en el primer conflicto de los Apóstoles con las autoridades de Jerusalén. Estamos ante otro episodio paradigmático del poder de Dios manifestado en los comienzos de la Iglesia: la curación de un enfermo. Se repite, como en vida de Cristo, la cerrazón de dirigentes espirituales del pueblo ante los milagros, ahora de los Apóstoles.

Las palabras del v. 12 son de una fuerza impresionante: no nos ha dado Dios a la humanidad otro Salvador que Jesús de Nazaret. Así de escueto y así de claro. Dios nos salva en su Hijo, Jesucristo, con arreglo a un arcano designio que preparó durante siglos y realizó en la «plenitud de los tiempos» (cfr Ef 1,7-10): «El redentor del hombre, Jesucristo, es el centro del cosmos y de la historia. (…) Dios ha entrado en la historia de la humanidad y, en cuanto hombre, se ha convertido en sujeto suyo, uno de los millones y millones, y al mismo tiempo Único. A través de la encarnación, Dios ha dado a la vida humana la dimensión que quería dar al hombre desde sus comienzos y la ha dado de manera definitiva —de modo peculiar a Él solo, según su eterno amor y su misericordia, con toda la libertad divina— y, a la vez, con una magnificencia que, frente al pecado original y a toda la historia de los pecados de la humanidad, frente a los errores del entendimiento, de la voluntad y del corazón humano, nos permite repetir con estupor las palabras de la sagrada liturgia: ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!» (Juan Pablo II, Redemptor hominis, n. 1).

Somos hijos de Dios (1 Jn 3,1-2)

2ª lectura

La filiación divina es una realidad espléndida por la que Dios da gratuitamente a los bautizados una dignidad estrictamente sobrenatural, que nos introduce en la intimidad divina y nos hace domestici Dei, familiares de Dios (cfr Ef 2,19). Ésa es la gran osadía de la fe cristiana: proclamar el valor y la dignidad de la humana naturaleza, y afirmar que, mediante la gracia que nos eleva al orden sobrenatural, hemos sido creados para alcanzar la dignidad de hijos de Dios (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 133).

El Buen Pastor (Jn 10, 11-18)

Evangelio

San Juan muestra ahora cómo los hombres podemos llegar a la salvación por la fe en Cristo y por medio de su gracia. Jesús es la puerta por la que se entra en la vida eterna, el Buen Pastor que nos conduce y ha dado su vida por nosotros. Con las imágenes del pastor, las ovejas y el redil, se evoca un tema preferido de la predicación profética en el Antiguo Testamento: el pueblo elegido es el rebaño y el Señor su pastor (cfr Sal 23). Los profetas, especialmente Jeremías y Ezequiel (Jr 23,1-6; Ez 34,1-31), ante la infidelidad de los reyes y sacerdotes, a quienes también se aplicaba el nombre de pastores, prometen unos pastores nuevos. Más aún: Ezequiel señala que Dios iba a suscitar un Pastor único, semejante a David, que apacentaría sus ovejas, de modo que estuvieran seguras (Ez 34,23-31). Jesús se presenta como ese Buen Pastor que cuida de sus ovejas. Se cumplen, por tanto, en Él las antiguas profecías. El arte cristiano se inspiró muy pronto en esta figura entrañable del Buen Pastor y dejó así representado el amor de Cristo por cada uno de nosotros.

El Buen Pastor conoce a cada una de sus ovejas, las llama por su nombre (v. 14; cfr v. 3). En este cuidado solícito se entrevé una exhortación a los futuros pastores de la Iglesia, como más tarde explicará San Pedro: «Apacentad la grey de Dios que se os ha confiado, gobernando no a la fuerza, sino de buena gana según Dios; no por mezquino afán de lucro, sino de corazón» (1 P 5,2). «Recuerden [los presbíteros] que su ministerio sacerdotal (…) está ordenado —de manera particular— a la gran solicitud del Buen Pastor, que es la solicitud por la salvación de todo hombre. Todos debemos recordar esto: que a ninguno de nosotros es lícito merecer el nombre de mercenario, o sea, uno que no es pastor dueño de las ovejas, uno que ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye, porque es asalariado y no le importan las ovejas. La solicitud de todo buen pastor es que los hombres tengan vida, y la tengan en abundancia, para que ninguno se pierda, sino que tengan la vida eterna. Esforcémonos para que esta solicitud penetre profundamente en nuestras almas: tratemos de vivirla. Sea ella la que caracterice nuestra personalidad, y esté en la base de nuestra identidad sacerdotal» (Juan Pablo II, Carta a todos los sacerdotes, n. 7).

Como sucede a menudo a lo largo del evangelio, aquí hay una referencia explícita a la eficacia redentora del sacrificio de Cristo (cfr vv. 15-17). Jesús da su vida incluso por las ovejas que no son del redil de Israel. Su misión es universal pues convoca a todos los hijos de Dios en la unidad de la Iglesia (v. 16).

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SAN GREGORIO MAGNO

“El buen pastor sacrifica su vida por las ovejas”

En la lección del santo Evangelio habéis oído lo que es vuestra instrucción; habéis oído también en la lección del santo Evangelio cuál es nuestro riesgo. Vedlo aquí: Aquel que, no por gracia accidental, sino por esencia es bueno, dice: Yo soy el buen pastor; y añade en qué consiste su bondad, que nosotros debemos imitar, cuando dice: El buen pastor sacrifica su vida por sus ovejas.

El hizo lo que aconsejó, Él puso en práctica lo que mandó. Pastor bueno, dio su vida por sus ovejas, para dar en nuestro sacramento su cuerpo, y derramar su sangre, y saciar con el alimento de su carne a las ovejas que había redimido. Ya se nos ha manifestado el camino del desprecio de la muerte, el cual debemos seguir nosotros; se nos ha dado la norma a la cual debemos conformarnos.

Para nosotros, lo primero es emplear misericordiosamente nuestros bienes exteriores en las ovejas de Él; pero lo último, si fuera necesario, ofrendar hasta la vida por las mismas ovejas. Desde aquel mínimo principio se llega hasta este último extremo.

Ahora bien, siendo el alma, por la cual vivimos, incomparablemente mucho mejor que los bienes terrenos que exteriormente poseemos, quien no da por las ovejas sus bienes, ¿cuándo dará por ellas su vida? Pues hay algunos que, por amar sus bienes más que a las ovejas, con razón pierden el nombre de pastor. Acerca de los cuales en seguida se añade: Pero el mercenario y el que no es pastor, de quien no son propias las ovejas, en viendo venir al lobo, desampara las ovejas y huye. No se llama pastor, sino mercenario, a quien apacienta las ovejas del Señor no por amor íntimo, sino por las ganancias temporales. En efecto, es mercenario quien ocupa, sí, el puesto del pastor, pero no busca las ganancias de las almas; quien codicia las comodidades de la tierra, goza con el honor de la prelatura, se apacienta con las ganancias temporales y se alegra de la reverencia que le tributan los hombres; porque éstas son las recompensas del mercenario: que encuentre aquí lo que busca por lo que trabaja en su gobierno y después quede extrañado de la heredad del Rey.

Mas, en verdad, no puede conocerse si uno es pastor o mercenario mientras falte la ocasión oportuna; porque en tiempo normal generalmente el mercenario también atiende al cuidado de la grey, como el pastor; pero, cuando viene el lobo, da a conocer con qué disposición de ánimo estaba uno guardando las ovejas.

Ahora bien, el lobo viene sobre las ovejas cuando cualquier injusto o raptor oprime a los que son fieles y humildes; y el que parecía ser pastor y no lo era, desampara las ovejas y huye, porque, como teme verse envuelto por él en algún peligro, no se atreve a oponerse a su injusticia. Huye, mas no cambiando de puesto, sino substrayendo el amparo; huye, porque ha visto la injusticia y calló; huye, porque se esconde bajo el silencio. A los cuales se dice justamente por el profeta (Ez. 53,5): Vosotros no habéis hecho frente ni os habéis opuesto, como muro, a favor de la casa de Israel para sostener la pelea en el día del Señor; porque hacer frente es contradecir libremente con la razón a cualquiera potestad que obra perversamente, y sostenemos la pelea en el día del Señor por la casa de Israel y nos oponemos como muro cuando con la autoridad de la justicia defendemos a los fieles inocentes contra la injusticia de los perversos. Por no hacer lo cual, el mercenario huye cuando viene el lobo.

Pero hay otro lobo que a diario sin cesar desgarra, no ya los cuerpos, sino las almas, es a saber, el espíritu maligno que acecha alrededor de los apriscos de los fieles y busca dar muerte a las almas. Lobo del cual se agrega a continuación: Y el lobo las arrebata y disgrega el rebaño. Viene el lobo, y el mercenario huye, porque el espíritu maligno desgarra en la tentación las almas de los fieles, y el que ocupa el puesto del pastor no tiene cuidado solícito: las almas perecen, y él se alegra de los beneficios terrenos.

El lobo arrebata y dispersa las ovejas cuando al uno le lleva a la lujuria, al otro le inflama en la avaricia, a éste le hincha con la soberbia, a ése le separa por la ira, a aquél le seduce con la envidia y al otro le suplanta con el engaño. Luego, cuando el diablo mata con las tentaciones al pueblo fiel, es como que el lobo dispersa el rebaño. Mas, contra todo esto, el mercenario no se enciende en celo alguno, no se mueve con algún fervor de la caridad, porque, como sólo busca las ganancias exteriores, sobrelleva negligente los daños interiores de la grey. Por eso también a continuación se añade: El mercenario huye, porque es asalariado y no tiene interés alguno en las ovejas. Esta es la sola razón de que el mercenario huya: que es mercenario. Como si claramente dijera: No puede mantenerse firme ante el peligro de las ovejas el que está al frente de ellas, no porque las ama, sino porque busca la ganancia temporal; pues, cuando acepta el honor, a la vez que se alegra de las ventajas temporales, teme hacer frente al peligro, para no perder lo que apetece.

Mas porque nuestro Redentor conoció las culpas del pastor fingido, de nuevo puso de manifiesto la norma a que debíamos conformarnos, diciendo: Yo soy el buen pastor; y agrega: Y conozco mis ovejas, esto es, las amo. Y mis ovejas me conocen a mí. Como si claramente dijera: Me siguen con solicitud, pues quien no ama la verdad, es que todavía no la conoce.

Ahora bien, puesto que ya conocéis nuestro peligro, deducid también de las palabras del Señor el peligro vuestro, hermanos carísimos. Ved si sois ovejas suyas, ved si le conocéis a Él, ved si conocéis la luz de la verdad. Si le conocéis, no digo por la fe, sino por el amor; si le conocéis, no digo por las creencias, sino por las obras; porque esto que El mismo dice lo atestigua San Juan Evangelista, diciendo (1Jn 2, 4): Quien dice que conoce a Dios y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está con él. Por lo mismo, en este lugar el Señor añade en seguida: Así como el Padre me conoce a mí, así yo conozco al Padre; y yo doy mi vida por mis ovejas. Como si claramente dijera: En esto consta que yo conozco al Padre y que soy conocido del Padre, en que doy mi vida por mis ovejas; esto es, en el amor con que muero por mis ovejas manifiesto cuánto amo al Padre.

Más, como había venido a redimir, no sólo a la Judea, sino también a la gentilidad, añade: Tengo otras ovejas que no son de este aprisco, las cuales debo yo recoger, y oirán mi voz y se hará un solo rebaño y un solo pastor. Cuando el Señor decía que debía recoger otras ovejas, había visto la redención nuestra, la de los que procedemos de la gentilidad. Y esto a diario estáis viendo que sucede, hermanos carísimos; esto, que los gentiles son reconciliados, lo estáis viendo realizado hoy. Hoy, cómo de dos rebaños se hace un solo redil, porque junta en una sola fe al pueblo judío y al gentil, como lo atestigua San Pablo (Ef 2, 14): Él es la paz nuestra, el que de los dos pueblos, judío y gentil, ha hecho uno. Cuando, pues, elige para la vida eterna a los sencillos de uno yotro pueblo, lleva a su propio redil las ovejas. De las cuales, en efecto, dice otra vez (Jn 10): Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna. De las cuales también dice poco antes (v. 9): El que por mi entrarese salvará, y entrará y saldrá sin tropiezos, y hallará pastos. Entrará, efectivamente, a la fe, y de la fe saldrá a la visión; de la fe, a la contemplación; mas los pastos los hallarán en la refección eterna. Las ovejas, pues, hallarán pastos, Porque quienquiera que le sigue con sencillo corazón, se nutre con el alimento de eterno verdor.

Ahora bien, ¿cuáles son los pastos de estas ovejas sino los gozos internos del paraíso siempre nuevo?, porque los pastos de los elegidos son ver cara a cara a Dios, y como se le ve sin defecto, el alma se sacia sin fin con este alimento vital. En estos pastos se han regocijado de la hartura eterna los que yahan evadido los lazos de la temporal voluptuosidad.

 Allí los coros angélicos que cantan himnos; allí la compañía de los ciudadanos del cielo; allí la dulce alegría de los que vuelven del trabajo tristes de esta peregrinación; allí los coros de los previdentes profetas; allí el justo número de los apóstoles; allí el victorioso ejército de innumerables mártires, más gozosos allí cuanto aquí más cruelmente atormentados; allí los varones fieles a los que no logró quebrantar en su firmeza viril la voluptuosidad del siglo; allí las mujeres santas que sobrepujaron al siglo y al sexo; allí los niños que aquí se adelantaron en las costumbres a sus años; allí los ancianos a quienes la edad tornó débiles, pero no los abandonó la fortaleza en las obras.

Busquemos, pues, hermanos carísimos, estos pastos en los que disfrutemos con la alegría de tales ciudadanos. El júbilo mismo de los que se alegran nos está invitando. ¡Ah! Ciertamente que, si en alguna parte el pueblo celebrase ferias, si concurriera a la dedicación de alguna iglesia, una vez anunciada la solemnidad, todos auna nos apresuraríamos a ser del concurso, y cada cual haría lo posible por estar presente; creeríase afectado por un grave perjuicio si no presenciara la solemnidad de la común alegría. Pues he aquí que en los cielos se celebra la fiesta de los ciudadanos elegidos; todos a su vez se congratulan de sí mismos en su junta; y, no obstante, nosotros, tibios en el amor de la eternidad, no ardemos en deseo alguno, no pretendemos estar presentes a tan gran solemnidad, nos privamos de aquellos gozos y estamos alegres. ¡Ea!, hermanos; inflámese nuestro ánimo, avívese la fe en aquello que creemos, enciéndanse nuestros deseos por lo de arriba, y amar así, ya es ir. No haya obstáculo que nos impida el gozo de la interior solemnidad, pues tampoco aspereza alguna del camino hace cambiar de propósito a quien desea llegar a un lugar determinado. No nos seduzca prosperidad alguna halagadora, pues necio es el viajero que, por contemplar los prados amenos del camino, se olvida de seguir a donde se proponía.

¡Ea!, suspire con todas las ganas el ánimo por la patria eterna; nada de este mundo apetezca, pues cierto es que muy pronto lo tiene que dejar, a fin de que, siendo en verdad ovejas del Pastor del cielo y no poniendo nuestro gozo en lo del camino, seamos, a la llegada, saciados con los pastos eternos por la gracia de nuestro Señor Jesucristo, Dios, que vive y reina con el Padre, en unidad del Espíritu Santo, por todos los siglos de los siglos. Amén.

(Homilías sobre los evangelios, Libro 1, Homilía 14, BAC, Madrid, 1958, pp. 588-592)

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FRANCISCO

Homilías, Regina Coeli y Mensaje del Domingo del Buen Pastor

Regina Coeli 2014

Importunar a los pastores

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El evangelista Juan nos presenta, en este IV domingo del tiempo pascual, la imagen de Jesús Buen Pastor. Contemplando esta página del Evangelio, podemos comprender el tipo de relación que Jesús tenía con sus discípulos: una relación basada en la ternura, en el amor, en el conocimiento recíproco y en la promesa de un don inconmensurable: «Yo he venido —dice Jesús— para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10, 10). Tal relación es el modelo de las relaciones entre los cristianos y de las relaciones humanas.

También hoy, como en tiempos de Jesús, muchos se proponen como «pastores» de nuestras existencias; pero sólo el Resucitado es el verdadero Pastor que nos da la vida en abundancia. Invito a todos a tener confianza en el Señor que nos guía. Pero no sólo nos guía: nos acompaña, camina con nosotros. Escuchemos su palabra con mente y corazón abiertos, para alimentar nuestra fe, iluminar nuestra conciencia y seguir las enseñanzas del Evangelio.

En este domingo recemos por los pastores de la Iglesia, por todos los obispos, incluido el obispo de Roma, por todos los sacerdotes, por todos. En particular, recemos por los nuevos sacerdotes de la diócesis de Roma, a los que acabo de ordenar en la basílica de San Pedro. Un saludo a estos trece sacerdotes. Que el Señor nos ayude a nosotros, pastores, a ser siempre fieles al Maestro y guías sabios e iluminados del pueblo de Dios confiado a nosotros. También a vosotros, por favor, os pido que nos ayudéis: ayudarnos a ser buenos pastores. Una vez leí algo bellísimo sobre cómo el pueblo de Dios ayuda a los obispos y a los sacerdotes a ser buenos pastores. Es un escrito de san Cesáreo de Arlés, un Padre de los primeros siglos de la Iglesia. Explicaba cómo el pueblo de Dios debe ayudar al pastor, y ponía este ejemplo: cuando el ternerillo tiene hambre va donde la vaca, a su madre, para tomar la leche. Pero la vaca no se la da enseguida: parece que la conserva para ella. ¿Y qué hace el ternerillo? Llama con la nariz a la teta de la vaca, para que salga la leche. ¡Qué hermosa imagen! «Así vosotros —dice este santo— debéis ser con los pastores: llamar siempre a su puerta, a su corazón, para que os den la leche de la doctrina, la leche de la gracia, la leche de la guía». Y os pido, por favor, que importunéis a los pastores, que molestéis a los pastores, a todos nosotros pastores, para que os demos la leche de la gracia, de la doctrina y de la guía. ¡Importunar! Pensad en esa hermosa imagen del ternerillo, cómo importuna a su mamá para que le dé de comer.

A imitación de Jesús, todo pastor «a veces estará delante para indicar el camino y cuidar la esperanza del pueblo —el pastor debe ir a veces adelante—, otras veces estará simplemente en medio de todos con su cercanía sencilla y misericordiosa, y en ocasiones deberá caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados» (Exhortación apostólica Evangelii gaudium, 13). ¡Ojalá que todos los pastores sean así! Pero vosotros importunad a los pastores, para que os den la guía de la doctrina y de la gracia.

Este domingo se celebra la Jornada mundial de oración por las vocaciones. En el Mensaje de este año he recordado que «toda vocación (…) requiere siempre un éxodo de sí mismos para centrar la propia existencia en Cristo y en su Evangelio» (n. 2). Por eso la llamada a seguir a Jesús es al mismo tiempo entusiasmante y comprometedora. Para que se realice, siempre es necesario entablar una profunda amistad con el Señor a fin de poder vivir de Él y para Él.

Recemos para que también en este tiempo muchos jóvenes oigan la voz del Señor, que siempre corre el riesgo de ser sofocada por otras muchas voces. Recemos por los jóvenes: quizá aquí, en la plaza, haya alguno que oye esta voz del Señor que lo llama al sacerdocio; recemos por él, si está aquí, y por todos los jóvenes que son llamados.

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Homilía 2015

Ser ministros de la unidad en la Iglesia, en la familia

Muy queridos hermanos:

Estos hijos nuestros han sido llamados al orden del presbiterado. Nos hará bien reflexionar un poco a qué ministerio serán elevados en la Iglesia. Como sabéis bien, el Señor Jesús es el único Sumo Sacerdote del Nuevo Testamento, pero en Él también todo el pueblo santo de Dios ha sido constituido pueblo sacerdotal. ¡Todos nosotros! Sin embargo, entre todos sus discípulos, el Señor Jesús quiere elegir a algunos en particular, para que, ejercitando públicamente en la Iglesia y en su nombre el oficio sacerdotal a favor de todos los hombres, continúen su misión personal de maestro, sacerdote y pastor.

En efecto, así como el Padre le envió para esto, así Él, a su vez, envió al mundo primero a los apóstoles y luego a los obispos y a sus sucesores, a quienes por último les dieron como colaboradores a los presbíteros, que, al estar unidos en el ministerio sacerdotal, están llamados al servicio del pueblo de Dios.

Ellos reflexionaron sobre su vocación, y ahora vienen para recibir el orden de los presbíteros. Y el obispo corre el riesgo —¡corre el riesgo!— y los elige, como el Padre corrió el riesgo por cada uno de nosotros.

Ellos serán en efecto configurados con Cristo Sumo y Eterno Sacerdote, o sea, serán consagrados como auténticos sacerdotes del Nuevo Testamento, y con este título, que los une en el sacerdocio a su obispo, serán predicadores del Evangelio, pastores del pueblo de Dios, y presidirán los actos de culto, especialmente en la celebración del sacrificio del Señor.

En cuanto a vosotros, que vais a ser promovidos al orden del presbiterado, considerad que al ejercer el ministerio de la sagrada doctrina participaréis de la misión de Cristo, único Maestro. Dispensad a todos la Palabra de Dios, que vosotros mismos habéis recibido con alegría. Leed y meditad asiduamente la Palabra del Señor para creer lo que habéis leído, enseñar lo que habéis aprendido en la fe y vivir lo que habéis enseñado. Y que eso sea el alimento del pueblo de Dios; que vuestras homilías no sean aburridas; que vuestras homilías lleguen precisamente al corazón de la gente porque brotan de vuestro corazón, porque lo que vosotros les decís es lo que tenéis en vuestro corazón. Así se da la Palabra de Dios y así vuestra doctrina será alegría y sostén para los fieles de Cristo; el perfume de vuestra vida será el testimonio, porque el ejemplo edifica, pero las palabras sin ejemplo son palabras vacías, son ideas y nunca llegan al corazón e incluso hacen mal: ¡no hacen bien! Vosotros continuaréis la obra santificadora de Cristo. Mediante vuestro ministerio, el sacrificio espiritual de los fieles se hace perfecto, porque se une al sacrificio de Cristo, que por vuestras manos, en nombre de toda la Iglesia, se ofrece de modo incruento en el altar durante la celebración de los santos misterios.

Cuando celebréis la misa, reconoced por tanto lo que hacéis. ¡No lo hagáis de prisa! Imitad lo que celebráis —no es un rito artificial, un ritual artificial— para que de esta manera, al participar en el misterio de la muerte y resurrección del Señor, llevéis en vosotros la muerte de Cristo y caminéis con Él en una nueva vida.

Con el Bautismo agregaréis nuevos fieles al pueblo de Dios. ¡Jamás hay que negar el Bautismo a quien lo pide! Con el sacramento de la Penitencia perdonaréis los pecados en el nombre de Cristo y la Iglesia. Y yo, en nombre de Jesucristo, el Señor, y de su Esposa, la santa Iglesia, os pido que no os canséis de ser misericordiosos. En el confesonario estaréis para perdonar, no para condenar. Imitad al Padre que nunca se cansa de perdonar. Con el óleo santo aliviaréis a los enfermos. Al celebrar los sagrados ritos y elevando en las diversas horas del día la oración de alabanza y de súplica, os haréis voz del pueblo de Dios y de toda la humanidad.

Conscientes de que habéis sido elegidos entre los hombres y constituidos en su favor para atender las cosas de Dios, desempeñad con alegría y caridad sincera la obra sacerdotal de Cristo, con la intención de agradar únicamente a Dios y no a vosotros mismos. Es feo un sacerdote que vive para agradarse a sí mismo, que «se pavonea».

Por último, participando en la misión de Cristo, Jefe y Pastor, en comunión filial con vuestro obispo, comprometeos a unir a los fieles en una sola familia —sed ministros de la unidad en la Iglesia, en la familia—, para conducirlos a Dios Padre por medio de Cristo en el Espíritu Santo. Y tened siempre ante vuestros ojos el ejemplo del Buen Pastor, que no vino a ser servido, sino a servir; no para permanecer en sus comodidades, sino para salir, buscar y salvar lo que estaba perdido.

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Regina Coeli 2015

En Jesús, Pastor bueno, contemplamos a la Providencia de Dios

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El cuarto domingo de Pascua —éste—, llamado «domingo del Buen Pastor», cada año nos invita a redescubrir, con estupor siempre nuevo, esta definición que Jesús dio de sí mismo, releyéndola a la luz de su pasión, muerte y resurrección. «El buen Pastor da su vida por las ovejas» (Jn 10, 11): estas palabras se realizaron plenamente cuando Cristo, obedeciendo libremente a la voluntad del Padre, se inmoló en la Cruz. Entonces se vuelve completamente claro qué significa que Él es «el buen Pastor»: da la vida, ofreció su vida en sacrificio por todos nosotros: por ti, por ti, por ti, por mí ¡por todos! ¡Y por ello es el buen Pastor!

Cristo es el Pastor verdadero, que realiza el modelo más alto de amor por el rebaño: Él dispone libremente de su propia vida, nadie se la quita (cf. v. 18), sino que la dona en favor de las ovejas (v. 17). En abierta oposición a los falsos pastores, Jesús se presenta como el verdadero y único Pastor del pueblo: el pastor malo piensa en sí mismo y explota a las ovejas; el buen pastor piensa en las ovejas y se dona a sí mismo. A diferencia del mercenario, Cristo Pastor es un guía atento que participa en la vida de su rebaño, no busca otro interés, no tiene otra ambición que la de guiar, alimentar y proteger a sus ovejas. Y todo esto al precio más alto, el del sacrificio de su propia vida.

En la figura de Jesús, Pastor bueno, contemplamos a la Providencia de Dios, su solicitud paternal por cada uno de nosotros. ¡No nos deja solos! La consecuencia de esta contemplación de Jesús, Pastor verdadero y bueno, es la exclamación de conmovido estupor que encontramos en la segunda Lectura de la liturgia de hoy: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre…» (1 Jn 3, 1). Es verdaderamente un amor sorprendente y misterioso, porque donándonos a Jesús como Pastor que da la vida por nosotros, el Padre nos ha dado lo más grande y precioso que nos podía donar. Es el amor más alto y más puro, porque no está motivado por ninguna necesidad, no está condicionado por ningún cálculo, no está atraído por ningún interesado deseo de intercambio. Ante este amor de Dios, experimentamos una alegría inmensa y nos abrimos al reconocimiento por lo que hemos recibido gratuitamente.

Pero contemplar y agradecer no basta. También hay que seguir al buen Pastor. En particular, cuantos tienen la misión de guía en la Iglesia —sacerdotes, obispos, Papas— están llamados a asumir no la mentalidad del mánager sino la del siervo, a imitación de Jesús que, despojándose de sí mismo, nos ha salvado con su misericordia. A este estilo de vida pastoral, de buen Pastor, están llamados también los nuevos sacerdotes de la diócesis de Roma, que he tenido la alegría de ordenar esta mañana en la Basílica de San Pedro.

Y dos de ellos se van a asomar para agradecer vuestras oraciones y para saludaros…

[dos sacerdotes recién ordenados se asoman junto al Santo Padre]

Que María Santísima obtenga para mí, para los obispos y para los sacerdotes de todo el mundo la gracia de servir al pueblo santo de Dios mediante la alegre predicación del Evangelio, la sentida celebración de los Sacramentos y la paciente y mansa guía pastoral.

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Regina Coeli 2018

Buscar un encuentro con Jesús, que despierte el deseo de seguirlo

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La liturgia de este cuarto domingo de Pascua continúa en el intento de ayudarnos a redescubrir nuestra identidad de discípulos del Señor resucitado. En los Hechos de los Apóstoles, Pedro declara abiertamente que la curación de los lisiados, realizada por él y de la que habla todo Jerusalén, tuvo lugar en el nombre de Jesús, porque «no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (4, 12). En ese hombre sanado está cada uno de nosotros —ese hombre es la figura de nosotros: nosotros estamos todos allí—, están nuestras comunidades: cada uno puede recuperarse de las muchas formas de debilidad espiritual que tiene: ambición, pereza, orgullo, si acepta depositar con confianza su existencia en las manos del Señor resucitado. «Por el nombre de Jesucristo, el Nazareno —afirma Pedro— a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por su nombre y no por ningún otro se presenta éste aquí sano delante de vosotros» (v. 10) ¿Pero quién es Cristo sanador? ¿En qué consiste ser sanado por Él? ¿De qué nos cura? ¿Y mediante qué maneras?

La respuesta a todas estas preguntas la encontramos en el Evangelio de hoy, donde Jesús dice: «Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas» (Juan 10, 11). Esta autopresentación de Jesús no puede ser reducida a una sugestión emotiva, sin ningún efecto concreto. Jesús sana siendo un pastor que da vida. Dando su vida por nosotros. Jesús le dice a cada uno: «tu vida es tan valiosa para mí, que para salvarla yo doy todo de mí mismo». Es precisamente esta ofrenda de vida lo que lo hace el buen Pastor por excelencia, el que sana, el que nos permite vivir una vida bella y fructífera. La segunda parte de la misma página evangélica nos dice en qué condiciones Jesús puede sanarnos y puede hacer nuestra vida bella y fecunda: «Yo soy el buen pastor, —dice Jesús— conozco a mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco al Padre» (vv. 14-15). Jesús no habla de un conocimiento intelectual, sino de una relación personal, de predilección, de ternura mutua, un reflejo de la misma relación íntima de amor entre Él y el Padre. Esta es la actitud a través de la cual se realiza una relación viva y personal con Jesús: dejándonos conocer por Él. No cerrándonos en nosotros mismos, abrirse al Señor, para que Él me conozca. Él está atento a cada uno de nosotros, conoce nuestro corazón profundamente: conoce nuestras fortalezas y nuestras debilidades, los proyectos que hemos logrado y las esperanzas que fueron decepcionadas. Pero nos acepta tal como somos, nos conduce con amor, porque de su mano podemos atravesar incluso caminos inescrutables sin perder el rumbo. Nos acompaña Él.

A nuestra vez, nosotros estamos llamados a conocer a Jesús. Esto implica buscar un encuentro con Él, que despierte el deseo de seguirlo abandonando las actitudes autorreferenciales para emprender nuevos senderos, indicados por Cristo mismo y abiertos a vastos horizontes. Cuando en nuestras comunidades se enfría el deseo de vivir la relación con Jesús, de escuchar su voz y seguirlo fielmente, es inevitable que prevalezcan otras formas de pensar y vivir que no son coherentes con el Evangelio. Que María, nuestra Madre nos ayude a madurar una relación cada vez más fuerte con Jesús. Abrirnos a Jesús para que entre dentro de nosotros. Una relación más fuerte: Él ha resucitado. Así podemos seguirlo para toda la vida. En esta Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que María interceda para que muchos respondan con generosidad y perseverancia al Señor que llama a dejar todo por su Reino.

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Homilía 2018

Maestro, Sacerdote y Pastor

Hermanos queridísimos:

Estos días nuestros hijos han sido llamados al orden del presbiterio. Reflexionemos atentamente a qué ministerio serán elevados en la Iglesia. Como vosotros bien sabéis, el Señor Jesús es el único Sumo Sacerdote del Nuevo Testamento, pero en Él también todo el pueblo santo de Dios fue constituido pueblo sacerdotal. Sin embargo, entre todos sus discípulos, el Señor Jesús quiere elegir a algunos en particular, para que ejerciendo públicamente en la Iglesia en su nombre el oficio sacerdotal a favor de todos los hombres, continuara su misión personal de maestro, sacerdote y pastor.

Como, de hecho, por esto Él había sido enviado por el Padre, así Él envió a su vez en el mundo primero a los apóstoles y después a los obispos y a sus sucesores, a los que finalmente fueron dados como colaboradores los presbíteros que, a ellos unidos en el ministerio sacerdotal, están llamados al servicio del Pueblo de Dios. Después de una madura reflexión, ahora estamos a punto de elevar a la orden de los presbíteros a estos nuestros hermanos, para que, al servicio de Cristo, Maestro, Sacerdote, Pastor, cooperen para edificar el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia en Pueblo de Dios y Templo santo del Espíritu. Ellos estarán, de hecho, configurados para Cristo Sumo y Eterno Sacerdote, es decir, serán consagrados como verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento y a este título, que les une en el sacerdocio a su obispo, serán predicadores del Evangelio, Pastores del Pueblo de Dios y presidirán las acciones de culto, especialmente en la celebración del sacrificio del Señor. En cuanto a vosotros, amados hijos y hermanos, que estáis a punto de ser promovidos al presbiterio, considerad que al ejercer el ministerio de la Sagrada Doctrina, vosotros seréis partícipes de la misión de Cristo, único Maestro. Dispensad a todos la

Palabra de Dios que vosotros mismos habéis recibido con alegría. Leed y meditad asiduamente la Palabra del Señor para creer lo que habéis leído, para enseñar lo que ha aprendido en la fe, vivir lo que habéis enseñado. Que sea, por lo tanto, nutrición para el pueblo vuestra doctrina, alegría y sustento a los fieles de Cristo el perfume de vuestra vida. Y que con la palabra y el ejemplo podáis edificar la Casa de Dios que es la Iglesia. Vosotros continuaréis la obra santificadora de Cristo.

Mediante vuestro ministerio, el sacrificio espiritual de los fieles se hace perfecto, porque está unido al sacrificio de Cristo, que por vuestras manos, en nombre de toda la Iglesia, se ofrece sin derramamiento de sangre sobre el altar en la celebración de los Santos Misterios. Reconoced, por lo tanto, lo que hacéis. Imitad lo que celebráis porque al participar en el misterio de la muerte y resurrección del Señor, lleváis la muerte de Cristo a sus miembros y camináis con Él en la novedad de la vida.

Con el bautismo agregaréis nuevos fieles al Pueblo de Dios. Con el sacramento de penitencia perdonaréis los pecados en el nombre de Cristo y de la Iglesia. Y aquí me detengo para pediros: por favor, no os canséis de ser misericordiosos. Pensad en vuestros pecados, en vuestras miserias que Jesús perdona. Sed misericordiosos. Con el aceite santo daréis alivio a los enfermos. Celebrando los sagrados ritos y elevando la oración de alabanza y súplica durante las diversas horas del día, os haréis voz del Pueblo de Dios y de toda la humanidad. Conscientes de haber sido elegidos entre los hombres y constituidos en su favor para atender las cosas de Dios, ejercitad en alegría y caridad sincera la obra sacerdotal de Cristo, únicamente intentos de complacer a Dios y no a vosotros mismos o a los hombres, por otros intereses. Solamente el servicio a Dios, para el bien del santo pueblo fiel de Dios. Finalmente, participando en la misión de Cristo, Jefe y Pastor, en comunión filial con vuestro obispo, comprometeos en unir a los fieles en una única familia para conducirlos a Dios Padre por medio de Cristo en el Espíritu Santo y tened siempre delante de los ojos el ejemplo del Buen Pastor, que no vino para ser servido, sino para servir y para buscar y salvar lo que estaba perdido.

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA LA 58 JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES (2021)

San José: el sueño de la vocación

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Queridos hermanos y hermanas:

El pasado 8 de diciembre, con motivo del 150.º aniversario de la declaración de san José como Patrono de la Iglesia universal, comenzó el Año dedicado especialmente a él (cf. Decreto de la Penitenciaría Apostólica, 8 de diciembre de 2020). Por mi parte, escribí la Carta apostólica Patris corde para «que crezca el amor a este gran santo». Se trata, en efecto, de una figura extraordinaria, y al mismo tiempo «tan cercana a nuestra condición humana». San José no impactaba, tampoco poseía carismas particulares ni aparecía importante a la vista de los demás. No era famoso y tampoco se hacía notar, los Evangelios no recogen ni una sola palabra suya. Sin embargo, con su vida ordinaria, realizó algo extraordinario a los ojos de Dios.

Dios ve el corazón (cf. 1 Sam 16,7) y en san José reconoció un corazón de padre, capaz de dar y generar vida en lo cotidiano. Las vocaciones tienden a esto: a generar y regenerar la vida cada día. El Señor quiere forjar corazones de padres, corazones de madres; corazones abiertos, capaces de grandes impulsos, generosos en la entrega, compasivos en el consuelo de la angustia y firmes en el fortalecimiento de la esperanza. Esto es lo que el sacerdocio y la vida consagrada necesitan, especialmente hoy, en tiempos marcados por la fragilidad y los sufrimientos causados también por la pandemia, que ha suscitado incertidumbre y miedo sobre el futuro y el mismo sentido de la vida. San José viene a nuestro encuentro con su mansedumbre, como santo de la puerta de al lado; al mismo tiempo, su fuerte testimonio puede orientarnos en el camino.

San José nos sugiere tres palabras clave para nuestra vocación. La primera es sueño. Todos en la vida sueñan con realizarse. Y es correcto que tengamos grandes expectativas, metas altas antes que objetivos efímeros —como el éxito, el dinero y la diversión—, que no son capaces de satisfacernos. De hecho, si pidiéramos a la gente que expresara en una sola palabra el sueño de su vida, no sería difícil imaginar la respuesta: “amor”. Es el amor el que da sentido a la vida, porque revela su misterio. La vida, en efecto, sólo se tiene si se da, sólo se posee verdaderamente si se entrega plenamente. San José tiene mucho que decirnos a este respecto porque, a través de los sueños que Dios le inspiró, hizo de su existencia un don.

Los Evangelios narran cuatro sueños (cf. Mt 1,20; 2,13.19.22). Eran llamadas divinas, pero no fueron fáciles de acoger. Después de cada sueño, José tuvo que cambiar sus planes y arriesgarse, sacrificando sus propios proyectos para secundar los proyectos misteriosos de Dios. Él confió totalmente. Pero podemos preguntarnos: “¿Qué era un sueño nocturno para depositar en él tanta confianza?”. Aunque en la antigüedad se le prestaba mucha atención, seguía siendo poco ante la realidad concreta de la vida. A pesar de todo, san José se dejó guiar por los sueños sin vacilar. ¿Por qué? Porque su corazón estaba orientado hacia Dios, ya estaba predispuesto hacia Él. A su vigilante “oído interno” sólo le era suficiente una pequeña señal para reconocer su voz. Esto también se aplica a nuestras llamadas. A Dios no le gusta revelarse de forma espectacular, forzando nuestra libertad. Él nos da a conocer sus planes con suavidad, no nos deslumbra con visiones impactantes, sino que se dirige a nuestra interioridad delicadamente, acercándose íntimamente a nosotros y hablándonos por medio de nuestros pensamientos y sentimientos. Y así, como hizo con san José, nos propone metas altas y sorprendentes.

Los sueños condujeron a José a aventuras que nunca habría imaginado. El primero desestabilizó su noviazgo, pero lo convirtió en padre del Mesías; el segundo lo hizo huir a Egipto, pero salvó la vida de su familia; el tercero anunciaba el regreso a su patria y el cuarto le hizo cambiar nuevamente sus planes llevándolo a Nazaret, el mismo lugar donde Jesús iba a comenzar la proclamación del Reino de Dios. En todas estas vicisitudes, la valentía de seguir la voluntad de Dios resultó victoriosa. Así pasa en la vocación: la llamada divina siempre impulsa a salir, a entregarse, a ir más allá. No hay fe sin riesgo. Sólo abandonándose confiadamente a la gracia, dejando de lado los propios planes y comodidades se dice verdaderamente “sí” a Dios. Y cada “sí” da frutos, porque se adhiere a un plan más grande, del que sólo vislumbramos detalles, pero que el Artista divino conoce y lleva adelante, para hacer de cada vida una obra maestra. En este sentido, san José representa un icono ejemplar de la acogida de los proyectos de Dios. Pero su acogida es activa, nunca renuncia ni se rinde, «no es un hombre que se resigna pasivamente. Es un protagonista valiente y fuerte» (Carta ap. Patris corde, 4). Que él ayude a todos, especialmente a los jóvenes en discernimiento, a realizar los sueños que Dios tiene para ellos; que inspire la iniciativa valiente para decir “sí” al Señor, que siempre sorprende y nunca decepciona.

La segunda palabra que marca el itinerario de san José y de su vocación es servicio. Se desprende de los Evangelios que vivió enteramente para los demás y nunca para sí mismo. El santo Pueblo de Dios lo llama esposo castísimo, revelando así su capacidad de amar sin retener nada para sí. Liberando el amor de su afán de posesión, se abrió a un servicio aún más fecundo, su cuidado amoroso se ha extendido a lo largo de las generaciones y su protección solícita lo ha convertido en patrono de la Iglesia. También es patrono de la buena muerte, él que supo encarnar el sentido oblativo de la vida. Sin embargo, su servicio y sus sacrificios sólo fueron posibles porque estaban sostenidos por un amor más grande: «Toda vocación verdadera nace del don de sí mismo, que es la maduración del simple sacrificio. También en el sacerdocio y la vida consagrada se requiere este tipo de madurez. Cuando una vocación, ya sea en la vida matrimonial, célibe o virginal, no alcanza la madurez de la entrega de sí misma deteniéndose sólo en la lógica del sacrificio, entonces en lugar de convertirse en signo de la belleza y la alegría del amor corre el riesgo de expresar infelicidad, tristeza y frustración» (ibíd., 7).

Para san José el servicio, expresión concreta del don de sí mismo, no fue sólo un ideal elevado, sino que se convirtió en regla de vida cotidiana. Él se esforzó por encontrar y adaptar un lugar para que naciera Jesús, hizo lo posible por defenderlo de la furia de Herodes organizando un viaje repentino a Egipto, se apresuró a regresar a Jerusalén para buscar a Jesús cuando se había perdido y mantuvo a su familia con el fruto de su trabaja, incluso en tierra extranjera. En definitiva, se adaptó a las diversas circunstancias con la actitud de quien no se desanima si la vida no va como él quiere, con la disponibilidad de quien vive para servir. Con este espíritu, José emprendió los numerosos y a menudo inesperados viajes de su vida: de Nazaret a Belén para el censo, después a Egipto y de nuevo a Nazaret, y cada año a Jerusalén, con buena disposición para enfrentarse en cada ocasión a situaciones nuevas, sin quejarse de lo que ocurría, dispuesto a echar una mano para arreglar las cosas. Se podría decir que era la mano tendida del Padre celestial hacia su Hijo en la tierra. Por eso, no puede más que ser un modelo para todas las vocaciones, que están llamadas a ser las manos diligentes del Padre para sus hijos e hijas.

Me gusta pensar entonces en san José, el custodio de Jesús y de la Iglesia, como custodio de las vocaciones. Su atención en la vigilancia procede, en efecto, de su disponibilidad para servir. «Se levantó, tomó de noche al niño y a su madre» (Mt 2,14), dice el Evangelio, señalando su premura y dedicación a la familia. No perdió tiempo en analizar lo que no funcionaba bien, para no quitárselo a quien tenía a su cargo. Este cuidado atento y solícito es el signo de una vocación realizada, es el testimonio de una vida tocada por el amor de Dios. ¡Qué hermoso ejemplo de vida cristiana damos cuando no perseguimos obstinadamente nuestras propias ambiciones y no nos dejamos paralizar por nuestras nostalgias, sino que nos ocupamos de lo que el Señor nos confía por medio de la Iglesia! Así, Dios derrama sobre nosotros su Espíritu, su creatividad; y hace maravillas, como en José.

Además de la llamada de Dios —que cumple nuestros sueños más grandes— y de nuestra respuesta —que se concreta en el servicio disponible y el cuidado atento—, hay un tercer aspecto que atraviesa la vida de san José y la vocación cristiana, marcando el ritmo de lo cotidiano: la fidelidad. José es el «hombre justo» (Mt 1,19), que en el silencio laborioso de cada día persevera en su adhesión a Dios y a sus planes. En un momento especialmente difícil se pone a “considerar todas las cosas” (cf. v. 20). Medita, reflexiona, no se deja dominar por la prisa, no cede a la tentación de tomar decisiones precipitadas, no sigue sus instintos y no vive sin perspectivas. Cultiva todo con paciencia. Sabe que la existencia se construye sólo con la continua adhesión a las grandes opciones. Esto corresponde a la laboriosidad serena y constante con la que desempeñó el humilde oficio de carpintero (cf. Mt 13,55), por el que no inspiró las crónicas de la época, sino la vida cotidiana de todo padre, de todo trabajador y de todo cristiano a lo largo de los siglos. Porque la vocación, como la vida, sólo madura por medio de la fidelidad de cada día.

¿Cómo se alimenta esta fidelidad? A la luz de la fidelidad de Dios. Las primeras palabras que san José escuchó en sueños fueron una invitación a no tener miedo, porque Dios es fiel a sus promesas: «José, hijo de David, no temas» (Mt 1,20). No temas: son las palabras que el Señor te dirige también a ti, querida hermana, y a ti, querido hermano, cuando, aun en medio de incertidumbres y vacilaciones, sientes que ya no puedes postergar el deseo de entregarle tu vida. Son las palabras que te repite cuando, allí donde te encuentres, quizás en medio de pruebas e incomprensiones, luchas cada día por cumplir su voluntad. Son las palabras que redescubres cuando, a lo largo del camino de la llamada, vuelves a tu primer amor. Son las palabras que, como un estribillo, acompañan a quien dice sí a Dios con su vida como san José, en la fidelidad de cada día.

Esta fidelidad es el secreto de la alegría. En la casa de Nazaret, dice un himno litúrgico, había «una alegría límpida». Era la alegría cotidiana y transparente de la sencillez, la alegría que siente quien custodia lo que es importante: la cercanía fiel a Dios y al prójimo. ¡Qué hermoso sería si la misma atmósfera sencilla y radiante, sobria y esperanzadora, impregnara nuestros seminarios, nuestros institutos religiosos, nuestras casas parroquiales! Es la alegría que deseo para ustedes, hermanos y hermanas que generosamente han hecho de Dios el sueño de sus vidas, para servirlo en los hermanos y en las hermanas que les han sido confiados, mediante una fidelidad que es ya en sí misma un testimonio, en una época marcada por opciones pasajeras y emociones que se desvanecen sin dejar alegría. Que san José, custodio de las vocaciones, los acompañe con corazón de padre.

Roma, San Juan de Letrán, 19 de marzo de 2021, Solemnidad de San José

Francisco

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BENEDICTO XVI

Regina Coeli 2006 y 2012

2006

La misión del sacerdote es insustituible

Queridos hermanos y hermanas:

En este IV domingo de Pascua, domingo del “Buen Pastor”, en el que se celebra la Jornada mundial de oración por las vocaciones, he tenido la alegría de ordenar en la basílica de San Pedro a quince nuevos sacerdotes para la diócesis de Roma. Demos gracias a Dios. Pienso también en los que en todas las partes del mundo reciben en este período la ordenación presbiteral. A la vez que damos gracias al Señor por el don de estos nuevos presbíteros al servicio de la Iglesia, queremos encomendarlos a todos a María, invocando al mismo tiempo su intercesión para que aumente el número de quienes acogen la invitación de Cristo a seguirlo por el camino del sacerdocio y de la vida consagrada. 

Este año la Jornada mundial de oración por las vocaciones tiene por tema: “La vocación en el misterio de la Iglesia”. En el Mensaje que dirigí a toda la comunidad eclesial para esta celebración recordé la experiencia de los primeros discípulos de Jesús, que, después de haberlo conocido a orillas del lago y en las aldeas de Galilea, fueron conquistados por su atractivo y su amor. 

La vocación cristiana es siempre la renovación de esta amistad personal con Jesucristo, que da pleno sentido a la propia existencia y la hace disponible para el reino de Dios. La Iglesia vive de esta amistad, alimentada por la Palabra y los sacramentos, realidades santas encomendadas de modo particular al ministerio de los obispos, de los presbíteros y de los diáconos, consagrados por el sacramento del Orden. Por eso —como afirmé en ese mismo Mensaje— la misión del sacerdote es insustituible y, aunque en algunas regiones existe escasez de clero, no se debe dudar de que Dios sigue llamando a muchachos, jóvenes y adultos a dejarlo todo para dedicarse al anuncio del Evangelio y al ministerio pastoral. 

Otra forma especial de seguimiento de Cristo es la vocación a la vida consagrada, que se expresa mediante una existencia pobre, casta y obediente, totalmente dedicada a Dios, en la contemplación y en la oración, y puesta al servicio de los hermanos, especialmente de los pequeños y pobres. No olvidemos que también el matrimonio cristiano es, con pleno derecho, vocación a la santidad, y que el ejemplo de padres santos es la primera condición que favorece el florecimiento de las vocaciones sacerdotales y religiosas. 

Queridos hermanos y hermanas, invoquemos la intercesión de María, Madre de la Iglesia, por los sacerdotes y por los religiosos y las religiosas; oremos, además, para que las semillas de vocación que Dios siembra en el corazón de los fieles lleguen a una plena maduración y den frutos de santidad en la Iglesia y en el mundo.

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2012

La vida de cada hombre es una historia de amor

Queridos hermanos y hermanas:

Concluyó hace poco, en la basílica de San Pedro, la celebración eucarística en la que ordené a nueve nuevos presbíteros de la diócesis de Roma. Demos gracias a Dios por este regalo, signo de su amor fiel y providente a la Iglesia. Estrechémonos espiritualmente en torno a estos nuevos sacerdotes y recemos para que acojan plenamente la gracia del sacramento que los ha configurado con Jesucristo Sacerdote y Pastor. Y recemos para que todos los jóvenes estén atentos a la voz de Dios que habla interiormente a su corazón y los llama a desprenderse de todo para estar a su servicio. A este objetivo está dedicada la Jornada mundial de oración por las vocaciones, que celebramos hoy. En efecto, el Señor llama siempre, pero muchas veces no lo escuchamos. Estamos distraídos por muchas cosas, por otras voces más superficiales; y luego tenemos miedo de escuchar la voz del Señor, porque pensamos que puede quitarnos nuestra libertad. En realidad, cada uno de nosotros es fruto del amor: ciertamente, del amor de los padres, pero, más profundamente, del amor de Dios. La Biblia dice: aunque tu madre no te quisiera, yo te quiero, porque te conozco y te amo (cf. Is 49, 15). En el momento que me doy cuenta de este amor, mi vida cambia: se convierte en una respuesta a este amor, más grande que cualquier otro, y así se realiza plenamente mi libertad.

Los jóvenes que hoy he consagrado sacerdotes no son diferentes de los demás jóvenes, pero han sido tocados profundamente por la belleza del amor de Dios, y no han podido dejar de responder con toda su vida. ¿Cómo han encontrado el amor de Dios? Lo han encontrado en Jesucristo, en su Evangelio, en la Eucaristía y en la comunidad de la Iglesia. En la Iglesia se descubre que la vida de cada hombre es una historia de amor. Nos lo muestra claramente la Sagrada Escritura, y nos lo confirma el testimonio de los santos. Un ejemplo es la expresión de san Agustín, que en sus Confesiones se dirige a Dios y le dice: «¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Tú estabas dentro de mí, y yo fuera… Tú estabas conmigo y yo no estaba contigo… Pero me has llamado, y tu grito ha vencido mi sordera» (X, 27.38).

Queridos amigos, oremos por la Iglesia, por cada comunidad local, para que sea como un jardín regado, donde puedan germinar y crecer todas las semillas de vocación que Dios siembra en abundancia. Oremos para que en todas partes se cultive este jardín, en la alegría de sentirse todos llamados, en la variedad de los dones. En especial, las familias han de ser el primer lugar donde se «respire» el amor de Dios, que da fuerza interior, incluso en medio de las dificultades y las pruebas de la vida. Quien vive en familia la experiencia del amor de Dios, recibe un don inestimable, que da fruto a su tiempo. Que nos conceda todo esto la santísima Virgen María, modelo de acogida libre y obediente a la llamada divina, Madre de toda vocación en la Iglesia.

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DIRECTORIO HOMILÉTICO

Congregación para el Culto Divino

CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA

Cristo, pastor de las ovejas y puerta del corral

754. “La Iglesia, en efecto, es el redil cuya puerta única y necesaria es Cristo (Jn 10, 1-10). Es también el rebaño cuy pastor será el mismo Dios, como él mismo anunció (cf. Is 40, 11; Ez 34, 11-31). Aunque son pastores humanos quienes gobiernan a las ovejas, sin embargo, es Cristo mismo el que sin cesar las guía y alimenta; El, el Buen Pastor y Cabeza de los pastores (cf. Jn 10, 11; 1 P 5, 4), que dio su vida por las ovejas (cf. Jn 10, 11-15)”.

764. “Este Reino se manifiesta a los hombres en las palabras, en las obras y en la presencia de Cristo” (LG 5). Acoger la palabra de Jesús es acoger “el Reino” (ibid.). El germen y el comienzo del Reino son el “pequeño rebaño” (Lc 12, 32), de los que Jesús ha venido a convocar en torno suyo y de los que él mismo es el pastor (cf. Mt 10, 16; 26, 31; Jn 10, 1-21). Constituyen la verdadera familia de Jesús (cf. Mt 12, 49). A los que reunió así en torno suyo, les enseñó no sólo una nueva “manera de obrar”, sino también una oración propia (cf. Mt 5-6).

La oración a Jesús

2665. La oración de la Iglesia, alimentada por la palabra de Dios y por la celebración de la liturgia, nos enseña a orar al Señor Jesús. Aunque esté dirigida sobre todo al Padre, en todas las tradiciones litúrgicas incluye formas de oración dirigidas a Cristo. Algunos salmos, según su actualización en la Oración de la Iglesia, y el Nuevo Testamento ponen en nuestros labios y gravan en nuestros corazones las invocaciones de esta oración a Cristo: Hijo de Dios, Verbo de Dios, Señor, Salvador, Cordero de Dios, Rey, Hijo amado, Hijo de la Virgen, Buen Pastor, Vida nuestra, nuestra Luz, nuestra Esperanza, Resurrección nuestra, Amigo de los hombres…

El Papa y los obispos como pastores

553. Jesús ha confiado a Pedro una autoridad específica: “A ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt 16, 19). El poder de las llaves designa la autoridad para gobernar la casa de Dios, que es la Iglesia. Jesús, “el Buen Pastor” (Jn 10, 11) confirmó este encargo después de su resurrección: “Apacienta mis ovejas” (Jn 21, 15-17). El poder de “atar y desatar” significa la autoridad para absolver los pecados, pronunciar sentencias doctrinales y tomar decisiones disciplinares en la Iglesia. Jesús confió esta autoridad a la Iglesia por el ministerio de los apóstoles (cf. Mt 18, 18) y particularmente por el de Pedro, el único a quien él confió explícitamente las llaves del Reino.

IV. LA IGLESIA ES APOSTÓLICA

857. La Iglesia es apostólica porque está fundada sobre los apóstoles, y esto en un triple sentido:

− Fue y permanece edificada sobre “el fundamento de los apóstoles” (Ef 2, 20; Hch 21, 14), testigos escogidos y enviados en misión por el mismo Cristo (cf Mt 28, 16-20; Hch 1, 8; 1 Co 9, 1; 15, 7-8; Ga 1, l; etc.).

− Guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza (cf Hch 2, 42), el buen depósito, las sanas palabras oídas a los apóstoles (cf 2 Tm 1, 13-14).

− Sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los apóstoles hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral: el colegio de los obispos, “a los que asisten los presbíteros juntamente con el sucesor de Pedro y Sumo Pastor de la Iglesia” (AG 5):

Porque no abandonas nunca a tu rebaño, sino que, por medio de los santos pastores, lo proteges y conservas, y quieres que tenga siempre por guía la palabra de aquellos mismos pastores a quienes tu Hijo dio la misión de anunciar el Evangelio (MR, Prefacio de los apóstoles).

            Los obispos sucesores de los apóstoles

861. “Para que continuase después de su muerte la misión a ellos confiada, encargaron mediante una especie de testamento a sus colaboradores más inmediatos que terminaran y consolidaran la obra que ellos empezaron. Les encomendaron que cuidaran de todo el rebaño en el que el Espíritu Santo les había puesto para ser los pastores de la Iglesia de Dios. Nombraron, por tanto, de esta manera a algunos varones y luego dispusieron que, después de su muerte, otros hombres probados les sucedieran en el ministerio” (LG 20; cf San Clemente Romano, Cor. 42; 44).

881. El Señor hizo de Simón, al que dio el nombre de Pedro, y solamente de él, la piedra de su Iglesia. Le entregó las llaves de ella (cf. Mt 16, 18-19); lo instituyó pastor de todo el rebaño (cf. Jn 21, 15-17). “Está claro que también el Colegio de los Apóstoles, unido a su Cabeza, recibió la función de atar y desatar dada a Pedro” (LG 22). Este oficio pastoral de Pedro y de los demás apóstoles pertenece a los cimientos de la Iglesia. Se continúa por los obispos bajo el primado del Papa.

896. El Buen Pastor será el modelo y la “forma” de la misión pastoral del obispo. Consciente de sus propias debilidades, el obispo “puede disculpar a los ignorantes y extraviados. No debe negarse nunca a escuchar a sus súbditos, a a los que cuida como verdaderos hijos … Los fieles, por su parte, deben estar unidos a su obispo como la Iglesia a Cristo y como Jesucristo al Padre” (LG 27):

Seguid todos al obispo como Jesucristo (sigue) a su Padre, y al presbiterio como a los apóstoles; en cuanto a los diáconos, respetadlos como a la ley de Dios. Que nadie haga al margen del obispo nada en lo que atañe a la Iglesia (San Ignacio de Antioquía, Smyrn. 8,1)

1558. “La consagración episcopal confiere, junto con la función de santificar, también las funciones de enseñar y gobernar… En efecto…por la imposición de las manos y por las palabras de la consagración se confiere la gracia del Espíritu Santo y queda marcado con el carácter sagrado. En consecuencia, los obispos, de manera eminente y visible, hacen las veces del mismo Cristo, Maestro, Pastor y Sacerdote, y actúan en su nombre (in eius persona agant)” (ibid.). “El Espíritu Santo que han recibido ha hecho de los obispos los verdaderos y auténticos maestros de la fe, pontífices y pastores” (CD 2).

1561. Todo lo que se ha dicho explica por qué la Eucaristía celebrada por el obispo tiene una significación muy especial como expresión de la Iglesia reunida en torno al altar bajo la presidencia de quien representa visiblemente a Cristo, Buen Pastor y Cabeza de su Iglesia (cf SC 41; LG 26).

1568. “Los presbíteros, instituidos por la ordenación en el orden del presbiterado, están unidos todos entre sí por la íntima fraternidad del sacramento. Forman un único presbiterio especialmente en la diócesis a cuyo servicio se dedican bajo la dirección de su obispo” (PO 8). La unidad del presbiterio encuentra una expresión litúrgica en la costumbre de que los presbíteros impongan a su vez las manos, después del obispo, durante el rito de la ordenación.

1574. Como en todos los sacramentos, ritos complementarios rodean la celebración. Estos varían notablemente en las distintas tradiciones litúrgicas, pero tienen en común la expresión de múltiples aspectos de la gracia sacramental. Así, en el rito latino, los ritos iniciales – la presentación y elección del ordenando, la alocución del obispo, el interrogatorio del ordenando, las letanías de los santos – ponen de relieve que la elección del candidato se hace conforme al uso de la Iglesia y preparan el acto solemne de la consagración; después de ésta varios ritos vienen a expresar y completar de manera simbólica el misterio que se ha realizado: para el obispo y el presbítero la unción con el santo crisma, signo de la unción especial del Espíritu Santo que hace fecundo su ministerio; la entrega del libro de los evangelios, del anillo, de la mitra y del báculo al obispo en señal de su misión apostólica de anuncio de la palabra de Dios, de su fidelidad a la Iglesia, esposa de Cristo, de su cargo de pastor del rebaño del Señor; entrega al presbítero de la patena y del cáliz, “la ofrenda del pueblo santo” que es llamado a presentar a Dios; la entrega del libro de los evangelios al diácono que acaba de recibir la misión de anunciar el evangelio de Cristo.

Los presbíteros como pastores

I. LA CONSTITUCION JERARQUICA DE LA IGLESIA

            Razón del ministerio eclesial

874. El mismo Cristo es la fuente del ministerio en la Iglesia. Él lo ha instituido, le ha dado autoridad y misión, orientación y finalidad:

            Cristo el Señor, para dirigir al Pueblo de Dios y hacerle progresar siempre, instituyó en su Iglesia diversos ministerios que está ordenados al bien de todo el Cuerpo. En efecto, los ministros que posean la sagrada potestad están al servicio de sus hermanos para que todos los que son miembros del Pueblo de Dios…lleguen a la salvación (LG 18).

1120. El ministerio ordenado o sacerdocio ministerial (LG 10) está al servicio del sacerdocio bautismal. Garantiza que, en los sacramentos, sea Cristo quien actúa por el Espíritu Santo en favor de la Iglesia. La misión de salvación confiada por el Padre a su Hijo encarnado es confiada a los Apóstoles y por ellos a sus sucesores: reciben el Espíritu de Jesús para actuar en su nombre y en su persona (cf Jn 20,21-23; Lc 24,47; Mt 28,18-20). Así, el ministro ordenado es el vínculo sacramental que une la acción litúrgica a lo que dijeron y realizaron los Apóstoles, y por ellos a lo que dijo y realizó Cristo, fuente y fundamento de los sacramentos.

1465. Cuando celebra el sacramento de la Penitencia, el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al Hijo pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador.

Artículo 6.      EL SACRAMENTO DEL ORDEN

1536. El Orden es el sacramento gracias al cual la misión confiada por Cristo a sus Apóstoles sigue siendo ejercida en la Iglesia hasta el fin de los tiempos: es, pues, el sacramento del ministerio apostólico. Comprende tres grados: el episcopado, el presbiterado y el diaconado.

In persona Christi Capitis…

1548. En el servicio eclesial del ministro ordenado es Cristo mismo quien está presente a su Iglesia como Cabeza de su cuerpo, Pastor de su rebaño, sumo sacerdote del sacrificio redentor, Maestro de la Verdad. Es lo que la Iglesia expresa al decir que el sacerdote, en virtud del sacramento del Orden, actúa “in persona Christi Capitis” (cf LG 10; 28; SC 33; CD 11; PO 2,6):

            El ministro posee en verdad el papel del mismo Sacerdote, Cristo Jesús. Si, ciertamente, aquel es asimilado al Sumo Sacerdote, por la consagración sacerdotal recibida, goza de la facultad de actuar por el poder de Cristo mismo a quien representa (virtute ac persona ipsius Christi) (Pío XII, enc. Mediator Dei).

            “Christus est fons totius sacerdotii; nan sacerdos legalis erat figura ipsius, sacerdos autem novae legis in persona ipsius operatur” (“Cristo es la fuente de todo sacerdocio, pues el sacerdote de la antigua ley era figura de EL, y el sacerdote de la nueva ley actúa en representación suya” (S. Tomás de A., s.th. 3, 22, 4).

1549. Por el ministerio ordenado, especialmente por el de los obispos y los presbíteros, la presencia de Cristo como cabeza de la Iglesia se hace visible en medio de la comunidad de los creyentes. Según la bella expresión de San Ignacio de Antioquía, el obispo es typos tou Patros, es imagen viva de Dios Padre (Trall. 3,1; cf Magn. 6,1).

1550. Esta presencia de Cristo en el ministro no debe ser entendida como si éste estuviese exento de todas las flaquezas humanas, del afán de poder, de errores, es decir del pecado. No todos los actos del ministro son garantizado s de la misma manera por la fuerza del Espíritu Santo. Mientras que en los sacramentos esta garantía es dada de modo que ni siquiera el pecado del ministro puede impedir el fruto de la gracia, existen muchos otros actos en que la condición humana del ministro deja huellas que no son siempre el signo de la fidelidad al evangelio y que pueden dañar por consiguiente a la fecundidad apostólica de la Iglesia.

1551. Este sacerdocio es ministerial. “Esta Función, que el Señor confió a los pastores de su pueblo, es un verdadero servicio” (LG 24). Está enteramente referido a Cristo y a los hombres. Depende totalmente de Cristo y de su sacerdocio único, y fue instituido en favor de los hombres y de la comunidad de la Iglesia. El sacramento del Orden comunica “un poder sagrado”, que no es otro que el de Cristo. El ejercicio de esta autoridad debe, por tanto, medirse según el modelo de Cristo, que por amor se hizo el último y el servidor de todos (cf. Mc 10,43-45; 1 P 5,3). “El Señor dijo claramente que la atención prestada a su rebaño era prueba de amor a él” (S. Juan Crisóstomo, sac. 2,4; cf. Jn 21,15-17)

1564. “Los presbíteros, aunque no tengan la plenitud del sacerdocio y dependan de los obispos en el ejercicio de sus poderes, sin embargo, están unidos a éstos en el honor del sacerdocio y, en virtud del sacramento del Orden, quedan consagrados como verdaderos sacerdotes de la Nueva Alianza, a imagen de Cristo, sumo y eterno Sacerdote (Hb 5,1-10; 7,24; 9,11-28), para anunciar el Evangelio a los fieles, para dirigirlos y para celebrar el culto divino” (LG 28).

2179. “La parroquia es una determinada comunidad de fieles constituida de modo estable en la Iglesia particular, cuya cura pastoral, bajo la autoridad del Obispo diocesano, se encomienda a un párroco, como su pastor propio” (CIC, can. 515,1). Es el lugar donde todos los fieles pueden reunirse para la celebración dominical de la eucaristía. La parroquia inicia al pueblo cristiano en la expresión ordinaria de la vida litúrgica, la congrega en esta celebración; le enseña la doctrina salvífica de Cristo. Practica la caridad del Señor en obras buenas y fraternas:

            No puedes orar en casa como en la Iglesia, donde son muchos los reunidos, donde el grito de todos se dirige a Dios como desde un solo corazón. Hay en ella algo más: la unión de los espíritus, la armonía de las almas, el vínculo de la caridad, las oraciones de los sacerdotes (S. Juan Crisóstomo, incomprehens. 3,6).

2686. Los ministros ordenados son también responsables de la formación en la oración de sus hermanos y hermanas en Cristo. Servidores del buen Pastor, han sido ordenados para guiar al pueblo de Dios a las fuentes vivas de la oración: la Palabra de Dios, la liturgia, la vida teologal, el hoy de Dios en las situaciones concretas (cf PO 4-6).

Cristo, la piedra angular

756. “También muchas veces a la Iglesia se la llama construcción de Dios (1 Co 3, 9). El Señor mismo se comparó a la piedra que desecharon los constructores, pero que se convirtió en la piedra angular (Mt 21, 42 par.; cf. Hch 4, 11; 1 P 2, 7; Sal 118, 22). Los apóstoles construyen la Iglesia sobre ese fundamento (cf. 1 Co 3, 11), que le da solidez y cohesión. Esta construcción recibe diversos nombres: casa de Dios: casa de Dios (1 Tim 3, 15) en la que habita su familia, habitación de Dios en el Espíritu (Ef 2, 19-22), tienda de Dios con los hombres (Ap 21, 3), y sobre todo, templo santo. Representado en los templos de piedra, los Padres cantan sus alabanzas, y la liturgia, con razón, lo compara a la ciudad santa, a la nueva Jerusalén. En ella, en efecto, nosotros como piedras vivas entramos en su construcción en este mundo (cf. 1 P 2, 5). San Juan ve en el mundo renovado bajar del cielo, de junto a Dios, esta ciudad santa arreglada como una esposa embellecidas para su esposo (Ap 21, 1-2)”.

Ahora somos los hijos adoptivos de Dios

I. LA VIDA DEL HOMBRE: CONOCER Y AMAR A DIOS

1. Dios, infinitamente Perfecto y Bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada. Por eso, en todo tiempo y en todo lugar, está cerca del hombre. Le llama y le ayuda a buscarlo, a conocerle y a amarle con todas sus fuerzas. Convoca a todos los hombres, que el pecado dispersó, a la unidad de su familia, la Iglesia. Lo hace mediante su Hijo que envió como Redentor y Salvador al llegar la plenitud de los tiempos. En él y por él, llama a los hombres a ser, en el Espíritu Santo, sus hijos de adopción, y por tanto los herederos de su vida bienaventurada.

104. En la Sagrada Escritura, la Iglesia encuentra sin cesar su alimento y su fuerza (cf. DV 24), porque, en ella, no recibe solamente una palabra humana, sino lo que es realmente: la Palabra de Dios (cf. 1 Ts 2,13). “En los libros sagrados, el Padre que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos” (DV 21).

239. Al designar a Dios con el nombre de “Padre”, el lenguaje de la fe indica principalmente dos aspectos: que Dios es origen primero de todo y autoridad transcendente y que es al mismo tiempo bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos. Esta ternura paternal de Dios puede ser expresada también mediante la imagen de la maternidad (cf. Is 66,13; Sal 131,2) que indica más expresivamente la inmanencia de Dios, la intimidad entre Dios y su criatura. El lenguaje de la fe se sirve así de la experiencia humana de los padres que son en cierta manera los primeros representantes de Dios para el hombre. Pero esta experiencia dice también que los padres humanos son falibles y que pueden desfigurar la imagen de la paternidad y de la maternidad. Conviene recordar, entonces, que Dios transciende la distinción humana de los sexos. No es hombre ni mujer, es Dios. Transciende también la paternidad y la maternidad humanas (cf. Sal 27,10), aunque sea su origen y medida (cf. Ef 3,14; Is 49,15): Nadie es padre como lo es Dios.

1692. El Símbolo de la fe profesa la grandeza de los dones de Dios al hombre por la obra de su creación, y más aún, por la redención y la santificación. Lo que confiesa la fe, los sacramentos lo comunican: por “los sacramentos que les han hecho renacer”, los cristianos han llegado a ser “hijos de Dios” (Jn 1,12; 1 Jn 3,1), “partícipes de la naturaleza divina” (2 P 1,4). Reconociendo en la fe su nueva dignidad, los cristianos son llamados a llevar en adelante una “vida digna del Evangelio de Cristo” (Flp 1,27). Por los sacramentos y la oración reciben la gracia de Cristo y los dones de su Espíritu que les capacitan para ello.

1709. El que cree en Cristo se hace hijo de Dios. Esta adopción filial lo transforma dándole la posibilidad de seguir el ejemplo de Cristo. Le hace capaz de obrar rectamente y de practicar el bien. En la unión con su Salvador el discípulo alcanza la perfección de la caridad, la santidad. La vida moral, madurada en la gracia, culmina en vida eterna, en la gloria del cielo.

2009. La adopción filial, haciéndonos partícipes por la gracia de la naturaleza divina, puede conferirnos, según la justicia gratuita de Dios, un verdadero mérito. Se trata de un derecho por gracia, el pleno derecho del amor, que nos hace “coherederos” de Cristo y dignos de obtener la “herencia prometida de la vida eterna” (Cc. de Trento: DS 1546). Los méritos de nuestras buenas obras son dones de la bondad divina (cf. Cc. de Trento: DS 1548). “La gracia ha precedido; ahora se da lo que es debido…los méritos son dones de Dios” (S. Agustín, serm. 298,4-5).

2736. ¿Estamos convencidos de que “nosotros no sabemos pedir como conviene” (Rm 8, 26)? ¿Pedimos a Dios los “bienes convenientes”? Nuestro Padre sabe bien lo que nos hace falta antes de que nosotros se lo pidamos (cf. Mt 6, 8) pero espera nuestra petición porque la dignidad de sus hijos está en su libertad. Por tanto, es necesario orar con su Espíritu de libertad, para poder conocer en verdad su deseo (cf Rm 8, 27).

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RANIERO CANTALAMESSA

Yo soy el Buen Pastor

El IV Domingo del tiempo pascual es el llamado «Domingo del Buen Pastor». El motivo de inmediato se entiende escuchando el fragmento evangélico:

«Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al alba, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estrago y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen…; yo doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor».

La imagen de Cristo, el Buen Pastor, conquistó el corazón de los cristianos. Con ella Cristo hizo su ingreso en el arte. Las más antiguas representaciones de él en las catacumbas y en los sarcófagos lo presentan con las vestiduras del pastor, que lleva sobre sus hombros a la oveja vuelta a encontrar.

Para entender la importancia, que tiene el tema del pastor en la Biblia, es necesario volver a la historia. En su inicio, Israel fue un pueblo de pastores nómadas. Los beduinos del desierto hoy nos dan una idea de lo que fue en un tiempo la vida de las tribus de Israel. En esa sociedad, la relación entre el pastor y el rebaño no es sólo de tipo económico, basado sólo en intereses. Entre el pastor y el rebaño se desarrolla una relación casi personal. Jornadas y jornadas pasadas juntos en lugares solitarios para observarse sin tener Un alma viva alrededor. El pastor termina por conocerlo todo de cada oveja; la oveja reconoce y distingue entre todas las voces la del pastor, que habla frecuentemente con las ovejas. Una imagen parecida, pero más cercana a nosotros, podría ser la de una madre, que, mientras está sentada en el parque y trabaja haciendo punto, atentamente vigila con el rabillo del ojo a su niño, que juega y corre, dispuesta a salir disparada ante cualquier señal de peligro.

Esto explica cómo Dios se ha servido de este símbolo para expresar su relación con la humanidad. «Pastor de Israel, escucha, tú que guías a José como a un rebaño» (Salmo 79, 2). Uno de los salmos más bellos del salterio (se canta frecuentemente en nuestras asambleas: «El Señor es mi pastor…») describe la seguridad del creyente de tener a Dios como pastor:

«El Señor es mi Pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan…» (Salmo 23,1-4).

También, la muerte (el «valle oscuro» o las «cañadas oscuras») ya no da más miedo, porque se sabe que también hasta allí llega la mirada del pastor (es el motivo por el que este salmo viene recitado en las exequias de los difuntos). Pero, el «valle oscuro» no es sólo la muerte; es también la prueba, el vacío, la crisis de los afectos, las dificultades económicas, una seria depresión. ¿Y quién de nosotros, antes o después, no debe atravesar alguno de estos valles oscuros?

Después, el título de pastor viene dado por extensión, igualmente, a quienes hacen en la tierra las veces de Dios: los reyes, los sacerdotes, los jefes, en general. Pero, en este caso el símbolo se divide: ya no recuerda más sólo a las imágenes de protección, de seguridad, sino también a las de aprovechamiento y de opresión. Junto a la imagen del Buen Pastor hace su aparición la del pastor malo, la del mercenario. En el profeta Ezequiel encontramos una terrible reclamación contra los pastores malos, que se apacientan sólo a sí mismos; se nutren de leche; se visten de lana; pero, no se preocupan lo más mínimo de las ovejas, a las que tratan más bien «con violencia y dureza» (Ezequiel 34, 4). Es la descripción al vivo del tirano y del opresor de todos los tiempos. A esta interpelación contra los malos pastores, le sigue una promesa: Dios mismo descenderá un día a tomarse el cuidado amorosamente de su grey (cfr. Ezequiel 34, lss.).

Jesús en el Evangelio, como hemos oído, vuelve a tomar este esquema del pastor bueno y del malo, pero con una novedad; pues, dice: «Yo soy el Buen Pastor». La promesa de Dios, superando toda espera, ha llegado a ser realidad. Cristo hace lo que no estaría dispuesto a hacer ningún pastor por bueno que sea: «Yo doy mi vida por las ovejas».

Para mí, y pienso que para muchos, las palabras sobre el Buen Pastor, que busca a la oveja perdida, que cura sus heridas y toma en brazos a la cansada, no son sólo cuadros poéticos, sino experiencias vividas. ¡Cuántas veces yo me he encontrado herido, no en el cuerpo sino en el alma, no por culpa de otros sino por culpa mía, y me he sentido en verdad, amorosamente acogido, curado y puesto de nuevo en pie por Cristo! El Evangelio del Buen Pastor se entiende mejor viviéndolo que oyéndolo comentar…

Ahora, sin embargo, demos una consideración crítica sobre este Evangelio del Buen Pastor. ¿Por qué Jesús se ha apropiado de una imagen, que resulta tan espinosa en la experiencia humana? ¿Por qué se llama pastor y nos llama su rebaño? ¿Llamándonos sus ovejas, no teme contrariar nuestra sensibilidad y ofender nuestra dignidad de hombres libres?

El hecho es que el hombre de hoy rechaza despectivamente el papel de oveja y la idea de rebaño; pero, está de lleno dentro. Uno de los fenómenos más evidentes de nuestra sociedad es la masificación. Prensa, televisión, Internet, se llaman «medios de comunicación de masas», mass-media, no sólo porque informan a las masas, sino también porque las forman, las crean, las masifican. Sin damos cuenta, nosotros inadvertidamente nos dejamos guiar por toda suerte de manipulaciones y de seducciones ocultas. Otros crean modelos de bienestar y de comportamiento, ideales y objetivos de progreso, y nosotros les seguimos; vamos detrás condicionados y plagiados por la publicidad y temerosos de perder el paso. Comemos lo que nos dicen, vestimos como nos enseñan, hablamos como escuchamos hablar, por eslogan. El criterio, del que la mayoría se deja guiar en las propias elecciones, es el «así lo hacen todos» de memoria mozartiana o de Mozart.

Observad cómo se desarrolla la vida de las masas en una gran ciudad moderna: es la imagen triste de un rebaño en el que todos salen juntos, se mueven o se amontonan a horas fijas en los vagones de los tranvías o del metro y, después, por la tarde, vuelven de nuevo juntos al redil, vacíos de sí y de libertad. Nosotros nos divertimos cuando se ve discurrir un film con las personas a paso acelerado, que se mueven como a saltos, rápidamente, igual que marionetas; pero, es la misma imagen, que tendríamos de nosotros mismos, si nos mirásemos con una mirada menos superficial. Dante tiene una comparación célebre, que parece describir esta situación:

«Como las ovejitas salen del corral

en fila de a una, de a dos, de a tres,

y las otras atemorizadas

están humillando el ojo y el hocico;

y lo que hace la primera

también hacen las demás…,

arrimándose a ella, si ella se detiene,

simples y quietas, y no saben el por qué»

(Purgatorio In, 79-83).

El Buen Pastor, que es Cristo, nos propone hacer una experiencia con él de liberación. Pertenecer a su rebaño no es caer en la masificación, sino estar resguardados. «Donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad» (2 Corintios 3,17), dice san Pablo. Allí, esto es, surge la persona con su irrepetible riqueza y con su destino verdadero. Surge el hijo de Dios aún oculto, del que habla la segunda lectura de la Misa de hoy: «Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos».

El Evangelio no nos promete cambiar la actual sociedad «de masas»; no es su deber y ni siquiera tiene necesidad de hacerla. Ello, por el contrario, nos ayuda a poner el alma en esta sociedad; a hacer, sí, que también en ella el individuo y la familia defiendan un espacio suyo inviolable de libertad y de intimidad. El criterio de quien se deja inspirar por la palabra de Cristo no es «así lo hacen todos», sino «así está bien actuar».

Por lo tanto, más que torturar nuestra personalidad, Jesús, el Buen Pastor, la ayuda a crecer; él nos personaliza con su conocimiento y con su amor; hace nacer en nosotros la criatura nueva, consciente y fuerte, la que el mundo no puede manipular o intimidar porque ya no está más bajo su presa.

Por lo tanto, háganlos nuestras con renovada convicción las palabras del salmo y digamos asimismo nosotros: «El Señor es mi pastor, nada me faltará».

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